EL PRESIDENTE TRANQUILO

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“¿Ve usted ese camino de ahí?, pues olvídese de él, no le sirve para nada.”
EL HOMBRE TRANQUILO (John Ford)

 

El gran John Ford supo retratar, como pocos, la esencia de la tranquilidad en una de sus películas más reconocidas y hermosas, tanto por las formas como por el fondo. “El hombre tranquilo” ha cautivado a varias generaciones que han sabido apreciar la sencillez de una película que, siendo realmente profunda, parece sin embargo fluir con una naturalidad brillante, casi como si no se ajustara a ningún guion. El personaje de Sean Thornton interpretado magistralmente por John Wayne, irradia la tranquilidad de un hombre pacífico, nostálgico y ciertamente obstinado que, precisamente por su carácter, es tomado por los ajenos como alguien a quien le falta valentía o arrojo, pero que sin embargo, a lo largo de toda su particular historia, irá demostrando cómo su tesón le permitirá enfrentarse tanto a unas costumbres que le son extrañas, como a sus propios temores.

Y es que el tiempo, lejos de ser sabio, termina poniendo a cada cual en su sitio porque avanza inexorable, aunque existan mil y una diferentes percepciones de su ritmo. Lo que para algunos es inacción, para otros es prudencia; lo que para unos es falta de arrojo, para otros es responsabilidad; lo que para algunos es puramente economía, para otros es el garante de la estabilidad y de la prestación de servicios de calidad a los ciudadanos, la certeza del disfrute de las pensiones, o la creación de empleo, entre otras vitales cuestiones.

Mariano Rajoy se ha marchado. Algunos no han sabido comprender el ritmo de sus tiempos y de sus decisiones, pero los hechos son los que son, y cómo él mismo señaló en su despedida en el Congreso, deja una España mucho mejor de que la que encontró.

Para cualquier político lo fácil es dejarse llevar por recetas populistas, esas que te garantizan la simpatía de unos ciudadanos que satisfechos a corto plazo, te concederán su voto. Pero las promesas irrealizables, más tarde, a medio y largo plazo, provocan el desengaño de los electores al ver incumplidas sus expectativas, o acaban arruinando un país, hipotecado con regalías “express” que van minando la economía, hasta dejar el país en la absoluta quiebra tal como dejó España el gobierno del PSOE ya en dos ocasiones.

No es nada fácil para un político que tiene en sus manos la responsabilidad del gobierno de España, haber aguantado durante siete años las constantes arremetidas de quienes han ido denostando cada una de sus acciones. El desgaste como gestor y como persona es tremendo, casi incuantificable. Sin embargo, Mariano Rajoy supo hacer lo más difícil, aguantar estoicamente los envistes mientras toreaba con aparente serenidad una España quebrada económicamente, rota anímicamente y desesperanzada, con una tasa de desempleo que había subido en 2,9 millones de parados durante el desgobierno de Zapatero. Una España que ha vivido un cambio de Rey y, una España sumida en el mayor momento de tensión secesionista a manos de los golpistas que desde Cataluña pretenden desmembrarla.

Ante este desolador escenario que encontró Rajoy al llegar a la Moncloa, creo que los españoles hemos sido afortunados de contar estos años tan complejos con un presidente con su capacidad de trabajo y de sacrificio, con su inteligencia y con su carácter moderado, y prudente que ha sabido encajar los golpes a costa de su propia imagen. En los momentos más críticos ha sabido tener templanza y flexibilidad, y ha ofrecido diálogo permanente,  evitando actuar “en caliente” como otros muchos demandaban. Sin duda, para esos otros muchos, plácidamente sentados en la bancada de la oposición, jalear, soliviantar, exigir y hostigar, sin tener la responsabilidad del Gobierno, ha sido un ejercicio fácil y cómodo; pero sin duda irresponsable, desleal y deshonesto con España.

