PUIGDEMONT VIRTUAL

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Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.” Abraham Lincoln

Decía Abraham Lincoln que se puede engañar a todo el mundo algún tiempo; se puede engañar a algunos todo el tiempo; pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Una reflexión más que acertada que se puede aplicar, desgraciadamente de forma bastante común, a algunos personajes con los que nos toca compartir momentos y experiencias a lo largo de nuestra vida. En los últimos tiempos he de reconocer que las palabras del presidente Lincoln me sobrevienen como un mantra que se asoma una y otra vez a mi consciencia cuando observo las dementes andanzas del fugado Puigdemont.

El golpista refugiado en Waterloo, ha cumplido un año como prófugo de la Justicia española. Doce meses en los que ni un solo día ha cejado en su empeño de romper España, de mofarse de los españoles (lo que manque le pese, también incluye a los catalanes), y de conformar su ansiada, utópica e insostenible República Catalana. Un delirio que algunos magnifican como “gobierno en la sombra”, y que en lo único en lo que puedo estar de acuerdo, es que se halla carente de todas luces.

Y para celebrar su primer aniversario como “presidente” del lado oscuro o del reverso tenebroso, como ustedes prefieran, el prófugo Puigdemont decidió montar una fiesta a lo grande en el emblemático salón Sant Jordi del Palacio de la Generalidad. Un acto solemne cargado de liturgia en el que se cuidó con mimo cada gesto, cada detalle de la escenografía para recibir ante un numeroso grupo de invitados, al ex presidente Pugdemont, que por primar vez, tras un año, daba un mitin ante la concurrencia, eso sí, de forma virtual, a través de una pantalla gigante habilitada al efecto para que cupiera la grandeza de tan “ilustre” personaje.

Y allí, entre aplausos y quijadas abiertas, Puigdemont se presentó como presidente del Consejo por la República, el ente que ha puesto en marcha el golpismo para seguir alimentando el Proceso independentista, de forma que pueda tener cierta cobertura, cobijado bajo una aparente institucionalidad.   Este Consejo, aseguran nace en el ámbito privado, amparado por la jurisdicción de Bélgica y al margen del Govern. Un margen por cierto,  sobre el que deberían practicar algo más de disimulo, ya que el mismísimo presidente de la Generalidad, Quim Torra, fue uno de los máximos protagonistas del aquelarre independentista, protagonizando uno de sus discursos más encendidos y en el que además de escupir palabras enalteciendo su pretendida república, espetó entre otras lindezas que “no hemos venido a gestionar la autonomía ni los restos del estado autonómico”. Claro que no, señor Torra, ustedes no han venido a gestionar nada, salvo a vivir del cuento, tal como está haciendo su colega Puigdemont, perpetrando una permanentemente mentira al pueblo catalán.  Y con esos ciudadanos a los que vilmente engañan, mediante el adoctrinamiento y la manipulación, son con los que pretende crear un registro de fieles a su causa, o tal como el propio Puigdemont lo definió: “un registro de ciudadanos que quieran participar en la construcción de la República a través de su compromiso activo”.

Mentiras y más mentiras. Puigdemont, Torra, Comín, Junqueras, Gabriel… una caterva de trileros que nunca cumplieron la primera premisa de la teoría de Lincoln porque nunca nos engañaron a todos ni por poco ni por mucho tiempo; aunque lamentablemente aún continúan engañando a algunos. Es nuestra responsabilidad que no sea por mucho más tiempo. Para acabar con las sombras, nada más eficaz que la luz de la verdad.

