EL CIBERHAMPA

El ciberhampa

“El peor enemigo es el que está encubierto.” Séneca

En abundante literatura y películas posmodernas, los visionarios del futuro nos anticiparon un siglo XXI en el que los ordenadores, los robots, y en definitiva, las nuevas tecnologías, serían capaces de sustituir y esclavizar al ser humano, ocupar su espacio mediante la inteligencia artificial y de erigirse en la especie dominante sobre la Tierra, en un extraño giro de la teoría evolutiva darwinista. Cuesta mucho imaginar que ese escenario sea realidad algún día, pero de vez en cuando hay quienes se encargan de demostrarnos la enorme dependencia de las nuevas tecnologías que sufrimos en una sociedad cada vez más pendiente de la pantalla de un móvil o de un ordenador.

El ciberataque masivo que ha afectado a ordenadores de 74 países y ha causado más de 57.000 incidencias ha servido para dos cosas: la primera, para certificar que toda nuestra vida gira en torno a las nuevas tecnologías. Y también, para constatar una nueva realidad criminal de difícil y complicada erradicación. Escudados en su anonimato tras una pantalla, los “hackers” son los Bonnie & Clyde de la nueva era “millenial”. Tipos capaces de comprometer la seguridad mundial mediante un virus, de apoderarse de la información de millones de usuarios colándose en sus ordenadores, de convertirtelos en chatarra inútil si no les pagas, y hasta de secuestrar películas antes de su estreno oficial en cines y pedir un rescate por no publicarlas en la red, como le acaba de suceder al gigantesco estudio Disney.

El nuevo ciberhampa nos acecha a la vuelta de la esquina y lo peor de todo es que juegan con una doble ventaja. Por un lado, el vacío jurídico existente al tratarse de robos a escala mundial lanzados desde miles de servidores que dificultan la localización y origen de los hackers. Y por otro lado, la bendita inocencia de aquellas personas que abren un cándido correo electrónico con el encabezamiento nada sospechoso de “tu última factura” o que se hacen eco de cualquier bulo que se propaga mediante las redes sociales o servicios de mensajería, como ese virus en el que se ofrecía la posibilidad de cambiar y elegir el color preferido de la aplicación Whastapp. Y una vez instalado, tu teléfono móvil quedaba a merced de ellos.

Durante algún tiempo, hay quien veía a los ‘hackers’ con cierto entusiasmo romántico, casi como unos Robin Hood que se apoderaban de la información que los poderosos no querían que se difundiera y hasta ‘Anonymous’ y WikiLeaks parecían héroes postmodernos. Pero como sucede siempre en estos casos, el hampa se sentó a ver cómo lo hacían estos avispados de la informática y decidieron ponerse manos a la obra. Primero intentando que les diéramos las contraseñas de nuestras cuentas bancarias con falsos mails que recibíamos de los bancos, y luego refinando mucho más su técnica hasta llegar al ataque masivo en 74 países.

Dijo Séneca que “el peor enemigo es el que está encubierto”. En este caso, lo peor no es la cara de panoli que se le queda a uno cuando descarga por error un virus y te piden un rescate económico por tu ordenador. Lo verdaderamente terrible es que a este enemigo cibernético no le veamos el rostro ni podamos ponerle ni siquiera un nombre, más allá del genérico de “hackers” que es como no decir nada. La indefensión en este universo digital es muy alta, y aunque los Cuerpos de Seguridad y los servicios secretos de cada país están mejorando su capacidad para hacer frente a este tipo de crimen organizado, lo cierto es que aún estamos ante uno de los grandes retos que deberemos afrontar de forma inmediata en la sociedad. Porque lo que está en juego es tanto como nuestra libertad, esa que tanto nos ha costado conquistar. La misma libertad que los padres de las nuevas tecnologías nos decían que tendríamos con sus inventos. La misma libertad que estamos perdiendo con este nuevo ciberhampa a cuyo campo es muy complejo ponerle puertas.