Los últimos datos de paro en España correspondientes al mes de mayo sitúan la tasa de desempleados en 3,25 millones de personas, cuando la herencia recibida de Zapatero alcanzaba los 4,42 millones de parados. Y todavía hay quienes tratan de manipular la opinión pública achacando al gobierno de Partido Popular, escasez de políticas sociales. Una cuestión absolutamente falsa, que la izquierda trata de vender permanentemente a la ciudadanía, derrochando su acostumbrada sobredosis de suficiencia moral. Sin duda, la mejor política social es que los españoles tengan trabajo, que las familias puedan llegar a fin de mes, y que se active el consumo, el ahorro y la economía. Que exista estabilidad económica para que los inversores tengan confianza y que los emprendedores puedan crear empresas y con ellas, empleo y riqueza. Qué pronto olvidamos los sobresaltos con los que cada mañana desayunábamos respecto a las cifras de la prima de riesgo, o cómo numerosísimas familias tenían a todos sus miembros en paro, teniendo que subsistir con la ayuda económica de las pensiones de los abuelos.

Rajoy ha sido un presidente sencillo, sin corte a su alrededor. Un trabajador infatigable. Un magnífico parlamentario. Un jefe de Gobierno que ha preferido que le golpearan a él, antes que golpearan España. Un hombre tranquilo que, sin embargo, de forma humilde y sin exabruptos, se ha dejado el alma por España.

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CRUCES AMARILLAS

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La pasión puede ser destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo. La peor de todas, la que ha causado más estragos en la historia es la pasión nacionalista.” Mario Vargas Llosa

“Toda guerra es un engaño”, ya lo decía el gran maestro Sun Tzu en El Arte de la Guerra. Un visionario, que supo acertar allá por el año 500 a. C.,  muchas de las claves estratégicas más inteligentes y valoradas por sus contemporáneos maestros en batallas, guerras y victorias políticas. Afirmaba también el filósofo y militar chino, que aunque no hay que atacar con cólera, ni con prisas, lo realmente importante es la victoria, no la persistencia.

Hoy los españoles nos vemos obligados a participar en una batalla no armada pero sí dialéctica, propagandística y judicial, que además de abusar de la persistencia, es un engaño flagrante a los ciudadanos, en toda regla. Los separatistas catalanes han embarcado a Cataluña en una lucha permanente contra España, contra nuestro orden constitucional y nuestras instituciones.

Un monumental engaño que han tejido durante décadas adoctrinando, falseando la realidad y la historia y, lo más triste, sembrando la semilla del odio y el rencor contra todo aquello que lleve implícita la esencia de España.

Complicado panorama tiene Cataluña. Mientras el presidente Quim Torra pretende formar un Gobierno que ocupe los sillones del Parlamento tapizados con enormes lazos amarillos, los huidos Puigdemont, Gabriel y sus secuaces, siguen anudando lazos con su alargada sombra. Falsos lazos trenzados con la soberbia, la cobardía y la mentira del disparate secesionista, y que transformados en sogas, siguen tensando día tras días, tratando de asfixiar a España.

Pero la batalla más triste, no es la que se libra en los juzgados o en los escaños del Parlamento catalán, es la que se vive cada día, de forma anónima en las calles, en las plazas y en las playas de pequeños pueblos o de barrios metropolitanos de Cataluña. Son la tensión, los insultos y los enfrentamientos entre los ciudadanos de a pie, convertidos en víctimas de la fractura social provocada por los gobernantes del procès.

El pasado domingo, la playa de Llanfranc lucía decenas de cruces amarillas clavadas en la arena. Un espacio público que los separatistas habían utilizado libremente, a su antojo, para manifestar de esta forma tan gráfica, su protesta sobre el encarcelamiento de los mal llamados “presos políticos” en España. Algunos las observaban con el entusiasmo propio de la exaltación independentista y, otros muchos, miraban de perfil y seguían tomando el sol como si nada pasara, quizás por indiferencia, por hastío cotidiano o, tal vez, por miedo a las represalias. Pero, en un instante, algo cambió. Un niño pequeño, atónito ante el espectáculo de las cruces que emulaban un camposanto, preguntó inocentemente quiénes habían muerto… Fue en ese momento cuando una vecina anónima, absolutamente indignada ante tal situación y ante el avasallamiento de un espacio público de ocio y descanso para el disfrute de todos, comenzó a arrancar las cruces amarillas de la arena, gritando “Ya está bien de agachar la cabeza, que pongan las cruces en su casa”.

