LA HABITACIÓN DEL PÁNICO

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“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.” Miguel de Cervantes

Atmósfera inquietante y personajes al límite de lo humano eran la base de la película “La habitación del pánico”, en la que la actriz Jodie Foster y su hija se encerraban en una habitación con muros de hormigón, teléfono independiente, videocámaras y puerta blindada para sobrevivir a la entrada de 3 intrusos en su vivienda de Manhattan. “Se suponía que iba a ser la habitación más segura de la casa”, dice la protagonista acorralada en su interior.

Al igual que el personaje de Jodie Foster, Juan Andrés también tenía una habitación del antipánico en su casa, situada en el barrio del Hatillo, en Caracas. Una zona acomodada que muchas noches era asaltada, aprovechando que el alumbrado público se cortaba “misteriosamente” en barrios donde viven los “pudientes”. En una ocasión, en su exilio en Madrid, lejos de su querida Venezuela, me contó que por la noche, al igual que otros vecinos del barrio, debía encerrarse en la habitación del antipánico. Por la mañana, salía con miedo por si aún había algún intruso desvalijándole y armado. El récord personal lo alcanzó cuando los atracadores llegaron a entrar en su hogar dos noches seguidas. Sólo regresó a Venezuela en un par de ocasiones después para visitar a la poca familia que le quedaba allí y que aún se resistía a exiliarse en Miami o en España. “Venezuela está desolada, es un gran campo de concentración. Un disparate permanente. La policía secreta cubana te investiga entero en el aeropuerto, si entras al centro de Caracas te juegas la vida”, comentó al regreso de uno de ellos.

En la película de Jodie Foster se planteaban los motivos que han llevado a la sociedad a que sus ciudadanos deban vivir encerrados en una habitación del pánico. La metáfora es la propia casa convertida en cárcel. Lo mismo que ha sucedido con Venezuela, convertida en prisión para quienes no lograron escapar del “paraíso chavista”. Un país cuyo salario mínimo es de 27 euros al mes, desnutrido por la falta de abastecimiento de productos básicos, con una hiperinflación que lleva a que comprar un litro de leche -si es que se encuentra en el mostrador de un supermercado- sea cuestión de lujo, y al drama humano de cientos de venezolanos intentando cruzar la frontera con Colombia para poder comprar productos básicos de higiene o una simple pasta de dientes. El sistema productivo está arrasado, las pocas fábricas que quedan han sido en su mayoría nacionalizadas y todo se confió al petróleo. Los legisladores no legislan, los jueces están sometidos al poder político y quien manda son los militares a la voz de Maduro.

En estos días se cumplen 3 años desde que el ex alcalde de Chacao y opositor al régimen, Leopoldo López, fuera encarcelado. Y el régimen se ha encargado de celebrar la efeméride a través del Tribunal Supremo, con jueces nombrados por la oligarquía chavista, que han ratificado la condena a 14 años de cárcel para alguien cuyo delito fue oponerse públicamente a la tiranía de Maduro y los suyos. Desde que el chavismo tomó el control de la máxima instancia judicial hace casi 15 años, no se ha producido un solo fallo contrario a sus intereses. Y claro, de nada sirvieron declaraciones como las del fiscal que procesó a Leopoldo, y que después huyó a Miami, quien afirmó que las pruebas contra el opositor habían sido falseadas. Cuando la separación de poderes es inexistente, la Justicia se convierte en una herramienta al servicio del poder político. Sucede en todos los regímenes dictatoriales. Y es entonces cuando toda una sociedad acaba confinada en la sumisión, el control férreo de las voluntades y la anulación de los derechos básicos.