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EL REY DE LOS HUNOS

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“Esta España produce los durísimos soldados, ésta los expertísimos capitanes, ésta los fecundísimos oradores, ésta los clarísimos vates, ésta es madre de jueces y príncipes, ésta dió para el Imperio a Trajano, a Adriano, a Teodosio”. Pacato, retórico galo romano

Dijo el temido Atila, rey de los Hunos: “Yo soy el martillo del mundo… donde mi caballo pisa no crece hierba”. Y cabalgando por toda Europa, allá por el 400 d.C., espada o antorcha en mano, iba arrasando toda tierra que conquistaba. Desde el punto de vista de la sensatez y el raciocinio humano, parece algo totalmente contradictorio que una persona desee conquistar algo para posteriormente destruirlo. Sin embargo, a pesar de que los tiempos cambian y la evolución de la Humanidad avanza, seguimos encontrándonos de frente son seres destructores, crueles y sin alma, que buscan a toda costa la venganza y la destrucción. En España, estamos reviviendo estos días, el germen del caos, el desmembramiento y la destrucción que Pedro Sánchez y su Gobierno de concesiones, están asestado a nuestra querida patria.

Instalado el Gobierno tras una torticera maniobra y sustentando por un pírrico número de escaños, Sánchez ha comenzado a dar respuesta a esa ronda de concesiones que debe pagar inexorablemente a los grupos políticos que le han entregado la presidencia nacional. Lo más lamentable es que esta ronda no la paga el señor Sánchez, ni siquiera el partido socialista, sino que la pagaremos todos los españoles a corto, medio y largo plazo. Porque Sánchez, para desgracia de todos, es de la misma escuela que Atila: tras la conquista, solo busca la destrucción.

Es muy triste contar con un presidente de España que no crea en España. Que no ame ni apueste por la nación que dirige, sino todo lo contrario, que busque la ruptura de su unidad para alcanzar ese modelo de “nación de naciones” que persigue de una forma febril e irresponsable. Un concepto de estado que, por otro lado, no le incomodará en absoluto cuando tenga que comenzar a materializar las concesiones que debe a los independentistas sediciosos que le han encaramado al sillón azul del Congreso.

Por otro lado, empezamos a ser testigos, del ejercicio que como vicepresidente en la sombra, ya ha empezado a ejercer otro de sus socios, Pablo Iglesias. Y para que el líder podemita esté contento y logre uno de los objetivos que ya le había pedido en 2016, cuando coquetearon para juntos formar un gobierno de izquierdas alternativo al Partido Popular que, finalmente, no pudieron materializar, Sánchez le ha entregado la dirección de Radio Televisión Española. Andrés Gil, hombre de Pablo Iglesias, es el nuevo fichaje del Gobierno para dirigir RTVE. Y tras haber llegado a este acuerdo entre Pedro y Pablo, todavía la ministra socialista Celaá se ha atrevido a afirmar que no le constaba que se estuviese “priorizando a Podemos” en el proceso de negociación para elegir presidente y Consejo de Administración. Ver para creer.

El señor Sánchez afirmó que celebraría unas elecciones generales nada más llegar al Gobierno para que los españoles pudiésemos tener la oportunidad de elegir de forma democrática en las urnas, a nuestro próximo gobierno, tras la moción de censura al presidente Rajoy. Sin embargo mintió. Y tal como algunos nos temíamos, una vez sentado en el sillón presidencial de sus anhelos y sus desvelos, ha decidido agotar el plazo para ejercer la presidencia por dos años.

Y naturalmente, también como cabía esperar, ha iniciado un gobierno de gestos, de concesiones y de poses forzadas de cara a la galería. Y no me refiero a los poses corriendo por La Moncloa o jugando con su perrita al más puro estilo Obama, o a la imagen de su reunión en el avión presidencial revisando documentos parapetado tras unas oscuras gafas de sol (ideales para leer documentos), imitando a Kennedy. Me refiero a algo mucho más serio y trascendente que hará mucho daño a España. Son esos “gestos” que siguen impulsando el despertar de sentimientos de división y resentimiento entre españoles a costa de la Memoria Histórica, o aquellos que van en contra del derecho más fundamental y sagrado, el derecho la vida, tras la aprobación en el Congreso de la proposición de ley para la aplicación de la eutanasia.

Y, sin duda, aquellos otros gestos que humillan a las víctimas del terrorismo, como el acercamiento de presos etarras a las cárceles del País Vasco, entre otras prebendas que tendremos que pagar a los proetarras de Bildu, que también han contribuido a llevar a Sánchez a la presidencia. Un panorama más que desolador.