Maribel Llorens se ha convertido, sin pretenderlo, en la cara visible de tantos miles de ciudadanos catalanes que están cansados del esperpéntico independentismo. “En España no hay presos políticos, hay políticos presos” clamaba, mientras continuaba arrancando cruces y se enfrentaba a las brigadillas separatistas que las habían colocado.

Tras este incidente y otros más registrados en diversas playas de Cataluña, el Delegado del Gobierno, Enric Millo, ha remitido una carta a los alcaldes de los pueblos costeros donde se han plantado cruces, para exigir neutralidad. Las repuestas que ha obtenido a su misiva es ciertamente vergonzosa, un suma y sigue a este panorama desolador. Entre ellas, la de Gerardo Pisarello, primer teniente de alcalde de Barcelona, quien ha defendido “hacer compatible la libertad de expresión y la convivencia pacífica de la ciudad.” Y, yo le pregunto al señor Pisarello, si a él, le parece pacífica convivencia que vecinos como Maribel Llorens, tengan que llegar prácticamente a las manos, para reclamar un espacio de paz y tranquilidad en la playa, en la calle… donde sea.

Desfachatez, desvergüenza y mentira. Puro engaño, como decía el gran Sun Tzu. La sociedad catalana está fracturada. La mayor batalla de los demócratas constitucionalistas que defendemos sin fisuras la unidad de España, no es la que se libra necesariamente en los tribunales ni en el Parlamento, es la que debemos librar cada día en las calles, protegiendo a miles de ciudadanos frente al hostigamiento secesionista y estableciendo todos los mecanismos legales necesarios para contrarrestar desde la raíz el adoctrinamiento y el engaño.

EL CASOPLÓN

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“El hombre sólo es rico en hipocresía. En sus diez mil disfraces para engañar confía; y con la doble llave que guarda su mansión para la ajena hace ganzúa de ladrón.”  Antonio Machado

Disculpen la expresión pero no hay nada peor que escupir hacia el cielo, porque más pronto que tarde aquello que se espeta, acaba cayendo en la frente. Este tipo de ejercicio suele ser crónico en los demagogos de izquierdas, acostumbrados a emitir sentencias sobre cualquier asunto con una suficiencia moral y un rencor tan enfervorecido que parece trastocar su capacidad de raciocinio, la cual pongo en duda noventa y nueve de cada cien veces.

Pues, como no podía ser de otra forma, el rancio líder de la izquierda radical que en nuestro país representa Podemos, el gran jefe coleta morada, Pablo Iglesias, es campeón en demagogia, en hipocresía, en incoherencia y, naturalmente, en escupir hacia arriba. Y le ha caído de bruces, en plena frente, el chalet a todo lujo que se ha comprado con su pareja y compañera de filas, Irene Montero, en la sierra madrileña. Nada menos que un casoplón valorado en más de 600.000 euros, con casa para invitados, piscina y parcela de 2.300 metros cuadrados.

¿Qué va a decir ahora Pablo Iglesias en sus mítines cuando levante el puño cerrado contra la casta, contra el capitalismo y el liberalismo? ¿Podrá mirar a la cara de ese rebaño de votantes a los que constantemente manipula con palabras vacías que contradicen el ejemplo que predica con los hechos?

Pablo Iglesias debería dimitir. No por comprarse una casa, ni tan siquiera porque la vivienda sea de lujo, sino porque siempre ha predicado de forma enfervorecida y casi levitando por el éxtasis de escucharse a sí mismo, que un político nunca debía vivir en un chalet, ya que ello suponía “vivir aislado” de las clases medias y bajas, lo que resulta incompatible a la hora de comprender sus problemas y defender sus intereses. Por eso, Pablo Iglesias, siendo coherente con su propia exigencia, debe abandonar la política.

