EL LOCO CARIOCO

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“Los invasores serán expulsados de Cataluña.” Puigdemont

 

Es sorprendente la capacidad que tienen el independentismo y la izquierda radical para inventar una realidad paralela. Un Matrix propio, que ellos llaman “revisionismo histórico”, con el que tratan de ganar adeptos a la causa a base de administrar pastillas rojas a la gente. Pero las falsedades tienen un defecto: no sólo contradicen a la verdad, sino que muchas veces son incluso contradictorias entre sí mismas. Por mucho postureo ‘rufianesco’ con el que se trate de hacerlas más creíbles.

La antología del disparate es amplia y variopinta. En el caso del independentismo catalán, hemos tenido que soportar falsedades tales como que Leonardo Da Vinci, Cervantes y Santa Teresa de Jesús (sí, sí… ¡la de Ávila!) eran tan payeses como la butifarra. Los revisionistas catalanes también nos trataron de convencer de que Cristóbal Colón se enfundaba la barretina hasta que a unos malvados españoles les dio por decir que el viaje de Descubrimiento de América no zarpó desde el Ampurdán sino de Palos de la Frontera (Huelva).

Otro disparate habitual en el independentismo catalán es su pasión por compararse con otros países. Hace unos días, Puigdemont y Mas se pusieron la venda en los ojos y lanzaron un nuevo dardo al azar hacia un mapamundi. Esta vez el agraciado en el que hizo diana fue Dinamarca. Ahora, Mas y Puigdemont quieren ser la “Dinamarca del Mediterráneo”, a pesar de que este país sea una monarquía (lo cual difícilmente encaja con el republicanismo de los independentistas), sea un país unificado ya en el siglo X y los primitivos vikingos daneses provocaran el terror cada vez que se acercaban por el Mediterráneo. Pero algo tendrá Dinamarca que se nos escapa al común de los mortales.

En el colmo del dislate, el dúo Puigdemont-Mas nos han advertido de que ellos aspiran a crear unas “Naciones Unidas de Europa”, confundiendo una estructura de organización internacional con un modelo de organización supranacional entre países. Claro, debe ser que a los intelectuales del independentismo se les queda pequeña la Unión Europea, ese club al que dejarían de pertenecer tras cometer el atropello secesonista. Y por eso es mejor crear otro modelo diferente a la UE, el que les encaje a ellos.

Pero en esto de emularse con otros países, el verdadero maestro fue Jordi Pujol. Un catedrático de Geografía con el que los catalanes conocieron el planeta. Pujol nos dijo que Cataluña debía seguir ejemplos como el de Letonia, Lituania, Panamá, las Islas Feroe, Puerto Rico, Quebec, Irlanda (aunque luego más de Irlanda del Norte)… incluso hasta walon y flamenco al mismo tiempo. Antes de la guerra que desmembró a Yugoslavia, nos alentaba a seguir su modelo federal, pero cuando las bombas empezaron a llover, se nos hizo esloveno y animó al presidente de aquel país a radicalizar su postura nacionalista. Con Pujol se viajó mucho, aunque con el tiempo, el ‘president’ nos demostrara que a donde más le gustaba ir era a Andorra.

Esta pasión a la hora de viajar no es única en los independentistas. A ese engendro ideológico llamado Podemos, también les gusta. Pablo Iglesias se dio mucha prisa en fotografiarse con la Siryza de Grecia, hasta que Tsipras y Varoufakis tardaron 3 días, 3, en aceptar que las principales medidas que prometieron para llegar al poder, no se podían cumplir. Luego se desplazó hasta Ecuador para elogiar al populista Correa y ponerle como ejemplo, mientras la prensa española explicaba que la cooperativa fundada por uno de los miembros de Podemos habría recibido 3 millones de euros del gobierno ecuatoriano. Podemos, ese movimiento en el que una senadora nos dijo que Ceuta y Melilla eran de Marruecos, un señor nacido en Argentina te convence de que Aragón debe ser independiente, pero a cuyos líderes, en el fondo, donde les gusta viajar es a Venezuela, Cuba e Irán.

El problema no es que los ungidos de la verdad suprema, ya sean secesionistas o izquierda radical, se crean sus propias mentiras. Lo verdaderamente dramático es que haya gente dispuesta a creérselas. Y peor aún es que el renacido Sánchez y lo que queda del PSOE, se sumen a la fiesta con alegre entusiasmo. Y ahí tenemos a Adriana Lastra diciendo que ahora el modelo de país a seguir es la Bolivia de Evo Morales, mientras se lía diciendo que un “principado” y “un reino” no son lo mismo. Ella, que es asturiana y candidatable a esta autonomía, desconoce por qué Asturias es un Principado y que el nombre hace mención al heredero de la corona de España. Y luego te surgen personajes como el alcalde de Blanes, de origen familiar andaluz, que también pide ser como Dinamarca y se abraza al independentismo. Ya sabemos a qué se refiere el PSOE con el “plurinacionalismo”: Donde dije España, digo desafío territorial.

