LA BANALIDAD DEL MAL

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“Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.”
Edmund Burke

 

De entre todas las imágenes que los criminales atentados de Barcelona y Cambrils nos han dejado, el rostro del terrorista autor de la matanza en Las Ramblas me persigue. Es su cara sonriente, como la de cualquier otro chaval más, cuando nadie sospechaba que detrás de él se escondía un peligroso asesino. Y es su imagen captada por las cámaras de seguridad minutos después de matar a varias personas y dejar heridas a otro centenar. En ese rostro no existe la más mínima compasión por lo sucedido, no hay muestra de dolor. Mas al contrario: es una cara hierática, enfurecida, llena de ira. Como lo es su rostro tras ser abatido: sus ojos abiertos, mirando al infinito, creyéndose un héroe. Un mártir.

¿Qué es lo que lleva a un chaval de 22 años, perfectamente integrado en la sociedad, según narran quienes le conocieron, a no sentir ni atisbo de piedad por esas personas a las que acaba de segar la vida? La respuesta necesariamente debe provenir desde la propia comunidad islámica española, sin ningún tipo de organización interna para controlar a imanes que puedan liderar cédulas yihadistas como la de Ripoll. Sin filtros internos que permitan detectar a personas dispuestas a inmolarse.

Una comunidad islámica que debe entender que la integración en una sociedad occidental pasa por difundir entre sus miembros los mismos valores democráticos y las libertades que nos hemos dado, frente a quienes atentan para intentar arrebatárnoslas. No basta con sentirse integrados, con participar de la sociedad, es imprescindible que hagan entender a su gente que los derechos y libertades que nos hemos marcado en países como España son los que han hecho avanzar a Occidente. Porque sólo así se podrá evitar que un criminal como el imán de Ripoll pueda lavar el cerebro y convertir en asesino a un chaval como el autor material del atentado en Las Ramblas. Algo falla en nuestra sociedad occidental cuando un grupo de jóvenes de un pueblo se convierte en muy poco tiempo en terroristas despiadados.

También algo está fallando en Cataluña, cuando un Gobierno autonómico -por muy arrogante que sea en su independentismo- le obstaculiza a los Tedax de la Guardia Civil prestar su colaboración en los hechos de la casa de Alcanar, cuando todo un consejero del gobierno de Puigdemont comete la torpeza -más o menos involuntaria- de diferenciar entre víctimas españolas y catalanas, cuando el gobierno autonómico entiende que se encuentra ante una oportunidad de visibilizar su capacidad para crear un Estado independiente, y cuando la izquierda radical es incapaz de dejar de hacer política con una tragedia como la de Barcelona. Y ahí tenemos a los de las CUPtasuna como ejemplo de esto último. Primero echando la culpa del atentado al “terrorismo fascista fruto del capitalismo”, después acusando al Rey y a Rajoy de ser “culpables” y, aunque luego hayan rectificado al darse cuenta del dislate, negándose inicialmente a asistir a una manifestación de condena al atentado si asistía el Jefe del Estado, quien ostenta la representación de todos los españoles, de todas las ideologías y credos.

Las tonterías que nos regalan habitualmente los de las CUPtasuna no dejarían de ser irrelevantes si no fuera porque el propio PSC ha apoyado a esta patulea delirante de antisistemas para gobernar en varios Ayuntamientos catalanes y viceversa; y porque son ellos quienes sostienen al gobierno que quiere romper España, provocando que sus votos en el Parlament sean decisivos hasta para imponer a la persona que debe presidir el Govern. Los antisistema son los que realmente mandan frente a esa extinta burguesía catalana de la antigua Convergencia, que se ha echado en brazos de los anticapitalistas, de los que quieren romper con todo para crear un nuevo relato desde la nada. Al más puro estilo marxista de lucha de clases.