Pablo Iglesias debería dimitir. Porque en 2012 criticó muy duramente al ministro Luis de Guindos por haberse comprado un ático valorado en 600.000 euros, casualmente, cifra equivalente a la que le ha costado su casoplón.  En aquel entonces orquestó una campaña contra De Guindos, preguntando con inquina en sus redes sociales si los ciudadanos españoles entregarían la política económica del país a quien se gasta 600.000 euros en un ático de lujo. Y yo me pregunto ahora, siguiendo el rasero del propio Iglesias, por qué los españoles iban a querer entregar la política entera de un país a quién se gasta semejante cifra en una vivienda de lujo.

Pablo Iglesias debería dimitir por vergüenza torera, y es que algunos miembros de su partido, se han quedado tan estupefactos al conocer la noticia que dudaban de su veracidad. Pues sí, señores podemitas, señores indignados, señores contra la casta, contra la libertad (salvo la suya propia), contra el esfuerzo y la meritocracia, contra la propiedad privada… qué más tiene que hacer Pablo Iglesias para demostrarles que por un lado cierra el puño y por otro pone la mano. En los próximos días deberá quedar reflejada en el portal de transparencia de su partido, la cuestión de la financiación de la vivienda. A ver con qué nos sorprende el líder anarcocomunista y, si los suyos, vuelven a tragar con su jarabe de palo democrático.

Pablo Iglesias debería darse de baja de su partido, ya que sus acciones chocan frontalmente con la defensa que Podemos hace de la igualación social a la baja y en contra del esfuerzo personal para prosperar y poder adquirir bienes en un mercado libre. También el hecho de querer criar a sus hijos gemelos que vienen de camino, en un entorno privilegiado en tranquilidad, situado en plena naturaleza, se opone a los preceptos podemitas que abanderaba Anna Gabriel, sobre la crianza en tribu. Demasiadas contradicciones, Pablo. Demasiada incoherencia. Demasiado escupir al cielo.

EL DEDO DE MADURO

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“Las mujeres deben usar menos secadora de cabello para ahorrar luz. Una mujer se ve más bonita cuando se peina con los dedos. De manera natural”. Nicolás Maduro

 

Ese ilustre personaje que a nuestra era le ha tocado padecer y que pasará a los anales de la Historia como el ser abyecto que asfixió a su propia tierra y aniquiló en masa a sus compatriotas, aparecía miércoles en un acto electoral en la localidad venezolana de Puerto Ayacucho, ataviado cual monarca mesiánico, con una corona de plumas rojas y azules, y un colgante a modo de toisón, en el que rezaban las palabras “Venezuela” y “Amazonas”, y que culminaba con la imagen de dos aves multicolores (creo que guacamayos) mirándose de frente. Pero lo más esperpéntico no es el atuendo que lucía Nicolás Maduro, sino la soberbia con la que señalaba con su dedo índice, mientras espetaba sus miserables mensajes a una población agotada, atemorizada y desesperanzada.

El Fondo Monetario Internacional ha previsto para este año una súper inflación del 13.000% en Venezuela; algo que hará aún más insostenible la vida de unos ciudadanos venezolanos, que hace ya mucho tiempo dejaron de luchar por vivir, para simplemente tratar de sobrevivir. A aquellas imágenes de las largas colas de espera en los supermercados provocada por el desabastecimiento generalizado, le siguieron los apagones de luz, completamente inimaginables en un país que es una potencia energética. Después llegó la precariedad en la sanidad hasta convertir la situación del pueblo venezolano en una emergencia internacional.  Y con el hambre, la enfermedad y la miseria, surgieron las voces desgarradas que clamaban contra un gobierno chavista que estaba acabando con su pueblo.