ALGUNOS CHICOS BUENOS

Algunos chicos buenos

“Pocas personas son capaces de demostrar un principio de ética común cuando su deliberación está envenenada de emociones.”  Truman Capote

Cuenta José María Goñi Tirapu en su libro “Mi hijo era de ETA” que cuando le comunican que la Guardia Civil anda buscando a su chaval por pertenencia a la banda terrorista, vivió el momento más duro de su vida y a la vez el más contradictorio “entre el amor al hijo y la repulsa máxima hacia lo que representaba”. Y tras 20 años sin verle y deseando que abandonara la mafia terrorista, explicaba en una entrevista que si un día se reencontrasen “le reprenderé durísimamente y luego le abrazaré con todo mi amor”. Es quizá la misma contradicción que reside aún en el interior de la propia sociedad vasca en estas décadas de terror de ETA.

Que las personas somos en sí mismas contradictorias no es ninguna novedad, y por eso la dicotomía de reprender las malas acciones de un hijo y seguir amándole después, es una de las más profundas en las que puede caer cualquier persona. Lo que no deja de sorprender es que haya quien decida ponerse una venda en los ojos para dejarse llevar por el amor ciego a un hijo y justificar así cualquier acción que realice.

Lo hemos comprobado esta semana cuando un hincha radical del Betis era detenido por ser el autor de una brutal agresión en Bilbao, en el día en el que el equipo hispalense se enfrentaba al Athletic. La agresión fue grabada en vídeo y se ve como este joven se acerca a un hombre sentado en una terraza de Bilbao. Le insulta, le arroja una bebida y le agrede. Primero un puñetazo, seguido de una patada. La víctima corre a refugiarse mientras es perseguida y se escuchan de fondo las risas de sus amigos.

La madre de este joven, que acumula un largo historial policial de peleas y agresiones, salió poco después a explicarnos que el chaval “es un buen niño” y que ella no condenaba lo sucedido porque minutos antes de los hechos habían amenazado a su hijo y a sus amigos. Más allá de que todo esto deberá ser esclarecido en un tribunal, lo verdaderamente preocupante es justificar cualquier acción violenta basándose en el íntimo y simple conocimiento de que el muchacho es “una buena persona”.

Es la misma cerrazón, obviamente salvando las lógicas distancias, que algunos padres practican con los maestros de sus hijos: “Mis chiquillos nunca hacen nada malo y estudian mucho, es el profesor el que se equivoca con ellos y les tiene manía”. Y a veces se llega incluso el extremo de que se agreda a una maestra simplemente por recriminar a tu hijo, como sucedió por ejemplo en Navarra hace unos meses. ¿Qué clase de respeto va a tener ese muchacho cuando crezca si su propio padre es el que agrede a quien ha reprendido una mala acción que ha cometido?

Quienes hemos vivido esa experiencia, comprendemos que uno de los momentos más bellos del ser humano es aquel en el que nace un hijo. Es la celebración más pura de la vida y del amor. Pero también quienes somos padres sabemos que desde ese momento comienza un largo y difícil camino llamado educación y formación, en el que son más las veces que debemos decir “no” a nuestros hijos que las otras en las que respondemos con un “sí”. Porque el padre más prudente es aquel que conoce bien a su hijo, le vigila con rectitud y está siempre atento a su formación como persona para que camine por la senda de los valores y el crecimiento personal.

Decía Napoleón que “el porvenir de un hijo es siempre obra de su madre”. Cabría apostillar que también de su padre. Pero sea como fuere, el porvenir de un hijo es una de las obras más complejas y difíciles a las que debe enfrentarse una familia, y seguramente nunca se está lo suficientemente preparado para afrontar la misión con éxito. Por ello la sociedad también ha ido perfeccionando el sistema para que el niño no sea educado por la tribu, como recomendaba la “cuptasuna” Anna Gabriel, sino por la propia sociedad en torno a unos valores éticos y unas normas sociales, comúnmente aceptadas como positivas, que debemos seguir todos para una mejor convivencia, y a las que se deben ajustar las conductas y actividades de las personas.

Que las malas acciones de algunos chicos buenos sean defendidas, cuando no justificadas, por sus propios padres, es desde luego el camino indicado para que la escala de valores de nuestra sociedad se vaya carcomiendo lentamente. Porque una persona sin ética, sin valores, es una bestia salvaje arrojada al mundo, como dijo Albert Camus.