Pero también algo falla en la izquierda radical de España. O del Estado, como ellos denominarían en ese lenguaje tan independentista del que suelen hacer gala. Algo falla cuando después de lo sucedido en Barcelona o Cambrils, los de Podemos siguen negándose a firmar el Pacto Antiterrorista en pos de un supuesto “pluralismo político”. ¿Pero qué pluralismo mayor que el de participar activamente en un acuerdo del que forman parte distintas formaciones políticas? ¿Pero qué pluralismo político cabe cuando de lo que se trata es de estar unidos frente a la mayor de las amenazas para nuestras libertades que existe? Hombre, que no entren al pacto los Bildutarras va en su condición de cómplices políticos de agresiones a guardias civiles como los de Alsasua, pero que Podemos, PNV, Compromís o el partido de Puigdemont sigan sin firmarlo, sólo significa que para ellos lo importante son las palabras y no los hechos tangibles a la hora de buscar soluciones eficaces conjuntas al terrorismo.

La cirugía imprescindible a la que debe someterse nuestro país para evitar atentados como los de Barcelona o Cambrils es tan altamente invasiva, que requiere del mayor de los compromisos de todos: políticos y españoles. Porque no hace falta sólo indignarse en las calles o cuestionarse cómo hemos podido llegar hasta aquí, hace falta un verdadero compromiso conjunto para erradicar el mal de nuestra sociedad y que nada ni nadie ponga en peligro los derechos y libertades de España y de Europa. O todos entendemos esto con humildad y actuamos con firmeza en la misma dirección, o habremos fracasado en la lucha contra el terrorismo y la banalidad del mal impregnará todas y cada una de nuestras acciones.

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EL FINAL DE LA INOCENCIA

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“El fin de la historia será el comienzo de la paz: el reino de la inocencia recobrada.
Octavio Paz

 

Dijo en una ocasión el escritor inglés Clive Staples Lewis que “Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer pero le grita mediante el dolor: el dolor es su megáfono para despertar a un mundo adormecido”. Los atentados de Barcelona y Cambrils han despertado a muchos del largo sueño en el que se acunaban. A base de dolor, hemos asistido al final de la inocencia para muchos.

Porque mientras en Cataluña hay quienes están empeñados en separarse de España, se pierde el tiempo debatiendo sobre las funciones de la policía autonómica, desde el Govern se invita a los Mossos a que el 1-O rompan con el estado democrático y las leyes, y unos chalados de la izquierda radical se han dedicado a hacer pintadas llamando precisamente… terroristas… a los turistas que visitan Barcelona, estos atentados caen a plomo para despertar a la sociedad catalana, para rescatarla de su largo sueño. Porque por mucho que se quiera mirar hacia otro lado, entran de lleno en algunos de los debates a los que este verano hemos asistido, como el de la turismofobia o el secesionismo catalán. Y lo hacen no por casualidad, porque los terroristas también leen la prensa y saben dónde pueden provocar el mayor de los daños. Por eso eligieron Barcelona o Cambrils, y por eso estos atentados se han centrado en el turismo, que ya representa el 11,2% del PIB, y en Cataluña.

El final de la inocencia conduce a que nos volvamos a situar frente al auténtico eje de lo que de verdad importa: Que España sea una nación aún más sólida, más unida, más firme ante el terrorismo yihadista, que es sin duda la mayor amenaza contra la paz y la seguridad mundiales. Porque sólo con una España fuerte y sólida venceremos al terrorismo, como le hemos vencido antes cuando toda la sociedad española ha caminado unida en esa dirección.

Y gracias a esa unidad y firmeza demostrada por España, y al trabajo de la Policía Nacional, Guardia Civil y servicios secretos, más de 700 personas vinculadas al yihadismo han sido detenidas en España desde el año 2004. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, bregadas durante más de 40 años en la lucha contra el terrorismo de ETA, han hecho en estos años un papel brillante de prevención de atentados, gracias también a leyes como las impulsadas por el Gobierno de Rajoy que permiten a los agentes practicar detenciones antes de que se pueda provocar un atentado terrorista.