Tal como cabía esperar, siguiendo el negro historial de Hugo Chávez, su discípulo Maduro, no dudó en tratar de silenciar a cualquier precio,  las voces que clamaban comida y libertad, quebrando sus cuerpos y matando sus almas. Y, de este modo, ordenó a su ejército que se liara a tiros contra los manifestantes que salían a la calle a elevar sus protestas. El saldo, que sepamos, fue de 125 muertos y 2.000 heridos en solo tres meses, centenares de huidos, y otros tantos abarrotando las cárceles, que ya no tienen más capacidad para encerrar a tantos presos políticos.

La propia Fuerza Armada Nacional se está quedando sin tropas. La hambruna y la enfermedad también se están cebando con el personal de tropa, que se han visto obligado a correr la misma suerte que sus familias, saliendo a toda prisa del país, huyendo con lo puesto por la fronteras más accesibles hacia Colombia y Brasil, donde ya se han creado auténticos campamentos de refugiados. Nada menos que unas 10.000 bajas y deserciones se han producido desde el año 2015. Precisamente desde ese año, se detectó un aumento significativo de detenidos militares acusados de deserción, de traición o de otros crímenes. Pero, claro está, que pocas alternativas tiene el personal de tropa, salvo la huida, ya que quienes piden la baja, son retenidos y encarcelados para evitar su marcha.

El próximo 20 de mayo, Nicolás Maduro busca a toda costa revalidar su mandato por otros seis años, en unos comicios que tanto la oposición como la mayoría de la comunidad internacional rechaza por fraudulentos. Sin embargo, para asegurarse el éxito mediante una seguridad de dudosísima solvencia, el iluminado Maduro, está reclutando jubilados y milicianos, entrenándolos de forma improvisada para logar sus más repulsivos delirios materializados en su denominado Plan República.

No cejaré en mi empeño de denunciar la terrible situación que está padeciendo el pueblo venezolano. No renunciaré a insistir una y otra vez más, cuántas sean necesarias, en que la comunidad internacional tiene el deber moral y humanitario de intervenir para poner fin a esta situación. No podemos caer en la trampa del conformismo. No podemos acostumbrarnos a convivir con el hambre, el horror, la miseria, la falta de libertad y el asesinato como algo cotidiano.

Es obvio que Nicolás Maduro pasará a los anales de la Historia como el cacique que asfixió Venezuela, pero nosotros tenemos el deber y la responsabilidad de escribir unos renglones más allá y cambiar la crónica de la historia, contribuyendo a terminar con la “monarquía” de las plumas y los toisones de guacamayos; y bajar de una vez ese dedo índice que con soberbia y locura, pretende seguir señalando el camino del pueblo venezolano hacia la destrucción.

¿ARAÑA O CENTOLLO?

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“La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos.” C.S. Lewis.

 

Decía el sabio Confucio que la educación genera confianza; la confianza genera esperanza; y la esperanza genera paz.  Y es que aunque la educación no es el objetivo para el que debe trabajar una sociedad, sí es el camino fundamental sobre el que avanzar hacia objetivos tan imprescindibles como ideales que permitan alcanzar, al menos, un básico estado de bienestar, de pacífica convivencia y de desarrollo.

Todo ser humano, cuando nace, es como un libro en blanco. Un lienzo absolutamente virgen que, sin embargo, ya en los primeros meses de existencia, se va transformando en función del contexto geográfico, social, político, económico y cultural que le envuelve. Y la educación será el factor más determinante a la hora de moldear su forma de entender la vida y, por tanto, de actuar en consecuencia, con ese modelo que debe imitar. Por ello, si extrayésemos a una persona, nada más nacer, de su hogar, y fuera criada y educada en un lugar completamente en las antípodas culturales de su origen, se mimetizaría con el modelo de sociedad donde se haya criado y desarrollado, sin tener ningún signo de pertenencia o arraigo a su cultura de origen.

Un ejemplo bastante gráfico, aunque simplificado en exceso para hacerlo absolutamente comprensible, es el que enunciaba en el titular de este artículo: ¿araña o centollo? La educación y por tanto la cultura y los usos y costumbres, hacen que en algunas partes del mundo se considere la araña como un insecto ciertamente repulsivo y que, sin embargo, un decadópodo de aspecto bastante similar al arácnido, como puede ser el centollo, sea considerado un majar de la gastronomía. ¿En qué radica semejante disparidad de criterio? Sencillamente, en la educación y la cultura recibidas.

