EXORCISMOS, AQUÍ

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Yo no estoy dispuesto a gobernar a cualquier precio, no voy a ser presidente del Gobierno a cualquier precio.” Pedro Sánchez (año 2015)

 

Define el Diccionario de la Real Academia Española el término exorcismo como un conjuro contra el demonio. Breve y claro, tal vez demasiado. Sin embargo, otros diccionarios amplían algo más la definición, indicando que es el conjunto de fórmulas y de ritos que se practican para expulsar un espíritu maligno, especialmente el demonio, del cuerpo de una persona, de un lugar, etc. Esta segunda definición ya me satisface algo más, porque amplía el abanico de opciones a entes malignos, en general, y en su afección, no se ciñe exclusivamente a personas, sino también a lugares. Y, sin querer comparar a Pedro Sánchez con ningún ente maligno, sí que estoy firmemente convencido de que representa un importante mal para España, y de que causará a nuestra querida patria un daño terrible cuya reparación posterior puede complicarse de sobremanera.

Pedro Sánchez ha arrancado su pírrico gobierno haciendo mucho ruido mediático para tratar de disimular tanto su falta de ideas,  como la demolición que está realizando de aquello que propugnaba previamente a la moción de censura y, naturalmente, para distraer sobre  los pactos secretos y concesiones con los que deberemos claudicar todos los españoles como pago a determinados partidos indeseables que le han propiciado el sillón azul en el Congreso.

La escasísima representación de sus 84 diputados (de 350), no le va a permitir llevar las riendas de un Gobierno proactivo y eficaz que promueva leyes e iniciativas capaces de mejorar la vida de los españoles. Muy al contrario, el señor Sánchez parece haber iniciado su mandado, haciendo oposición a la oposición, y echando la culpa al Partido Popular de sandeces tales como haber provocado la alteración de la convivencia de España. Y esto lo afirma el presidente de los socialistas, que para alcanzar el gobierno de nuestro país, ha tenido que pactar con los golpistas de Cataluña y los proetarras vascos.

Sánchez ha mentido. No ha tardado en aniquilar su discurso previo a la moción de censura, anunciando que no convocará elecciones. Esas elecciones que se comprometió a celebrar de una forma inmediata para que los españoles pudiéramos elegir a nuestros gobernantes de forma democrática. Sin embargo, todo era una farsa, y este nuevo presidente que nunca ganó unas elecciones y que por dos veces fue vapuleado en las urnas, ha decidido agotar la legislatura hasta 2020, atrincherándose al frente del Gobierno.

Sánchez miente una y otra vez. Lo que sí tiene claro, es su intención de retomar el Estatuto catalán ideado por su predecesor socialista, Zapatero y por el señor Más, que en su parte esencial fue declarado inconstitucional por el Tribunal Constitucional. Este mismo miércoles, la ministra Batet señalaba que la intención del Gobierno es recuperar los artículos que en su día tumbó el TC, a través de leyes orgánicas, para alcanzar ese modelo de estado que defienden a toda costa y que es una atrocidad denominada “nación de naciones”.

Y frente al vacío de ideas positivas, constructivas y eficaces, tal como tristemente cabía esperar, mucho ruido mediático para atolondrar y distraer a la opinión pública de cuestiones realmente relevantes para España.

Por ello, se han permitido hacer demagogia y populismo a costa de la desgracia y el drama humano que supone la inmigración, de una forma irresponsable y fea, a propósito de la coyuntura provocada por Aquarius y los últimos refugiados llegados a nuestras costas.

Y, naturalmente, han vuelto a aferrarse a la ley de la Memoria Histórica, para remover los sentimientos encontrados de los españoles, que ya en su día se ocupó de revivir el insigne presidente Zapatero. Tiene el señor Sánchez la desvergüenza de afirmar públicamente que su obligación es eliminar todos aquellos símbolos que significan la división entre españoles, a propósito de la polémica que ha suscitado entorno al Valle de los Caídos. Pues yo, desde esta humilde tribuna, invito al señor Sánchez a emplear ese mismo ímpetu en la eliminación, por ejemplo, de los lazos amarillos que inundan Cataluña, las cruces amarillas que se atestan en sus playas o las banderas inconstitucionales que se asoman a las balconadas de los edificios públicos.

Vuelve a mentir el señor Sánchez, porque su deseo no es unir España, sino aplicar una sesgada memoria histórica de forma torticera que ahonde en la separación de los españoles. Pedro Sánchez no quiere eliminar todos aquellos símbolos que implican división entre los españoles porque lo que desea es desmembrar España para conformar su anhelada nación de naciones. España no merece tantos agravios y despropósitos. España no merece tanta maldad.

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