Pedro Sánchez lleva apenas un mes en la Moncloa pero, sin duda, está haciendo todos los méritos posibles e imposibles para destruir España. Y es que cuando se prende la llama del revanchismo, el recelo y el gobernar en “contra” en lugar de “a favor”, es imposible conocer el alcance futuro de las acciones destructoras que se llevan a cabo. Lo que desgraciadamente para los españoles está más que claro, es que allí por donde pise Sánchez, será harto difícil que vuelva a crecer la hierba.

EXORCISMOS, AQUÍ

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Yo no estoy dispuesto a gobernar a cualquier precio, no voy a ser presidente del Gobierno a cualquier precio.” Pedro Sánchez (año 2015)

 

Define el Diccionario de la Real Academia Española el término exorcismo como un conjuro contra el demonio. Breve y claro, tal vez demasiado. Sin embargo, otros diccionarios amplían algo más la definición, indicando que es el conjunto de fórmulas y de ritos que se practican para expulsar un espíritu maligno, especialmente el demonio, del cuerpo de una persona, de un lugar, etc. Esta segunda definición ya me satisface algo más, porque amplía el abanico de opciones a entes malignos, en general, y en su afección, no se ciñe exclusivamente a personas, sino también a lugares. Y, sin querer comparar a Pedro Sánchez con ningún ente maligno, sí que estoy firmemente convencido de que representa un importante mal para España, y de que causará a nuestra querida patria un daño terrible cuya reparación posterior puede complicarse de sobremanera.

Pedro Sánchez ha arrancado su pírrico gobierno haciendo mucho ruido mediático para tratar de disimular tanto su falta de ideas,  como la demolición que está realizando de aquello que propugnaba previamente a la moción de censura y, naturalmente, para distraer sobre  los pactos secretos y concesiones con los que deberemos claudicar todos los españoles como pago a determinados partidos indeseables que le han propiciado el sillón azul en el Congreso.

La escasísima representación de sus 84 diputados (de 350), no le va a permitir llevar las riendas de un Gobierno proactivo y eficaz que promueva leyes e iniciativas capaces de mejorar la vida de los españoles. Muy al contrario, el señor Sánchez parece haber iniciado su mandado, haciendo oposición a la oposición, y echando la culpa al Partido Popular de sandeces tales como haber provocado la alteración de la convivencia de España. Y esto lo afirma el presidente de los socialistas, que para alcanzar el gobierno de nuestro país, ha tenido que pactar con los golpistas de Cataluña y los proetarras vascos.

Sánchez ha mentido. No ha tardado en aniquilar su discurso previo a la moción de censura, anunciando que no convocará elecciones. Esas elecciones que se comprometió a celebrar de una forma inmediata para que los españoles pudiéramos elegir a nuestros gobernantes de forma democrática. Sin embargo, todo era una farsa, y este nuevo presidente que nunca ganó unas elecciones y que por dos veces fue vapuleado en las urnas, ha decidido agotar la legislatura hasta 2020, atrincherándose al frente del Gobierno.

Sánchez miente una y otra vez. Lo que sí tiene claro, es su intención de retomar el Estatuto catalán ideado por su predecesor socialista, Zapatero y por el señor Más, que en su parte esencial fue declarado inconstitucional por el Tribunal Constitucional. Este mismo miércoles, la ministra Batet señalaba que la intención del Gobierno es recuperar los artículos que en su día tumbó el TC, a través de leyes orgánicas, para alcanzar ese modelo de estado que defienden a toda costa y que es una atrocidad denominada “nación de naciones”.

Y frente al vacío de ideas positivas, constructivas y eficaces, tal como tristemente cabía esperar, mucho ruido mediático para atolondrar y distraer a la opinión pública de cuestiones realmente relevantes para España.

Por ello, se han permitido hacer demagogia y populismo a costa de la desgracia y el drama humano que supone la inmigración, de una forma irresponsable y fea, a propósito de la coyuntura provocada por Aquarius y los últimos refugiados llegados a nuestras costas.