Conocí en Madrid a Lilian Tintori, la esposa de Leopoldo. Una mujer fuerte, de amplia sonrisa y muy firme en sus convicciones de Libertad, Justicia y Democracia para su pueblo. Una auténtica Mariana Pineda o Agustina de Aragón de nuestro tiempo. Alguien con el arrojo suficiente para rebelarse contra la mayor de las injusticias, como la que están cometiendo con su marido y con centenares de presos políticos del chavismo. Lilian dijo en aquella ocasión en Madrid que “pronto Venezuela recobrará la libertad”, una frase que resuena en mi memoria mientras veo al padre de Leopoldo otra vez en la televisión -y al que tuve el inmenso honor de recibir en Brunete- seguir explicando, incansable pero con convicción, todas las injusticias cometidas contra su hijo en esta causa.

Y justo cuando Leopoldo padre finaliza su enésimo relato del terror y miseria del régimen tirano, el populista provocador de siempre, el “macho alfa”, el líder del “partido de la gente” aparece en la pantalla para atacar a los expresidentes González o Aznar que han apoyado de nuevo la libertad para Leopoldo. Y en un absoluto ejercicio de cinismo, afirma estar a favor de la libertad de los presos políticos en general, pero no menciona la palabra Venezuela en ningún momento. Los del “partido de la gente”, que no dudaron en lanzarse a la calle y rodear el Congreso ante la victoria del PP, no dijeron nada de los disparos contra la multitud en las calles de las ciudades venezolanas en las manifestaciones antichavistas. Es la obediencia lógica de quienes fueron tan bien pagados con varios millones de dólares de financiación desde Venezuela para exportar el chavismo a España, mientras la gente allí no tenía ni para comprar pan. Los líderes de Podemos, los “chicos de los recados” de Maduro, se ponen muy nerviosos cada vez que se habla de Venezuela y de su relación con la tiranía chavista. Es normal, no dejaban de babear cada vez que hablaban de ellos: “Chavez es inmortal. Me emociono al escucharle. Es una referencia”, dijo Pablo Iglesias una vez.

“Pronto Venezuela recobrará la libertad”, afirmó Lilian Tintori. Y coincido con ella. Pronto quienes viven encerrados en esa habitación del pánico, en la gran cárcel venezolana, volverán a ser libres. Y cuando lo hagan, se desvelará aún más el terror impuesto por los chavistas. Y será cuando los de Podemos volverán a tratar de convencernos de que cualquier crítica contra ese régimen, es una reacción de los oligarcas que no soportaban ver vivo a Chávez y su socialismo. Aunque quizá para ese día, quién sabe si las purgas estanilistas hayan terminado de finiquitar a quienes aún queden dentro de Podemos. Al paso que van…

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LA TONTIFICACIÓN

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“La tontería es infinitamente más fascinante que la inteligencia. Porque la inteligencia tiene límites y la tontería no”.  Claude Chabrol

Los fundadores del pensamiento occidental Platón, Kant y Descartes eran blancos. Hasta ahí nada que no supiéramos hasta ahora. La novedad estriba en que un grupo de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de una Universidad de Londres ha solicitado que dejen de ser estudiados los tres filósofos… ¡sólo por ese motivo! Por ser blancos. Según estos jóvenes,  hay que “descolonizar” la universidad y “enfrentarse” a una institución blanca. Y si llegado el caso tuviera que estudiarse su pensamiento en las aulas, habría que hacerlo siempre desde “un punto de visto crítico” y cuando fuese “estrictamente necesario”.

Tal grado de estultez no es exclusivo de estos universitarios. En Estados Unidos hubo quien llegó a pedir la marginación de las aulas de obras como “Huckleberry Finn” de Mark Twain por su discurso “racial” y hasta quien fantaseó con prohibir el estudio de “La Biblia” por su deriva “fanático religiosa”. De momento esta pléyade de lumbreras modernos no han alzado su voz para solicitar que los alumnos pasen menos tiempo con la PlayStation y más con los libros; o para que en las aulas no se utilice el teléfono móvil, aunque haya diversos estudios que relacionan un mejor rendimiento académico cuando estos dispositivos no se utilizan. Vivimos una época en la que para algunos estudiantes es más importante saber mandar un emoticono por whastapp que interesarse por el pensamiento cartesiano.