Resulta verdaderamente triste, observar cómo el hombre ha convertido la educación en un problema, cuando en realidad se trata de una oportunidad. Una oportunidad que nos equipara a todos bajo el mismo rasero y es la única llave eficaz para el entendimiento y la paz. Y educar en la paz lleva implícita una educación en valores, tales como la solidaridad, la tolerancia, el respeto, la cooperación, la verdad o la justicia, entre otros muchos.

Desde todas las administraciones, tanto a nivel local, como nacional e internacional, debemos entender y hacer comprender a la sociedad, que la educación para la paz no es una opción más sino una necesidad imperiosa. Es un tema transversal que debe aplicarse en las distintas áreas y momentos del aprendizaje.

Conocer y aceptar las diferencias entre nosotros es una obligación moral pero, además, puede convertirse en un extraordinario medio de enriquecimiento personal y, por extensión, social. Siempre he afirmado que los seres humanos debemos buscar lo que nos une, porque sin duda, será mucho más que lo que nos diferencia. Y la educación para la paz, precisamente ha de buscar mejorar las cosas, alejándose de prácticas como el adoctrinamiento y la imposición, porque su fin no es el sometimiento de seres grises y estandarizados, sino todo lo contrario, dar alas a seres libres, respetuosos, justos y únicos.

La transversalidad  contribuye a humanizar la educación, dignificando la vida para uno mismo y para los demás. Su aplicación en el microcosmos de la escuela, con el tiempo y por extensión, llegará a todos los ámbitos de la sociedad.

Precisamente, UNICEF define la educación para la paz como un proceso de promoción del conocimiento, las capacidades, las actitudes y los valores necesarios para producir cambios de comportamiento que permitan a los niños, los jóvenes y los adultos prevenir los conflictos y la violencia, tanto la violencia evidente como la estructural; resolver conflictos de manera pacífica; y crear condiciones que conduzcan a la paz, tanto a escala interpersonal, como intergrupal, nacional o internacional.

Ello conllevaría que niños y jóvenes sean partícipes en la gestación de cambios constructivos tanto a nivel local como internacional. Pero debemos ser conscientes de que estamos hablando de un proceso de transformación complejo que atañe a la comunidad mundial y que para que realmente sea duradero, solo es posible a largo plazo. Pero para que las cosas lleguen a concluirse, siempre es necesario, dar un primer paso.

ALFIE EVANS

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Toda vida es la vida de Dios que se hace presente entre nosotros, aún en un niño que todavía no ha nacido. Nadie tiene derecho a levantar su mano para segarla.”
Madre Teresa de Calcuta

 

La vida es una aventura. Infinidad de veces hemos escuchado tal aseveración, que humildemente comparto. Una aventura que comienza con un viaje de llegada y otro de partida y que, basándonos en las leyes de la naturaleza humana, debería concedernos entre ambos puntos de inicio y fin, el tiempo suficiente como para poder disfrutar e incluso sufrir, tal aventura. Sin embargo, en no pocas ocasiones, la lógica se transforma en ilógica, anticipando el viaje de partida, mucho antes de lo que cabría esperar. Resulta insoportablemente doloroso e incomprensible, ver cómo niños, pequeños bebés, han de abandonar esta compleja aventura de la vida, a la que precisamente acaban de llegar, sin que apenas les haya dado tiempo a sentir ni ser conscientes de que han llegado.

He de reconocer que el tema del sufrimiento infantil es algo que siempre me ha superado. Nuestro deber es proteger y cuidar la infancia, por su fragilidad, vulnerabilidad e incapacidad de ser autosuficientes. Por ello, cualquier acción violenta o cruel que se comete contra un niño, es el crimen más deplorable que el ser humano puede llevar a cabo. Va contra la naturaleza, contra el raciocinio y contra la esencia misma del alma humana. También me sobrecogen y me llenan de amargura y desasosiego las situaciones de dolor y padecimiento no propiciadas por la acción directa del hombre, sino por circunstancias crueles o desafortunadas, que llevan a que la enfermedad recaiga sobre un pequeño.