Y, naturalmente, han vuelto a aferrarse a la ley de la Memoria Histórica, para remover los sentimientos encontrados de los españoles, que ya en su día se ocupó de revivir el insigne presidente Zapatero. Tiene el señor Sánchez la desvergüenza de afirmar públicamente que su obligación es eliminar todos aquellos símbolos que significan la división entre españoles, a propósito de la polémica que ha suscitado entorno al Valle de los Caídos. Pues yo, desde esta humilde tribuna, invito al señor Sánchez a emplear ese mismo ímpetu en la eliminación, por ejemplo, de los lazos amarillos que inundan Cataluña, las cruces amarillas que se atestan en sus playas o las banderas inconstitucionales que se asoman a las balconadas de los edificios públicos.

Vuelve a mentir el señor Sánchez, porque su deseo no es unir España, sino aplicar una sesgada memoria histórica de forma torticera que ahonde en la separación de los españoles. Pedro Sánchez no quiere eliminar todos aquellos símbolos que implican división entre los españoles porque lo que desea es desmembrar España para conformar su anhelada nación de naciones. España no merece tantos agravios y despropósitos. España no merece tanta maldad.

VUELTA A LA TELE

“Quien ignora la verdad es un iluso pero quien conociéndola la llama mentira es un delincuente.”
Bertold Brech

Decía el gran Baltasar Gracián en su genial obra “Oráculo manual y arte de prudencia” aquello de que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Una reflexión con la que comulgo con frecuencia, pero que no comparto en otras tantas, ya que en la vida existen momentos, situaciones y personas, que uno desearía que no tuviesen fin. Por ello, yo soy más de aquella otra expresión de nuestro sabio refranero que reza: “lo que mal empieza, mal acaba.”

Pues así es… Una vez más, la historia vuelve a demostrar cuánta sapiencia encierra nuestro refranero popular, y el Gobierno de Pedro Sánchez ha empezado mal y acabará peor; lo más triste serán las terribles secuelas que su desgobierno hará recaer a corto, medio y largo plazo sobre nuestro país. Sinceramente, mis mayores preocupaciones se centran en la inestabilidad económica y, en consecuencia, la destrucción de empleo; en el populismo social irresponsable y desmedido con el que trate de asegurase una masa de voto fácil que le perpetúe en el Gobierno; y en las concesiones que tenga que realizar a los grupos nacionalistas y proetarras que le han convertido en presidente de nuestra querida España.

Para el PSOE de Sánchez, una de las grandes bestias negras heredadas del Partido Popular contra la que desean enfrentarse a toda costa, es la reforma laboral. Una reforma a la que han demonizado por activa y por pasiva y que, sin embargo, ha sido la palanca que ha propiciado la creación de empleo en una España que el desgobierno de Zapatero dejó con 4,42 millones de parados y que, por el contrario, la reforma laboral del Partido Popular logró rebajar a 3,25 millones. Sin embargo, el Gobierno de Sánchez no podrá derogarla con su poco peso parlamentario. Así lo ha reconocido ya abiertamente, la nueva ministra de Trabajo, que ha admitido que solo podrán “retocar” algunos de sus aspectos.

Naturalmente, Pedro Sánchez también tendrá que pagar el peaje que le pidan, aquellos que le encumbraron al poder, sin haber ganado limpiamente unas elecciones. Los proetarras de Bildu han sido los primeros, que sepamos, en reclamar las dádivas socialistas, instando hace unos días al Parlamento Vasco a que reclame a Sánchez el fin de la dispersión carcelaria de los asesinos etarras, o lo que es lo mismo, que facilite su reagrupación y acercamiento a las prisiones vascas. Cuestión que, en caso de producirse, resultaría totalmente nefasta, ya que precisamente la dispersión de los presos etarras ha sido uno de los instrumentos más exitosos para combatir a la banda. Es tristemente significativo que los socialistas vascos hayan apoyado esta medida.