Decía en un anterior artículo en torno al ejemplo que nos dio el héroe español Ignacio Echeverría, víctima del último atentado en Londres, que a este tipo de terrorismo sólo se le puede enfrentar de dos maneras: haciéndole frente o mirando para otro lado mientras se cantan canciones de pacifismo en una plaza, aliviados de que esta vez nos hayamos librado del terror y a la espera de ver qué país es el siguiente.

Pues esta vez le ha tocado a España, y siguiendo con la misma analogía, el camino nos lo ha marcado Ignacio Echeverría: hay que hacer frente al terrorismo yihadista, aunque sea una lucha dolorosa, difícil, compleja. O incluso pierdas la vida enfrentándote a él, como le sucedió a Ignacio.

Las recientes derrotas que ha sufrido el DAESH en Siria o Irak, sobre todo en Mosul, han provocado esta nueva ofensiva terrorista con la intención de realizar más propaganda islamista y seguir reclutando seguidores. Y a medida que el Estado Islámico siga sufriendo derrotas, mayor será su desesperación internacional y la amenaza a nuestra seguridad. Por eso hay que insistir en la confianza en los cuerpos policiales y en la acción firme del Estado de Derecho, porque esta amenaza durará mucho tiempo y habrá que tomar medidas cada vez más intensas, en la que toda la sociedad occidental deberá participar de una u otra forma, consciente de que a partir de ahora garantizar la seguridad de los ciudadanos será una cuestión prioritaria. Porque no olvidemos que este es un ataque contra nuestros valores y libertades. Contra todo lo que representamos como sociedad democrática. Tratan de destruirla.

Ahora el mundo también mira a España. ¿Daremos un ejemplo de unidad, cohesión social y firmeza frente al terrorismo? Espero que sí y que sea sin fisuras. Y que aquellas fuerzas políticas, como Podemos, que aún no se han sumado al Pacto Antiterrorista, esta vez sí lo hagan.

Un abrazo y toda mi solidaridad a las familias de las víctimas de esta última masacre terrorista. Y por supuesto al más de centenar de heridos, que ojalá pronto puedan recuperarse.

 

EL RESURGIR DE LAS DOS ESPAÑAS

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“La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de sus deseos”. Goya

A lo largo de nuestros dos últimos siglos de Historia, hay quienes se han empeñado en persistir en una visión dicotómica de nuestro país, en una España partida en dos y en permanente confrontación. El mito comenzó a nacer tras la caída de la Constitución de 1812. Durante mucho tiempo, por cierto, el sector más progresista de nuestro país ha reivindicado los principios de aquella Constitución, frente a quienes en su día agitaron su animadversión hacia las ideas procedentes de la Revolución Francesa, algunas de las cuales formaban parte de aquel texto y otras no. Por ejemplo, la izquierda siempre ha considerado que “la Pepa” era un ejemplo del intenso laicismo que ellos ahora promulgan dos siglos después, sin entrar a reparar en aspectos como que en aquella Constitución se fijaban artículos como el que reconocía que “la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana, única verdadera”.

Pero más allá de la utilización política contemporánea que la izquierda realiza de aquel texto, efectivamente la Constitución de 1812 fue un episodio clave para nuestra nación. Suponía que una sociedad como la española, que aún luchaba contra el invasor francés, se diera la oportunidad de iniciar un nuevo camino político y social. El problema es que aquellas dos Españas, la de quienes defendían su primera Carta Magna y la de quienes la atacaban por afrancesada, era muy minoritaria, porque entre medias había una inmensa mayoría del pueblo que no gritaba “Viva la Pepa”, sino “Viva Fernando y fuera los franceses”. Como dijo el historiador Blanco White, a la Constitución de 1812 se le olvidó lo más importante: el pueblo. Y de eso se aprovechó el funesto monarca Fernando VII para abolirla al poco tiempo de cruzar los Pirineos con los Cien mil Hijos de San Luis.