Decía Séneca, otro filósofo también blanco para desgracia del grupete de universitarios londinense, que “más vale ser pobre que tonto, porque el pobre tiene necesidad de dinero y el tonto tiene necesidad de razón”. Un bien cada vez más escaso, especialmente entre las capas más jóvenes, que prefieren el postureo frente a la reflexión. Lo fácil y cómodo frente al esfuerzo y la inquietud. Lo guay y moderno frente a lo que huela a viejuno. Y en este caldo de cultivo, ha encontrado su ecosistema natural la izquierda radical.

El proceso de tontificación que practican los de Juntitos Podemos es un mecanismo tan refinado como poco novedoso. Primero hay que rechazar todo lo que ha cimentado la sociedad: la Democracia actual ya no sirve, las leyes están para incumplirse y hay que abolir la Constitución sin proponer nada a cambio. Luego hay que echarse al monte de las calles: la masa es el auténtico foro de debate; las casas okupas, los nuevos parlamentos; y enfrentarse a la Policía quemando contenedores, las proposiciones no de Ley.

Porque la gente lo es todo. Y así los grandes intelectuales o científicos son sustituidos por los “movimientos” sociales y las pancartas. El escritor Javier Marías lo expresaba bien en un artículo reciente: “Hoy no es nadie quien no protesta, quien no es víctima, quien no se considera injuriado por cualquier cosa, quien no pertenece a una minoría o colectivo oprimidos”. Y lo ha reafirmado esta semana el secretario de organización de Podemos, Pablo Echenique: “España es el 15-M y es Podemos”. Y fuera de todo eso no hay nada más. La España actual comienza y acaba en ellos.

Una vez controladas las calles, el proceso de tontificación continúa en aquellas instituciones en las que la izquierda radical pisa moqueta: primero, adoptando medidas con marcado cariz sectario para contentar a la masa: de ahí surgen los titirietarras del Gora Alka-Eta de Madrid. Y  luego, proponiendo muchas otras medidas que no se pueden llevar a efecto por irrealizables: si hay suciedad en un colegio, que limpien las madres de los escolares, nos dijeron. Y entre medias se teje una espiral conspirativa: todo aquel que osa criticar estas medidas es acusado de encender la máquina del fango. Y si es periodista, le montan una web institucional para contradecirle y aportarle la auténtica luz de la verdad, que sólo es la suya, como pasó con la web “Madrid VO”. Eso sí, la máquina del fango sólo funciona en una dirección, porque cuando las críticas, las calumnias o los escraches se vierten sobre representantes de otros partidos, lo que se está ejerciendo es la “justicia social liberadora de los oprimidos”. La gente siempre tiene razón.

Sea como fuese, la tontificación de la sociedad ha llegado para quedarse. Y lo demuestran a diario los desgobiernos de la izquierda radical, que se escudan en la masa para no tomar sus propias decisiones. El primer deber de todo gobernante es escuchar a los ciudadanos a quienes representa, aprehender sus propuestas y tratar de llevarlas a cabo si son de utilidad para el conjunto de la sociedad. Pero el segundo deber es tomar decisiones, escuchando a los departamentos técnicos y especialistas en cada materia, a sabiendas de que esas decisiones no siempre contentarán a todos y a veces recibirán críticas. En política hay que mojarse.

Pero a la izquierda radical las críticas y tomar decisiones cada vez le gusta menos. Sólo así se entiende eso que han llamado en Madrid la “nueva Democracia participativa” (debe ser que nunca hubo Democracia ni fue participativa) por la que los madrileños podrán decidir qué proyecto será el ganador para remodelar la Plaza de España o si gusta más o menos el peatonalizar la Gran Vía, como si los tres millones de madrileños fueran arquitectos o paisajistas urbanos. O se pregunta en las urnas sobre asuntos utópicos que el propio Ayuntamiento reconoce que son irrealizables por “carecer de competencias”, pero que resultan muy molones y sectarios, del tipo “eliminar la asignatura de Religión de las clases”. En el fondo, a Carmena y los suyos lo único que les importa es que una decisión errónea quede excusada en que fue “lo que decidió la gente”.