Pero volviendo a todo aquello que empieza mal, y al ejecutivo nombrado por Sánchez, cabe destacar que su mayor parte, no han llegado al cargo por su trayectoria política ni por su experiencia en la gestión de su área de competencia, sino por dar un perfil mediático y quizás algo amable, primando pues la cuestión de la forma sobre el fondo. Algo seriamente arriesgado para una España que el Partido Popular ha dejado perfectamente asentada en la senda de la recuperación y que, precisamente, lo que menos necesita es un Gobierno superficial, improvisado y víctima de la imagen.

Y en esa línea de superficialidad y guiño a la esfera mediática, el ministro más breve de toda la historia de la democracia, se fue casi tal como había llegado. Siete días le ha durado a Màxim Huerta la cartera de Cultura y Deporte. Insisto una vez más… lo que mal empieza…. Y el señor Huerta, empezó mal. No fue buena idea ocultar a su jefe, presuntamente, el asunto de su codena por haber defraudado a Hacienda 218.322 euros entre 2006 y 2008, por lo que fue condenado a pagar un total de 365.938 euros. Y no está bien porque el propio Sánchez anunció en un vídeo televisivo en 2015 que largaría al minuto uno a todo aquel que crease sociedades instrumentales para intentar pagar menos impuestos. Justamente lo que había hecho el ministro Màxim, en su pasado reciente. Hay que reconocer que esta condena al señor Huerta es una cuestión pretérita y que él pagó la multa que la Agencia Tributaria le impuso, pero amigos… quien a hierro mata…

En su tosca e iracunda despedida en una comparecencia pública, en la que espetó una colección de insultos impropios de su cargo y de su situación, Màxim Huerta afirmó que había sido víctima de una “jauría”. ¡Qué paradojas tiene la vida! La misma jauría que la izquierda y Ciudadanos han alimentado desde la oposición al gobierno del Partido Popular, creando un clima de recelo constante y una atmósfera de cacería de brujas permanente, con tal de echar al adversario, a cualquier precio.

En este gobierno arrebatado a los votantes, veremos cuántos casos más hay de deslealtad hacia el presiente Pedro Sánchez y cuántos más de esos desleales serán fulminados. Pero, sin duda, lo más triste es que seremos testigos de la deslealtad de todos ellos hacia España. Porque mal tiene que acabar, lo que mal ha empezado.

EL PRESIDENTE TRANQUILO

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“¿Ve usted ese camino de ahí?, pues olvídese de él, no le sirve para nada.”
EL HOMBRE TRANQUILO (John Ford)

 

El gran John Ford supo retratar, como pocos, la esencia de la tranquilidad en una de sus películas más reconocidas y hermosas, tanto por las formas como por el fondo. “El hombre tranquilo” ha cautivado a varias generaciones que han sabido apreciar la sencillez de una película que, siendo realmente profunda, parece sin embargo fluir con una naturalidad brillante, casi como si no se ajustara a ningún guion. El personaje de Sean Thornton interpretado magistralmente por John Wayne, irradia la tranquilidad de un hombre pacífico, nostálgico y ciertamente obstinado que, precisamente por su carácter, es tomado por los ajenos como alguien a quien le falta valentía o arrojo, pero que sin embargo, a lo largo de toda su particular historia, irá demostrando cómo su tesón le permitirá enfrentarse tanto a unas costumbres que le son extrañas, como a sus propios temores.

Y es que el tiempo, lejos de ser sabio, termina poniendo a cada cual en su sitio porque avanza inexorable, aunque existan mil y una diferentes percepciones de su ritmo. Lo que para algunos es inacción, para otros es prudencia; lo que para unos es falta de arrojo, para otros es responsabilidad; lo que para algunos es puramente economía, para otros es el garante de la estabilidad y de la prestación de servicios de calidad a los ciudadanos, la certeza del disfrute de las pensiones, o la creación de empleo, entre otras vitales cuestiones.

Mariano Rajoy se ha marchado. Algunos no han sabido comprender el ritmo de sus tiempos y de sus decisiones, pero los hechos son los que son, y cómo él mismo señaló en su despedida en el Congreso, deja una España mucho mejor de que la que encontró.