A partir de entonces, el mito de las dos Españas -una avanzada, otra retrógrada- comenzó a consolidarse en un siglo XIX repleto de episodios de siesta y navajazos, agitación de casino, alzamientos militares y espadones, de sentimiento trágico y falsas esperanzas, siempre al albur y excusa del futuro de la nación. Como bien retrató Francisco de Goya a modo de metáfora, era aquella España del duelo a garrotazos entre españoles. Garrotazos que nuevamente dejaban al pueblo en un segundo plano. Ese pueblo que no entendía el enconamiento de esas dos visiones enfrentadas que desembocó en episodios truculentos como la I República, que apenas duró un año ante su inmenso fracaso; que luego fue sometida a la etapa del turnismo, con Cánovas y Sagasta, con los conservadores y liberales, repartiéndose el poder político como gran solución a todos los conflictos; y que por último, desembocó en una II República tan llena de excesos que fue el caldo de cultivo para que las dos Españas se retaran a duelo y sangre en la Guerra Civil. La también llamada Guerra Civil de 1936, porque durante el siglo XIX hubo otras guerras civiles. Otros duelos a garrotazos.

Como muchos historiadores hoy reconocen, el mito de esas dos Españas escondía una realidad aún más cruda, la de una tercera España que asistía atónita e impotente al devenir de los acontecimientos. Esa tercera España estaba formada por muchísimas personas, se podría decir que la mayoría de la población, cuyo único interés era proveer de futuro a su familia y vivir en una nación en la que la Justicia y la Libertad rigieran sus destinos. Pues bien, esa tercera España asistió muda y defraudada al agrietamiento de una nación entera. ¿Cuántas veces alguien ha escuchado a alguna persona mayor decir aquello de que en la Guerra del 36 le “tocó” ser de un bando por el lugar donde residía?

La aceptación del pasado y un gran acuerdo por la reconciliación nacional, como fuente de una nueva legitimidad, fueron las claves que propiciaron el amplio consenso social en torno a la vigente Constitución de 1978. Una Carta Magna que cerraba casi dos siglos de Historia para construir un nuevo relato basado en la modernidad, el europeísmo, de Libertades y desarrollo social. Por eso no deja de ser desgarrador que ahora, en pleno siglo XXI, la izquierda española se empeñe en tratar de devolvernos al mito de las dos Españas. Es más que preocupante que ahora el PSOE de Sánchez -heredero de la memoria histérica de la era Zapatero-, y los de Podemos, esos que como dijo Garzón -el killer de IU- son los nietos de quienes “no pudisteis fusilar”, quieran reabrir la división entre los españoles mediante un lenguaje cargado de confrontación y rencor.

Si nos retrotraemos al discurso marxista en torno a la necesidad de una permanente lucha para construir un nuevo relato social, en cierto modo es comprensible que la izquierda se eche en brazos de volver a fracturar a los españoles. No saben salir del marxismo más arcaico. No hay nación europea cuya izquierda política pierda más tiempo en estas piruetas ideológicas. No han evolucionado. O mejor dicho, han retrocedido.

Los que sí que hemos evolucionado somos el resto de los españoles. Si algo nos han demostrado estos años de Democracia, es que España es una nación cada vez más sólida y fuerte, capaz de lograr los mayores éxitos cuando avanza en una misma dirección, de resistir todos los envites y encerronas que la historia coloca en el camino a modo de trampa.

El tiempo nos ha brindado la oportunidad de comprender que con el poder y la fuerza de todos los ciudadanos, somos capaces de superar con éxito los mayores desafíos. Ya no somos el país del duelo a garrotazos, no somos el país de las dos Españas irreconciliables, por mucho que desde la izquierda insistan en agitar fantasmas del pasado. Su sermón es tan caduco que cada vez son menos quienes se lo compran.