Dijo el cineasta francés Claude Chabrol que “la tontería es infinitamente más fascinante que la inteligencia. Porque la inteligencia tiene límites y la tontería no”. Y el problema es que a diario hay quienes se encargan de demostrarnos que es verdad.

RÓMULO Y REMO

“Los hombres tienen menos cuidado a la hora de ofender a un príncipe que se haga amar que a uno que se haga temer, el temor es un miedo al castigo, y ese miedo nunca desaparece”. MAQUIAVELO
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Este año se cumplen 100 años de la Revolución Rusa de octubre de 1917, que supuso el auge dictatorial del comunismo que durante más de 70 años subyugó a la sociedad rusa y provocó millones de muertos a lo largo de su historia, aunque ahora Carlos Sánchez Mato, a la sazón concejal de Economía de Ahora Podemos en el Ayuntamiento de Madrid, intente convencernos de que “en la hermosa Revolución Rusa sólo murieron 5 personas”. El derrocamiento del régimen zarista enfrentó a dos modelos políticos irreconciliables: el tradicional socialismo con tintes liberales, que encarnaba Alexander Kerenski; y el nuevo comunismo bolchevique al que ponían rostro Lenin y Trostky.
Para los bolcheviques, Kerenski simbolizaba el antiguo régimen al representar la ideología pequeño burguesa que llegó al poder disimulando su conformismo con la clase burguesa. Mientras, los líderes del socialismo más moderado se enfrentaban a los soviets bolcheviques para salvar a Rusia del Comunismo. Dos modelos políticos se enfrentaron, todos ellos encarnados por líderes que no se tragaban el uno al otro. El resultado es de todos conocidos: Kerenski fue laminado. Perdió la batalla con un adversario mucho más astuto y sin piedad.
Su relato bien podría asemejarse a lo que está sucediendo estos días en el seno del partido del “amor” y del “buen rollismo”. Tres años después de su lanzamiento oficial en Vistalegre, los de la nueva política han evidenciado las peores formas de la vieja casta que tanto denostaban. A los de Podemos se les ha atragantado el asalto a los cielos, les ha podido las ansias de gobernar, han evidenciado que su programa político gira en torno al protagonismo de sus líderes, con sus consiguientes acérrimos bien remunerados, y anticipan que las viejas purgas comunistas, que con denuedo ya han aplicado en territorios como Madrid, se acrecentarán al final del Vistalegre II, al que el “partido de la gente” llega roto por los cuatro costados.
Y todo ello bajo la atenta mirada de los antiguos líderes de lo que queda de IU tras la OPA hostil de Podemos, y que ponen buenas palabras a la situación mientras miran atónitos la jugada sin saber muy bien en qué bando deben situarse: ahora toca nadar y guardar la ropa. La próxima vez que se encuentren con Iglesias o Errejón en los pasillos del Congreso, a Garzón y compañía les puede pasar como a los periodistas de la televisión cubana cuando, recién fallecido Fidel Castro, se encontraron caminando por la Plaza de la Revolución con el cantante Silvio Rodríguez. “Silvio, buenas, buenos días, para la televisión cubana en vivo…”, le dijo educadamente la presentadora. Casi interrumpiéndola, Rodríguez le respondió: “No son buenos los días”, y siguió caminando sin dirigir más la palabra a los periodistas.
La bronca definitiva escenificada esta semana por los dos viejos amigos de la Universidad y ahora enemigos irreconciliables como diputados, es muy esclarecedora y, como sucedió en 1917 en Rusia, vuelve a situarnos en la confrontación de dos modelos políticos antagónicos: el de rodear al Congreso al grito de “no nos representan” proferido por los mismos que ya están dentro de él; o el de “institucionalizar” la “revolución” y cenar con los bohemios burgueses que hablan de las bondades de la izquierda radical usando cubertería de plata y bebiendo en copas de cristal de Murano. Sea como sea, la afrenta ha traspasado twitter para convertirse en un síntoma de que los flautistas de Hamelin que nos querían conducir al paraíso, finalmente se han enfangado en el infierno del rencor.
En el Vistalegre II, que va camino de convertirse en un sálvese quien pueda, a sus fans les sucederá como a las bandas de rock cuando se separan: unos defenderán que el mejor integrante era el cantante y otros dirán que el alma del grupo era el guitarrista. Iglesias y Errejón nos hicieron creer que eran los nuevos The Beatles de la política y acabarán sin dirigirse la palabra y lanzándose dardos envenenados como les sucedió a Lennon y McCartney. Ya lo ha dicho Carolina Bescansa, la del ‘postureo con bebé’: “Van a chocar dos trenes”. Y lo dice quien ha decidido apearse por sorpresa de los dos.
Desterrado en la isla de Santa Elena, Napoléon Bonaparte repasó su trayectoria en una serie de conversaciones más o menos informales con Barry O’Meara, quien durante varios años fue su médico personal en el exilio en la isla. El médico recopiló algunos de aquellos materiales en su célebre libro “A voice from St. Elena”. Intrigas en sus ministros, traiciones entre sus generales y negociaciones fallidas para el reparto del poder en aquella Europa previa al Congreso de Viena se condensan en un relato en el que aparece un Napoleón mohíno, quebradizo de salud y abatido por las luchas intestinas de poder en torno a su figura.
De momento ningún confesor ‘podemita’ se ha atrevido a arrojar luz sobre el verdadero motor de tal enconamiento entre los dos líderes del partido del “amor y la gente”. Es mejor correr un tupido velo… por ahora. De los tiempos de los besos y los abrazos, hemos pasado a los del “y tu más”. Y en esas andarán hasta que Vistalegre, el Waterloo particular para alguno de los dos napoleones de la izquierda radical, se encargue de desterrar al perdedor a la isla de Santa Elena….para que el vencedor -cual Rómulo- gobierne sobre las cenizas de lo que fue y nunca más volverá a ser.