Para cualquier político lo fácil es dejarse llevar por recetas populistas, esas que te garantizan la simpatía de unos ciudadanos que satisfechos a corto plazo, te concederán su voto. Pero las promesas irrealizables, más tarde, a medio y largo plazo, provocan el desengaño de los electores al ver incumplidas sus expectativas, o acaban arruinando un país, hipotecado con regalías “express” que van minando la economía, hasta dejar el país en la absoluta quiebra tal como dejó España el gobierno del PSOE ya en dos ocasiones.

No es nada fácil para un político que tiene en sus manos la responsabilidad del gobierno de España, haber aguantado durante siete años las constantes arremetidas de quienes han ido denostando cada una de sus acciones. El desgaste como gestor y como persona es tremendo, casi incuantificable. Sin embargo, Mariano Rajoy supo hacer lo más difícil, aguantar estoicamente los envistes mientras toreaba con aparente serenidad una España quebrada económicamente, rota anímicamente y desesperanzada, con una tasa de desempleo que había subido en 2,9 millones de parados durante el desgobierno de Zapatero. Una España que ha vivido un cambio de Rey y, una España sumida en el mayor momento de tensión secesionista a manos de los golpistas que desde Cataluña pretenden desmembrarla.

Ante este desolador escenario que encontró Rajoy al llegar a la Moncloa, creo que los españoles hemos sido afortunados de contar estos años tan complejos con un presidente con su capacidad de trabajo y de sacrificio, con su inteligencia y con su carácter moderado, y prudente que ha sabido encajar los golpes a costa de su propia imagen. En los momentos más críticos ha sabido tener templanza y flexibilidad, y ha ofrecido diálogo permanente,  evitando actuar “en caliente” como otros muchos demandaban. Sin duda, para esos otros muchos, plácidamente sentados en la bancada de la oposición, jalear, soliviantar, exigir y hostigar, sin tener la responsabilidad del Gobierno, ha sido un ejercicio fácil y cómodo; pero sin duda irresponsable, desleal y deshonesto con España.

Los últimos datos de paro en España correspondientes al mes de mayo sitúan la tasa de desempleados en 3,25 millones de personas, cuando la herencia recibida de Zapatero alcanzaba los 4,42 millones de parados. Y todavía hay quienes tratan de manipular la opinión pública achacando al gobierno de Partido Popular, escasez de políticas sociales. Una cuestión absolutamente falsa, que la izquierda trata de vender permanentemente a la ciudadanía, derrochando su acostumbrada sobredosis de suficiencia moral. Sin duda, la mejor política social es que los españoles tengan trabajo, que las familias puedan llegar a fin de mes, y que se active el consumo, el ahorro y la economía. Que exista estabilidad económica para que los inversores tengan confianza y que los emprendedores puedan crear empresas y con ellas, empleo y riqueza. Qué pronto olvidamos los sobresaltos con los que cada mañana desayunábamos respecto a las cifras de la prima de riesgo, o cómo numerosísimas familias tenían a todos sus miembros en paro, teniendo que subsistir con la ayuda económica de las pensiones de los abuelos.

Rajoy ha sido un presidente sencillo, sin corte a su alrededor. Un trabajador infatigable. Un magnífico parlamentario. Un jefe de Gobierno que ha preferido que le golpearan a él, antes que golpearan España. Un hombre tranquilo que, sin embargo, de forma humilde y sin exabruptos, se ha dejado el alma por España.

CRUCES AMARILLAS

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La pasión puede ser destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo. La peor de todas, la que ha causado más estragos en la historia es la pasión nacionalista.” Mario Vargas Llosa

“Toda guerra es un engaño”, ya lo decía el gran maestro Sun Tzu en El Arte de la Guerra. Un visionario, que supo acertar allá por el año 500 a. C.,  muchas de las claves estratégicas más inteligentes y valoradas por sus contemporáneos maestros en batallas, guerras y victorias políticas. Afirmaba también el filósofo y militar chino, que aunque no hay que atacar con cólera, ni con prisas, lo realmente importante es la victoria, no la persistencia.