TURISMO BORROKA

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“Caminante no hay camino, se hace camino al andar.” Antonio Machado

Uno de los motores del desarrollo económico y de la apertura exterior de España durante la década de los sesenta fue el crecimiento sostenido del turismo extranjero que visitaba nuestro país. Un fenómeno que, más allá del retrato caricaturesco de películas que presentaban al José Luis López Vázquez de turno fascinado por la presencia de las suecas en la playa, lo cierto es que produjo una gran entrada de divisas que supusieron un refuerzo para consolidar nuestra economía, propició un fuerte impulso a la modernización de las infraestructuras y conllevó un aperturismo evidente en la propia sociedad española, que volvía a mirar a Europa con fraternidad y hermandad. Un fenómeno que también sedujo a los propios españoles, que se montaban en el Seat 600 para descubrir unas playas que muchos de ellos desconocían.

Allá por el año 1990, visitaron nuestro país más de 52 millones de turistas extranjeros. En aquellos años hubo un progresivo descenso que sólo se revirtió en el año 1992, cuando España realizó su mayor campaña de turismo mundial gracias a los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla y la Capitalidad Cultural de Madrid. Para este año, las previsiones nos hablan de que nos visitarán más de 83 millones de turistas extranjeros. Somos el país europeo que más interés despierta a nivel turístico. Oiga, los líderes. Y en todo el planeta, el segundo país que más turismo recibe. Y no sólo por el sol y la playa, sino por nuestra cultura, patrimonio monumental, historia y raíces multiculturales.

Pero en el nuevo relato de la postverdad que con fruición presenta la izquierda radical de nuestro país, todo lo que es bueno para España es malo para ellos. Porque la izquierda radical española, la sucursal chavista en Europa, los hijos pródigos de Maduro, estos antisistema de libro, tienen muy claro que para que su relato triunfe, primero tienen que arrasar con todo lo que genera crecimiento, empleo y riqueza, con todo lo que suene a éxito español. O como dirían en su lenguaje, a todo lo que suene éxito del “Estado”, porque ya sabemos que a ellos la palabra “España” no les gusta. Porque “España” es sinónimo del éxito y progreso de una nación durante muchos siglos. Y eso les suena mal.

En medio de las celebraciones de los 25 años de aquel año 1992, en el que todos los españoles -por cierto, trabajando unidos, sin divisiones territoriales ni diferencias políticas- presentaron al mundo lo mejor de nuestro país, la izquierda más radical ha emprendido una nueva cruzada en busca del fracaso de España. Y esta vez la víctima es el turismo, la principal industria de nuestro país, la que tantos años ha costado impulsar, modernizar y convertirla en un motor de creación de empleo. ¿Qué mejor forma de destruir España que atacando a quienes más empleo crean, asaltando autobuses turísticos o haciendo escraches a la puerta de los hoteles en Barcelona o atacando a la hostelería y la hotelería en Palma de Mallorca?

Los autores de tales ataques no podían ser otros que Arrán, el brazo más joven y kale borroka de los muy batasunos de las CUP, estos que quieren borrar cualquier rastro de españolidad de las calles de Barcelona, incluida la estatua de Colón, y poner un economato en la catedral gótica. Los mismos lumbreras que en su profundo odio a España, te sueltan que el condenado por pertenencia a ETA, señor Otegi, era un “preso político”, cuando aún no han tenido el valor de condenar a dictaduras como la de Venezuela que secuestra a líderes opositores como Leopoldo López, sacándole a rastras de noche de su casa, y tiene a más de 500 presos políticos en las cárceles. Y como los grupos antisistema de la izquierda radical tienen vasos comunicantes con el mundo filoetarra, ya han comenzado a sumarse al fenómeno los jóvenes herederos de Batasuna en el País Vasco.