LA METAÉTICA

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“Hay que ser buenos no para los demás, sino para estar en paz con nosotros mismos.” Achile Tournier

Hasta hace no mucho tiempo, cuando le preguntabas a un hijo qué quería ser de mayor, las respuestas más frecuentes eran ser futbolista, para marcar muchos goles; bombero o policía, para ayudar a otras personas en peligro; periodista, para contarle al mundo lo que ocurría en la sociedad; o astronauta, para contemplar de cerca las estrellas y llegar a donde otras personas nunca antes lo habían hecho. Y por las tardes, después de la escuela, los chavales leían libros, se iban a la calle a dar patadas a un balón con los amigos o construían mundos de fantasía en torno a piezas de Lego.

En algún momento de nuestra historia reciente, el eje moral de nuestra sociedad ha cambiado. Hoy, muchos adolescentes a lo que aspiran es a ser concursantes de Gran Hermano y tertulianos de programas donde se venden las entrañas, casi siempre las ajenas; practican el postureo en las redes sociales; o toman como referente a personajes como Reset. Más de diez millones de visitas mensuales tiene este joven en su canal de Youtube. Esta semana sus andanzas saltaban a la prensa de papel, la de toda la vida, no tanto por haber humillado a una persona sino por haberlo grabado y vanagloriarse después de ello en las redes sociales.

Reset, que a sus 19 años de edad obtiene beneficios de más de 3.000 euros mensuales gracias a su canal de Youtube (una cifra al alcance de muy pocos ‘emprendedores’ como él), se grabó acercándose a un indigente extranjero sentado junto a la entrada de un supermercado. Le entregó un billete de 20 euros y una bolsa que contenía unas galletas rellenas con pasta de dientes. “Se siente bien cuando ayudas a una persona. A lo mejor me habré pasado un poco en la parte de las galletas con pasta dental, pero, mirando el lado positivo, eso le ayudará a limpiarse los dientes, que supongo que no se los lava desde hace un par de días o desde que se volvió pobre”, se complace al final del vídeo. Toda una proeza.