Hoy los españoles nos vemos obligados a participar en una batalla no armada pero sí dialéctica, propagandística y judicial, que además de abusar de la persistencia, es un engaño flagrante a los ciudadanos, en toda regla. Los separatistas catalanes han embarcado a Cataluña en una lucha permanente contra España, contra nuestro orden constitucional y nuestras instituciones.

Un monumental engaño que han tejido durante décadas adoctrinando, falseando la realidad y la historia y, lo más triste, sembrando la semilla del odio y el rencor contra todo aquello que lleve implícita la esencia de España.

Complicado panorama tiene Cataluña. Mientras el presidente Quim Torra pretende formar un Gobierno que ocupe los sillones del Parlamento tapizados con enormes lazos amarillos, los huidos Puigdemont, Gabriel y sus secuaces, siguen anudando lazos con su alargada sombra. Falsos lazos trenzados con la soberbia, la cobardía y la mentira del disparate secesionista, y que transformados en sogas, siguen tensando día tras días, tratando de asfixiar a España.

Pero la batalla más triste, no es la que se libra en los juzgados o en los escaños del Parlamento catalán, es la que se vive cada día, de forma anónima en las calles, en las plazas y en las playas de pequeños pueblos o de barrios metropolitanos de Cataluña. Son la tensión, los insultos y los enfrentamientos entre los ciudadanos de a pie, convertidos en víctimas de la fractura social provocada por los gobernantes del procès.

El pasado domingo, la playa de Llanfranc lucía decenas de cruces amarillas clavadas en la arena. Un espacio público que los separatistas habían utilizado libremente, a su antojo, para manifestar de esta forma tan gráfica, su protesta sobre el encarcelamiento de los mal llamados “presos políticos” en España. Algunos las observaban con el entusiasmo propio de la exaltación independentista y, otros muchos, miraban de perfil y seguían tomando el sol como si nada pasara, quizás por indiferencia, por hastío cotidiano o, tal vez, por miedo a las represalias. Pero, en un instante, algo cambió. Un niño pequeño, atónito ante el espectáculo de las cruces que emulaban un camposanto, preguntó inocentemente quiénes habían muerto… Fue en ese momento cuando una vecina anónima, absolutamente indignada ante tal situación y ante el avasallamiento de un espacio público de ocio y descanso para el disfrute de todos, comenzó a arrancar las cruces amarillas de la arena, gritando “Ya está bien de agachar la cabeza, que pongan las cruces en su casa”.

Maribel Llorens se ha convertido, sin pretenderlo, en la cara visible de tantos miles de ciudadanos catalanes que están cansados del esperpéntico independentismo. “En España no hay presos políticos, hay políticos presos” clamaba, mientras continuaba arrancando cruces y se enfrentaba a las brigadillas separatistas que las habían colocado.

Tras este incidente y otros más registrados en diversas playas de Cataluña, el Delegado del Gobierno, Enric Millo, ha remitido una carta a los alcaldes de los pueblos costeros donde se han plantado cruces, para exigir neutralidad. Las repuestas que ha obtenido a su misiva es ciertamente vergonzosa, un suma y sigue a este panorama desolador. Entre ellas, la de Gerardo Pisarello, primer teniente de alcalde de Barcelona, quien ha defendido “hacer compatible la libertad de expresión y la convivencia pacífica de la ciudad.” Y, yo le pregunto al señor Pisarello, si a él, le parece pacífica convivencia que vecinos como Maribel Llorens, tengan que llegar prácticamente a las manos, para reclamar un espacio de paz y tranquilidad en la playa, en la calle… donde sea.

Desfachatez, desvergüenza y mentira. Puro engaño, como decía el gran Sun Tzu. La sociedad catalana está fracturada. La mayor batalla de los demócratas constitucionalistas que defendemos sin fisuras la unidad de España, no es la que se libra necesariamente en los tribunales ni en el Parlamento, es la que debemos librar cada día en las calles, protegiendo a miles de ciudadanos frente al hostigamiento secesionista y estableciendo todos los mecanismos legales necesarios para contrarrestar desde la raíz el adoctrinamiento y el engaño.