Una intensa campaña contra el turismo que no es casual que se produzca en el año en el que España espera a su mayor número de turistas extranjeros, alcanzando los 83 millones de personas, y en el momento en el que gasto medio que realiza el turista en nuestro país volverá a crecer por encima de los dos dígitos: este año un 13,2%. Y el problema no es que estos niñatos radicales de las CUPtasuna campen a sus anchas, sino que desde gobiernos como el de Cataluña o Baleares haya reacciones tibias y falte la mayor de las contundencias a la hora de condenar estos hechos. Porque oiga, la violencia es violencia. La ejerza quien la ejerza. Y contra quien se ejerza. Pero claro, qué reacción cabe esperar contra las juventudes de las CUP desde un gobierno cuyo presidente quiere saltarse la Ley para romper España y ya ha anunciado que desobedecerá cualquier decisión del Tribunal Constitucional.

Y ya no digamos nada de la ínclita alcaldesa de Barcelona, en cuyo caso no puede realizar una condena firme de ataques como el producido a un autobús turístico o al servicio municipal de bicicletas, cuando ella misma también emprendió una lucha contra el turismo y los hoteles de 5 estrellas, a los que les paralizó cualquier licencia nueva de apertura. A la alcaldesa cabría recordarle que el turismo deja en Barcelona un impacto de más 2.000 millones de euros al año. Cerca de 1.200 negocios y más de 26.000 empleos dependen del turismo que llega a Barcelona.

Sobre algunos de los problemas que inevitablemente ha traído el elevado número de turistas que nos visitan, se puede y se debe hablar. Porque es cierto que los centros urbanos no pueden ser víctima de la gentrificación, ni convertirse en espacios orientados en exceso al turismo; y también es cierto que hay que actuar ante la aparición de apartamentos turísticos no regulados, que generan problemas de convivencia vecinal y son competencia desleal para quienes sí pagan sus impuestos.

Pero a esta pandilla de radicales del turismo borroka de Arrán y las CUP cabría recordarles una cosa: ahora ellos también son casta. Los antisistema están en las instituciones, por muy antitodo que se ufanen de ser. Y es desde las instituciones, llegando a pactos con otras fuerzas políticas, como se pueden establecer medidas consensuadas que supongan una modernización y progreso del sector turístico. Porque el turismo ya representa el 11,2% del PIB de España, y no podemos renunciar a un sector económico en el que somos líderes, y que incluso en los peores años de la crisis económica, ayudó a España a no caer aun más hondo en el precipicio. Pero claro, en el vocabulario de la izquierda radical no aparece el verbo “pactar”. Ellos son más de imponer y de parapetarse detrás de las barricadas. Es mejor agredir lo que no te gusta, que tratar de dialogar. Y así nos irá con estos extremistas. Porque lo peor no es que existan las CUP, sino que hayan llegado incluso a condicionar el nombre del presidente de la Generalitat

 

CATETADA NUI

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“Yoko Ono podría ver en Gran Hermano VIP una fuente inagotable de creatividad.” Nacho Canut

Esta semana hemos vuelto a constatar el fracaso de esa catetada nacionalista que consiste en que en otros países del mundo aparezca un fulano que te dé la razón a todo lo que le dices. Lo de menos es su relevancia institucional o social, cuando de lo que se trata es de que alguien se convierta en un abajo firmante. El Gobierno de Cataluña ha gastado mucho dinero público -el de todos, nacionalistas o no- en eso que ellos han llamado de forma cursi “la internacionalización del procés”, y que ha llevado al loco Carioco de Puigdemont y a su fiel Romeva a pegarse durante un año y medio una gira por algunos países buscando convencer, al primero que pasara por la calle, de las bondades de su proyecto, el de romper España y su máxima Ley: la Constitución.

El resultado ha sido demoledor: ningún país ha apoyado a los secesionistas. Oiga, ni las Islas Feroe o Panamá, que para Jordi Pujol fueron en su día un ejemplo de independentismo, aunque luego descubriéramos que en el fondo la madre superiora y él eran más andorranos de corazón.