Pero ahí no quedó la cosa. El intrépido muchacho, en cuyo currículum también destacan una serie de vídeos titulados “retos asquerosos con un gato” en los que se muestra zarandeando, mordiendo y asustando a sus gatos, no mostró ningún indicio de arrepentimiento mientras las críticas por su actitud le llovían y la Guardia Urbana de Barcelona le denunciaba. Es más, un día después regresó al escenario de los hechos para preguntarle al indigente, que no habla español, si notó algo raro al comerse las galletas, pero en ningún momento se le escuchó pedirle perdón. Como las críticas iban en aumento, al final se arrepintió en otro vídeo y se ofreció a pasar una noche en la calle con la persona que había sido víctima de su humillación. Disfrazar estos hechos de simple “broma” mientras se acumulan miles de “me gusta”, como también le pasó al ‘youtuber’ del “caraanchoa”, demuestra hasta qué punto la escala de valores de nuestra sociedad ha cambiado sustancialmente en los últimos años.

Vivimos un extraño tiempo en el que la sociedad de la información ha pasado a convertirse en la de la desinformación. Los sociólogos han concedido el nombre de “Millenials” a esta nueva generación de usuarios de internet que ya no entienden su vida sin una buena conexión Wifi, sin pasarse horas mirando la pantalla de sus teléfonos móviles o sin estar conectados a las redes sociales. Son jóvenes bien preparados, que han tenido oportunidad de viajar por el mundo desde pequeños, de estudiar en las mejores universidades y de trabajar en buenas empresas, pero que presentan falta de madurez emocional, excesivo individualismo, demasiada confianza en sí mismos y una autoestima inflada.

La paradoja de las redes sociales  estriba en que son un medio muy potente de información y comunicación, pero a la vez son el campo perfecto para la deformación, el abuso, la decadencia de los valores morales y el linchamiento ideológico cobardemente escudado en el anonimato que ofrecen. Y de hecho las noticias sobre las denuncias por acoso, incitación al odio o chistes de dudoso gusto en las redes sociales comienzan a acumularse. Porque, por ejemplo, ¿qué mejor idea que si un torero fallece en la plaza de toros, celebrarlo en las redes sociales y desear la muerte incluso a su viuda? Y lo que nos quedará por ver.

Cada persona es libre de pensar y actuar según sus principios morales. Todos somos libres de escoger nuestros valores y priorizar su importancia de acuerdo a nuestra forma de pensar. Pero el progreso de una sociedad se basa en el cumplimiento de unas reglas morales comúnmente aceptadas, de unos principios  objetivos, universales y absolutos.  En las sociedades relativistas no existen códigos de conducta. Y cada quien vela solo por sus propios intereses. Y lo que estamos viendo en nuestra sociedad es que el relativismo moral, el todo vale, se ha apoderado de una generación entera.

Cuando el relativismo moral se propaga en nombre de la libertad de expresión, los derechos básicos también se relativizan y es cuando llega el totalitarismo ideológico, decía el Papa Benedicto XVI. Porque no se pueden aceptar todas las conductas, tampoco se puede permitir la deformación moral que supone que un chiquillo se grabe a sí mismo mofándose de otra persona por su aspecto físico o condición social, o dándole un tortazo a otra persona. Ni se puede permitir que la muerte de una persona -como esta semana también sucedió con Bimba Bosé- se convierta en excusa para el insulto, la burla o el odio a través de las redes sociales. Pensemos pues en qué clase de sociedad queremos legar a nuestros hijos. Y tengamos claro que cuando el sentido moral desaparece de una sociedad, toda  su estructura se derrumba. Ya lo dijo el escritor Achile Tournier: “Hay que ser buenos no para los demás, sino para estar en paz con nosotros mismos.”