El complejo de Casandra

Apolo amaba a Casandra pero cuando ella no le correspondió, él la maldijo: su don se convertiría en una fuente continua de dolor y frustración

casandraNunca he considerado la diferencia en la opinión política, religiosa o en la simple manera de entender la vida como un motivo para no ser amigo de cualquier persona. Más bien al contrario. Siempre disfruto de la confrontación ideológica entre quienes me rodean, un intercambio que todas las veces ha resultado enriquecedor a lo largo de mi vida. Quién sabe si ese carácter aperturista se debe a que he crecido en Brunete, en un pueblo en el que, aún hoy en día, casi todos nos conocemos, compartimos nuestras alegrías y tristezas, nos tomamos un vino para dialogar y reflexionar sobre la vida y nos saludamos por la calle al vernos.

Escuchar, dialogar, entenderse desde la lógica discrepancia en determinadas ideas y visiones de la sociedad, debería ser una máxima que todos deberíamos aplicar en cualquier ámbito de nuestra vida.

Y aunque mi experiencia personal y profesional me ha permitido confirmar que la inmensa mayoría de los españoles anhelamos conversar más entre todos, hay quienes prefieren seguir encerrados en su gruta, permanecer ajenos a cualquier opinión que pueda remover sus resquebrajados cimientos, convertirse en auténticos ermitaños en su atávica cerrazón.

Es como si se resistieran a entender que en la España moderna y actual necesitamos más debate y menos griterío, más momentos para brindar juntos que para romper cristales. Que como pueblo, como nación, necesitamos estar más unidos que nunca. Porque esta ya no es, ni puede volver a ser nunca más, la España del “Duelo a garrotazos” que retrató el pintor Francisco de Goya. Y aunque algunos parezcan empeñados en tratar de convencernos de ello, tampoco vivimos en la España de las ilusiones desfiguradas que Camilo José Cela describió en su novela “La Colmena”.

La transformación tan vertiginosa que ha vivido nuestra sociedad en los últimos años, los difíciles retos que la historia nos está poniendo por delante, el decisivo proceso de modernización que aún nos queda por acometer en numerosos ámbitos de nuestra nación y sociedad, no tienen una solución única en muchos casos.

Por ello, quienes prefieren esconderse en su trinchera, vociferando vetustas proclamas y agitando el avispero de la crispación, están obligados a salir de ella. Están obligados a dar un paso al frente, a dialogar y establecer acuerdos verdaderos y firmes. Porque cuando eso suceda lo estarán haciendo por el beneficio mutuo de todos los españoles. Dejemos a un lado otros intereses espurios y demos soluciones a los problemas reales de nuestros ciudadanos. Nuestra historia nos ha demostrado que cuando todos hemos caminado en el mismo sentido, nuestro país ha logrado sus cambios más positivos y transcendentales.

El dolor y frustración no debe ser transmitido, España no se sustenta de ello, Casandra no volverá.

Liberalismo en el siglo XXI (IV y última parte)

Nunca traeremos vergüenza sobre nuestra ciudad por actos de deshonestidad o cobardía. Lucharemos por los ideales y las cosas sagradas de la ciudad individualmente o en grupo”.

Juramento ateniense incluido en La oración fúnebre de Pericles

liberalismosigloxxiEn la anterior entrada del blog reflexioné sobre los retos que como nación, como pueblo, tenemos por delante en la actual situación económica que atravesamos.

No lo negaré. España tiene un largo camino aún por recorrer, sabiendo que no existen fórmulas mágicas ni atajos para llegar antes a nuestra meta, que no es otra que volver a crecer, a generar empleo, a que nuestras familias se sientan orgullosas de vivir en una sociedad, en una nación, en la que pueden alcanzar todos sus sueños. Pero no es menos cierto que para alcanzar esa meta, no existe una mayor fuerza que la de cada uno de los individuos que forman el conjunto de la sociedad española.

Ha llegado el momento de olvidar viejos complejos, de sumar aciertos, de pensar que todos y cada uno de nosotros podemos aportar algo en alcanzar la meta. Ha llegado el momento de que el ciudadano sea la auténtica fuerza motora de la sociedad.

