UN GRITO DE ESPERANZA

“No debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz.”

Madre Teresa de Calcuta

 

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Los niños tienen una capacidad asombrosa para soñar e imaginar, por eso, en nuestra infancia dedicamos momentos recurrentes a fantasear sobre cuál será nuestra profesión cuando seamos “mayores”, cómo sería la casa de nuestros sueños, o la ciudad o pueblo perfectos para vivir… Cuando era niño, a veces, cerraba los ojos y trataba de imaginar cómo sería un “mundo ideal” y, entre valores como justo, libre, solidario y feliz, hallaba un nexo común, imprescindible, para que el resto de circunstancias pudieran desarrollarse: la paz. En aquel momento, entendía la paz como la no violencia y, hoy, tres décadas después, esa sencilla fórmula (que el ser humano se empeña en convertir, inexplicablemente, en complicada), sigue siendo para mí, el requisito indispensable para alcanzar una sociedad justa, libre y feliz.

Tres décadas más tarde y más de dos milenios de Historia no han sido tiempo suficiente para hacer madurar en el hombre, la concepción de la barbarie humana que supone la violencia.  Cualquier forma de violencia me sacude, pero aquella que se practica sobre seres indefensos y aprovechando la “cercanía” que propicia el entorno familiar o sentimental, me estremece de sobremanera. Por ello, la violencia contra las mujeres, junto a las graves secuelas que en la mayoría de los casos ocasiona sobre los menores, sobrecoge mi alma de forma excepcional. En lo que va de año, 48 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas, en nuestro país,  y 42 niños han quedado huérfanos.

La violencia contra las mujeres es una violación contra los derechos humanos reconocida por la ONU en Viena, en 1993, y vulnera el principio de igualdad reconocido en el artículo 14 de la Constitución Española.

Lo reconoce de forma tácita de la Ley, pero, ni aún así, hemos logrado erradicarla. Debemos proteger a las personas vulnerables y castigar con todo el peso de la Ley a quienes maltratan, pero existe una fase previa, una fase imprescindible de prevención que ha de sembrarse a través de la Educación. Solo educando a los niños en estos valores esenciales, de forma transversal, durante todas las etapas de su formación académica, podremos terminar con la violencia. Pero, sin duda, es obligatorio que nos lo tomemos realmente en serio.

En esta línea de prevención, también son imprescindibles las campañas de información que alienten a las mujeres en la esperanza de saber que no están solas y que en cualquier ámbito territorial (municipal, autonómico o nacional) existen mecanismos que las defienden y protegen. Solo han de dar el paso, con el convencimiento de que el esfuerzo que realizan con valentía, no va a ser en vano. Darles esa confianza, está en nuestras manos.

Hoy, más que nunca, debemos tender una mano fuerte y sólida, a la que las mujeres que están sufriendo violencia, sepan que pueden aferrarse para salir adelante. Vivimos en una sociedad libre y moderna, y no es justo que aún haya mujeres que cada día viven, o lo que es todavía más dramático, conviven con el miedo.

Terminar con la violencia contra las mujeres es un deber de todos. Debemos seguir impulsando, con valentía, políticas y acciones que lleven a su completa erradicación. Levantemos la voz contra el miedo que silenciosamente habita en demasiados hogares y que golpea cruelmente contra la vida de mujeres y el futuro de sus hijos. Frente a la violencia: educación, prevención, información y contundencia legal. Frente al silencio y al miedo: un grito de esperanza.

 

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