Estos días, los medios de comunicación de todo el mundo, se hacían eco de la dramática historia del pequeño Alfie Evans. Un bebé británico de 23 meses de edad, que padecía una enfermedad neurológica degenerativa y desde diciembre de 2016 estuvo ingresado en un hospital de Liverpool.  La historia del pequeño Alfie, desgraciadamente, ha dado la vuelta al mundo, por la terrible situación que la envuelve. La Justicia británica con su decisión, sentenció a muerte a este bebé inglés, al vincular su destino al criterio del equipo médico que le atiendía, por encima de los deseos y peticiones de sus padres. Los médicos afirmaban hace pocos días que era completamente inútil, continuar proporcionando al niño los tratamientos que le mantenían con vida de una forma artificial. Por ello, y con la justificación de evitarle sufrimientos, el pasado lunes desenchufaron los sistemas que le proporcionaban soporte vital.  Sin embargo, contra todo pronóstico y ante la admiración de los médicos, el niño  continuó respirando por sí sólo. Y, así… luchando por su vida, con todas sus fuerzas y con el amor de sus padres, estuvo resistiendo cinco largos días.

Sus padres querían trasladarlo a Roma, donde un hospital se había ofrecido a proporcionarle tratamiento, soporte vital y quizás una esperanza. Esperanza que los médicos del hospital de Liverpool le denegaron con su diagnóstico, y la Justicia británica, en contra de los deseos y súplicas de los padres, eliminaron por completo. El propio Papa Francisco hizo un llamamiento para que se atendiera el deseo de los padres de buscar nuevas formas de tratamiento. Sin embargo, ni el apoyo del Papa a los padres, ni la oferta de un hospital de Roma (administrado por el Vaticano), de recibir al pequeño,  surtieron ningún efecto.

Resulta terrible que un Estado pueda entrometerse en una cuestión tan personal que solo afecta al ámbito íntimo de una familia y contravenir los deseos de unos padres, que tratan de buscar un camino hacia la esperanza.

Todos debemos respetar y acatar las leyes, cuando éstas vayan a favor de la vida. Pero no es humano, ni moral, ni ético, que existan normas, sentencias y decisiones que, precisamente, vayan en contra de la vida. Tengamos en cuenta que la legislación es una cuestión gestada y dictada por los hombres, y el ser humano no es ni mucho menos perfecto.

El pequeño Alfie podría haber viajado a Roma, es cierto que podría haber fallecido en el trayecto al hospital que le brindó ayuda, pero eso nunca lo sabremos porque los médicos y la Justicia británicos le denegaron esa posibilidad. Su enfermedad fue diagnosticada como irreversible, pero también es cierto que el pequeño permaneció casi cinco días viviendo sin máquinas de soporte vital, contra todo pronóstico. Con tan solo 23 meses de vida, el pequeño Alfie ya emprendió su viaje de partida.

La Justicia jamás debería mermar la esperanza de vida de nadie y, mucho menos, contradiciendo la voluntad de unos padres. Las leyes deben siempre preconizar el derecho a la vida. Vivir, esa es la cuestión.

ESCLAVOS INVISIBLES

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“La paz solo puede durar donde los derechos humanos son respetados, donde la gente se alimenta y donde los individuos y naciones son libres”. Dalai Lama.