En su obra “Tiempo para elegir”, otro presidente norteamericano, Ronald Reagan, era tajante. Decía que “No podremos tener éxito en nuestras reformas mientras nuestras políticas fiscales sean diseñadas por gente que ve los impuestos como medios con los que lograr cambios en nuestra estructura social”.

O lo que es lo mismo, no podremos tener éxito mientras los ciudadanos, las empresas, los emprendedores, los comerciantes, los trabajadores… no dispongan de las condiciones suficientes para poder invertir su capital económico o su esfuerzo personal en una economía plena de libre mercado y en la que un inversor que arriesga su capital tenga las máximas opciones para triunfar.

La administración pública debe gestionar todos aquellos servicios esenciales a los que está obligada para favorecer el progreso social, tecnológico y económico de un país. Las administraciones deben ofrecer al ciudadano una Justicia eficaz y libre, el acceso a la sanidad y la educación, el fomento de la cultura, favorecer el desarrollo de la investigación y la tecnología, contribuir a la modernización de nuestras infraestructuras.

Pero no se deben exceder esas competencias ni entrar en conflicto con el sector privado. No es sostenible que un empresario que genera empleo e invierte su propio capital para emprender un negocio, compruebe como sistemáticamente desde la administración pública se ofrecen los mismos servicios que él presta pero en unas condiciones en muchos casos incluso más ventajosas.

Tampoco es normal que en otros países cercanos, un emprendedor, un empresario, pueda crear una empresa en unas horas y beneficiarse de incentivos para generar empleo, mientras que nuestro país, y muchos empresarios lo saben, constituir una empresa constituía hasta hace muy poco tiempo un largo proceso administrativo. Sólo mediante la aplicación de los estímulos necesarios para crear un tejido empresarial sólido y fuerte en nuestro país lograremos salir antes de la grave crisis que sufrimos. No nos engañemos. Es por eso que otros países como Alemania, Gran Bretaña o Estados Unidos resisten mejor una situación de crisis como la que ahora atraviesa España.

Esta es la gran oportunidad que España tiene ante sí. Una economía liberal que coloque al individuo en el epicentro de la acción política, que estimule la fuerza y la capacidad de superación de una nación entera. Es lo que algunos han denominado el individualismo colectivo: es decir, la capacidad de transformación y superación de cada ciudadano y, por ende, su incidencia directa en el éxito de su pueblo, su ciudad, su región y, por extensión, su país. El liberalismo es, hoy más que nunca, la gran oportunidad de España.

¿Y cómo podemos lograr todo esto desde los municipios?

No me cabe duda de que mediante un trabajo leal y honesto. Leal con aquellos que generan riqueza y empleo en nuestros municipios. Como decía antes, los Ayuntamientos no deben ni pueden competir en superioridad de condiciones con la empresa privada. Pero también trabajando con la máxima honestidad ante nuestros ciudadanos.

Nadie es infalible y por supuesto que se cometen errores. ¿Quién no ha errado alguna vez en la vida? Lógicamente, en momentos difíciles como los que atravesamos, especialmente duros para muchas familias, los ciudadanos exigen a la clase política, más que nunca, soluciones eficaces para salir del túnel en el que nos encontramos. Y nos piden que seamos totalmente honestos. Y así debe ser.

No me cabe duda de que desde el municipalismo podemos y debemos afrontar de primera mano la regeneración de la vida pública aplicando toda nuestra lealtad, la máxima innovación y austeridad en las medidas a adoptar.

Termino esta reflexión recitando el juramento que los ciudadanos atenienses proferían cuando alcanzaban la mayoría de edad y que está recogido en La oración fúnebre de Pericles y que hoy hago mío más que nunca:

Nunca traeremos vergüenza sobre nuestra ciudad por actos de deshonestidad o cobardía. Lucharemos por los ideales y las cosas sagradas de la ciudad, individualmente o en grupo. Reverenciaremos y obedeceremos las leyes de la ciudad. Haremos todo lo posible por alentar la reverencia y el respeto de nuestros superiores que puedan soslayarlas o cambiarlas. Lucharemos sin cesar para agudizar el sentido del deber cívico en el pueblo. De esta manera, lograremos una ciudad no sólo no menos, sino mayor, mejor y más hermosa de como nos fue transmitida a nosotros”.

Ahora nos toca a nosotros.