EL CASOPLÓN

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“El hombre sólo es rico en hipocresía. En sus diez mil disfraces para engañar confía; y con la doble llave que guarda su mansión para la ajena hace ganzúa de ladrón.”  Antonio Machado

Disculpen la expresión pero no hay nada peor que escupir hacia el cielo, porque más pronto que tarde aquello que se espeta, acaba cayendo en la frente. Este tipo de ejercicio suele ser crónico en los demagogos de izquierdas, acostumbrados a emitir sentencias sobre cualquier asunto con una suficiencia moral y un rencor tan enfervorecido que parece trastocar su capacidad de raciocinio, la cual pongo en duda noventa y nueve de cada cien veces.

Pues, como no podía ser de otra forma, el rancio líder de la izquierda radical que en nuestro país representa Podemos, el gran jefe coleta morada, Pablo Iglesias, es campeón en demagogia, en hipocresía, en incoherencia y, naturalmente, en escupir hacia arriba. Y le ha caído de bruces, en plena frente, el chalet a todo lujo que se ha comprado con su pareja y compañera de filas, Irene Montero, en la sierra madrileña. Nada menos que un casoplón valorado en más de 600.000 euros, con casa para invitados, piscina y parcela de 2.300 metros cuadrados.

¿Qué va a decir ahora Pablo Iglesias en sus mítines cuando levante el puño cerrado contra la casta, contra el capitalismo y el liberalismo? ¿Podrá mirar a la cara de ese rebaño de votantes a los que constantemente manipula con palabras vacías que contradicen el ejemplo que predica con los hechos?

Pablo Iglesias debería dimitir. No por comprarse una casa, ni tan siquiera porque la vivienda sea de lujo, sino porque siempre ha predicado de forma enfervorecida y casi levitando por el éxtasis de escucharse a sí mismo, que un político nunca debía vivir en un chalet, ya que ello suponía “vivir aislado” de las clases medias y bajas, lo que resulta incompatible a la hora de comprender sus problemas y defender sus intereses. Por eso, Pablo Iglesias, siendo coherente con su propia exigencia, debe abandonar la política.

Pablo Iglesias debería dimitir. Porque en 2012 criticó muy duramente al ministro Luis de Guindos por haberse comprado un ático valorado en 600.000 euros, casualmente, cifra equivalente a la que le ha costado su casoplón.  En aquel entonces orquestó una campaña contra De Guindos, preguntando con inquina en sus redes sociales si los ciudadanos españoles entregarían la política económica del país a quien se gasta 600.000 euros en un ático de lujo. Y yo me pregunto ahora, siguiendo el rasero del propio Iglesias, por qué los españoles iban a querer entregar la política entera de un país a quién se gasta semejante cifra en una vivienda de lujo.

Pablo Iglesias debería dimitir por vergüenza torera, y es que algunos miembros de su partido, se han quedado tan estupefactos al conocer la noticia que dudaban de su veracidad. Pues sí, señores podemitas, señores indignados, señores contra la casta, contra la libertad (salvo la suya propia), contra el esfuerzo y la meritocracia, contra la propiedad privada… qué más tiene que hacer Pablo Iglesias para demostrarles que por un lado cierra el puño y por otro pone la mano. En los próximos días deberá quedar reflejada en el portal de transparencia de su partido, la cuestión de la financiación de la vivienda. A ver con qué nos sorprende el líder anarcocomunista y, si los suyos, vuelven a tragar con su jarabe de palo democrático.

Pablo Iglesias debería darse de baja de su partido, ya que sus acciones chocan frontalmente con la defensa que Podemos hace de la igualación social a la baja y en contra del esfuerzo personal para prosperar y poder adquirir bienes en un mercado libre. También el hecho de querer criar a sus hijos gemelos que vienen de camino, en un entorno privilegiado en tranquilidad, situado en plena naturaleza, se opone a los preceptos podemitas que abanderaba Anna Gabriel, sobre la crianza en tribu. Demasiadas contradicciones, Pablo. Demasiada incoherencia. Demasiado escupir al cielo.