Sin duda, tal catarata de apoyos internacionales ha sido un éxito sideral del autodenominado “ministro de Exteriores catalán”, señor Romeva, el mismo que hasta hace unos años lanzaba duros ataques a Convergencia cuando era eurodiputado en Bruselas, donde Puigdemont hizo uno de sus mayores ridículos internacionales, dando una conferencia con público de relleno “de casa” y sin que ninguna autoridad europea fuera a escuchar las sesudas palabras del líder del procés. O en Estados Unidos, donde a costa del bolsillo de los catalanes se reunió con el expresidente Jimmy Carter, aquel productor de cacahuetes que duró una presidencia, y que en una visita a Madrid cenó churros con chocolate, y tras cuya reunión le dijo a Puigdemont que en la cuestión de Cataluña no se iba a involucrar.

Y claro, como no hay mayor catetada nui que el hecho de que alguien del extranjero se convierta en abajo firmante, el loco Carioco y los suyos se han pasado el último año tratando de recoger firmas de ilustres personalidades de la cultura que apoyaran la secesión. Y sólo han encontrado a personajes como Silvio Rodríguez, ese que cuando murió Fidel Castro concertó una entrevista con la televisión cubana, y cuando la periodista, muy educada, le saludó dándole los buenos días, respondió con aquello de “no son buenos los días”, y se largó sin dirigir más la palabra a los periodistas; o la ínclita Yoko Ono, que no contenta con haber contribuido a la ruptura de The Beatles, ahora firma para romper España. Y ese manifiesto, con todos los abajo firmantes extranjeros, se hace público un día después de que aparezca en un periódico un reportaje del escritor Juan Cruz entrevistando a cantantes y escritores catalanes como Serrat, Marsé, Coixet o Mendoza, que se posicionan claramente en contra del referéndum.

Vaya por delante que yo no soy muy partidario de los manifiestos por el simple hecho de que los abajo firmantes sean artistas, o ese término tan pedante de “intelectual”. Porque ciudadanos lo somos todos. Con independencia de la profesión que se tenga. Y por eso a mí me parece igual de respetable la opinión de un albañil que la de un cantante. Pero basándonos en el trasfondo de lo que ha pretendido el nacionalismo catalán, gritando a los cuatro vientos el apoyo de tales artistas extranjeros, uno se pregunta: ¿En qué momento el independentismo se volvió tan demencial que prefiere el apoyo de Yoko Ono y guarda silencio frente a la opinión contraria de Joan Manuel Serrat?

La única respuesta es que desde hace mucho tiempo el independentismo catalán vive en una permanente huida hacia adelante. Sólo así se explican golpes de Estado como la aprobación hace unos días de una medida que permitirá aprobar leyes secesionistas en un sólo día, por la vía de urgencia y en lectura única. Es decir, acortando hasta dejar en la práctica inexistencia el debate parlamentario y vetando la presentación de enmiendas por parte de la oposición. Una cacicada bolivariana sólo comparable a las que protagoniza Maduro en Venezuela, para saltarse el control de cualquier organismo fiscalizador, y que pretende ahora hacer otra Constitución más a su medida aún. Pero claro, cualquier cosa es esperable de un president como Puigdemont que ya ha dicho que si el Tribunal Constitucional le inhabilita, el seguirá gobernando. A ver si así el secesionismo le convierte en un mártir cuando le saquen a rastras de la Plaza de Sant Jaume y consigue que le pongan una estatua al lado de la Virgen de la Moreneta.

La verdad es que nunca los radicales independentistas podían haber aspirado a tanta locura, ni hacer que el Gobierno de Cataluña cayera tan bajo. Pero a la espera de que los ciudadanos catalanes les pongan en su sitio en unas urnas de verdad, y no de cartón, lo que queda es recordarles aquella cita de Goethe que decía que a veces las personas son tan limitadas de mente, que creen siempre tener la razón. Y Puigdemont y los suyos son de esta clase de personas.