Cada 16 de abril, desde hace veintitrés años, se celebra el Día Mundial contra la Esclavitud Infantil. De este modo, y con el objetivo de sacudir nuestras conciencias para movilizarnos a efectuar algún tipo de acción que contribuya a la eliminación de esta terrible lacra social, honramos la memoria del pequeño paquistaní Iqbal Masih, asesinado en esa misma fecha de 1995, cuando sólo tenía doce años. Iqbal había sido vendido por su padre a los cuatro años de edad, para saldar una deuda que había contraído con un fabricante de alfombras, tras haberle pedido un préstamo para celebrar la boda de su hijo mayor. Por ello, el pequeño debía trabajar interminables jornadas de doce horas, trenzando alfombras con sus pequeñas manos, por una rupia al día. Parece que su vida cambió al cumplir diez años, cuando pudo conseguir la libertad a través de una campaña del Frente de Liberación del Trabajo Forzado, convirtiéndose en un activo luchador contra la esclavitud infantil. Sin embargo, poco tiempo después, con doce años, murió asesinado.

El caso del pequeño Iqbal no es desgraciadamente un hecho aislado. En la actualidad se calcula que unos 400 millones de menores en todo el mundo son esclavos. UNICEF advierte que la explotación, la violencia y el abuso provienen frecuentemente de personas cercanas al niño, incluyendo a sus propios  padres, familiares, cuidadores, maestros, autoridades e incluso, otros niños.

Además, se estima que 246 millones de niños y niñas en el mundo son víctimas del trabajo infantil y, de ellos,  cerca del 70 por ciento (unos 171 millones) trabajan en condiciones peligrosas, en sectores como la minería o la agricultura, sometidos sin ningún tipo de control al contacto con productos químicos y pesticidas o al manejo de maquinaria peligrosa.

Hoy, son millones las niñas que trabajan como asistentas y sirvientas domésticas, sin salario y expuestas de una forma exponencial a la violencia, la explotación y los malos tratos. Circunstancias gravísimas que convierten en víctimas a millones de niños y niñas. Algunos informes internacionales hablan de cifras terribles como, 1,2 millones de víctimas de trata; 5,7 millones de víctimas de la servidumbre por deuda u otras formas de esclavitud; 1,8 millones de víctimas de la prostitución o la pornografía; o 300.000 pequeños reclutados como niños soldados en los conflictos armados.

Si el caso de la explotación en el trabajo es una auténtica tragedia, imagínense el caso de los niños soldados, que cada día juegan con fuego real, asesinando y siendo asesinados, utilizados como escudos humanos,  o como detectores de explosivos en campos de minas.

La esclavitud sexual es otra guerra menos sangrienta pero igual de dramática ya que supone la tortura física y psicológica, prolongada cruelmente en el tiempo, de niños y niñas que deberían estar ocupados en aprender y en jugar y, sin embargo, se convierten en auténticos muñecos rotos, a manos de seres sin escrúpulos que no se merecen el calificativo de humanos.

Estos niños y niñas, se hallan en todas partes pero parece que nadie les ve. Son esclavos invisibles. No solo porque trabajan ocultos entre las sombras de las minas, los talleres o las plantaciones, sino porque los demás parecemos no querer verlos.  Se trata de una realidad terrible pero poco visibilizada, porque tal vez, resulta menos doloroso o más cómodo mirar hacia otro lado.  Sin embargo, sabemos que eso no es lo justo, más bien todo lo contrario, es indispensable que desde los distintos países nos pongamos a trabajar sin descanso para combatir una lacra impropia de seres humanos.

Debemos unir sinergias y acometer campañas de sensibilización, para desde los distintos ámbitos de competencia, poder regular el trabajo en los ámbitos donde se desarrolla la esclavitud, concienciando y cooperando con las propias familias, modificando sus patrones sociales y culturales de aceptación y tolerancia hacia la explotación y la violencia, impulsando el desarrollo de canales para la indentificación, atención y prevención y, de forma absolutamente imprescindible, facilitado el acceso de los niños a la educación. La educación de los niños, de las familias y de las sociedades es la piedra angular para propiciar el camino hacia la erradicación de la explotación infantil.

Está en nuestras manos y sobre nuestras conciencias, la liberación del sufrimiento de niños que deben ser niños. No esclavos, ni soldados, ni objetos… Hagamos, entre todos, visible lo invisible y miremos de frente la violencia. Es el único camino para terminar con ella.