Un buen amigo, el periodista Ramón Pi, con el que comparto tertulia semanal en Radio Ínter, suele comparar a todos estos lumbreras con el cómic del loco Carioco. Un personaje que residía en un manicomio y que por la noche conseguía un pase de nocturnidad para dedicarse a las más esperpénticas aventuras. El loco Carioco carecía de maldad, para él la locura era casi un placer. El problema de estos otros “locos Cariocos” es que sí tienen maldad. Y son capaces de hacernos creer que vamos camino del paraíso, mientras nos despeñamos por un precipicio. Prefieren una locura que entusiasme, a una auténtica realidad. Y el problema es que cuando se colabora con un loco, o no se advierte su locura, uno acaba igual que ellos. Y España no está para locuras ni revisionismos históricos. Está para construir un mejor país entre todos.

 

ESCRACHE A LA GLOBALIZACIÓN

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“(…) Claro que es una enfermedad; en la práctica, un rechazo del otro porque es la aspiración completamente utópica de ir hacia sociedades racial, religiosa o ideológicamente homogéneas. Y eso no es democrático y, además, no es realista, porque todas las sociedades han evolucionado y se han diversificado extraordinariamente, que es lo que la globalización significa, un fenómeno del que nadie puede apartarse.” 
Mario Vargas Llosa

 

La globalización es el acontecimiento histórico de nuestro tiempo, propiciado por unas comunicaciones, avances científicos e infraestructuras que han permitido conectarnos muy rápidamente con cualquier otro punto del planeta que hasta hace pocas décadas parecía muy lejano. Hoy nos parece normal caminar por una calle de Nueva York y comprar en una tienda de Zara. O viceversa, pasear por Madrid y entrar a una hamburguesería tradicional de Estados Unidos. Hablamos por videoconferencia a través de nuestro móvil con un amigo que reside en América; y en ese mismo país americano alguien compra un automóvil de una marca francesa fabricado en España.

Durante mucho tiempo, la izquierda mundial se dedicó a propagar toda clase de críticas al sistema liberal económico acusándole de todos los males de la sociedad. Eso sucedió hasta que el comunismo cayó, momento en el que incluso los marxistas tuvieron que admitir que el liberalismo era un sistema propicio para el progreso individual, en contraposición al socialismo real que era lo más parecido a la catástrofe.

Agotado ese discurso antiliberal, los grupos de la izquierda más radical -esos que ahora se autodenominan “anticapitalistas”- tuvieron que cambiar su rumbo para subsistir. Y han encontrado en el fenómeno de la globalización el paraguas perfecto para seguir echándonos su monserga antisistema. Para ellos, la globalización es la madre de todos los males de la sociedad, y la generadora de lo que ellos llaman “desigualdad mundial”, siempre amparados en unas cifras que lanzan a determinados medios para su posterior magnificación y propaganda, y cuya credibilidad real es, en muchas ocasiones, más que cuestionable. Y por supuesto, el sistema liberal económico es lo más cercano a la tiranía social.

En su opinión, es preferible otorgar el poder supremo al Estado, o lo que es lo mismo: a quienes lo gobiernan. El Estado, entendido por ellos como quien lo debe pagar todo, dicta lo que está bien y lo que está mal; quien ordena a sus obedientes ciudadanos lo que deben hacer; y prohíbe todo aquello que consideran inmoral, improductivo o simplemente una amenaza al sistema. Y por eso, allá donde gobiernan los del partido de “la gente”, a lo que se han dedicado es a censurar moralmente a una parte de la sociedad que no opina como ellos, y a ejercer un populismo de puño duro. Son más partidarios de los escraches, de la ofensa a los católicos y de dejar perder oportunidades de inversión privada que generarían miles de empleos. Ya se sabe: para ellos la “opinión pública” es la base de sustitución de la Ley. Todo por la gente, pero sin la gente.

Viene esta reflexión a colación de los vaivenes a los que nos ha sometido Pedro Sánchez en torno al Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y Canadá (CETA). Este tratado, cuyo objetivo es impulsar el intercambio de bienes y servicios y el flujo bilateral de inversiones, reduciendo trabas administrativas y aranceles para impulsar la economía y la creación de empleo, fue votado a favor por el PSOE de la era EntreSánchez.

Ahora, el renacido líder del PSOE quería impulsar un “no es no” al CETA, y por tanto enfrentarse a la política económica europea en su conjunto. Al fin y al cabo, no lo olvidemos, en el programa con el que Sánchez se presentó a las primarias, en su apartado 2.2, nos regalaba su filosofía económica en una sola línea: “El adversario es el capitalismo neoliberal”. O sea, lo que en el fondo le mola es ser anticapitalista. Sólo le faltó a Sánchez añadir como punto número 1: “Echar al PP. Como sea, y acompañados de quien haga falta”. De hecho, con haber puesto sólo esta última idea como programa político, no tendría que haber añadido nada más. Y hubiera ahorrado mucho papel.

Ha tenido que visitar España el comisario europeo de Economía, Pierre Moscovici -también socialdemócrata él-, para decirle a Sánchez que “ser de izquierdas no es estar contra la globalización”. O sea, que ser de izquierdas no es ser anticapitalista, no es ser de la izquierda radical que en España representa Podemos, ese partido al que Sánchez tanto quiere parecerse. Y tras la reunión con Moscovici, Sánchez ha virado a la abstención, como hizo su partido aquel fatídico 1 de octubre del año pasado. Una abstención con la que España evitará el ridículo mundial de vetar un tratado que sí votaran a favor otros partidos socialistas europeos. Por cierto, entre los socialistas que siguen empeñados en el “no es no” al CETA, está el partido socialista francés, que también decidió “podemizarse” y ha cosechado sus peores resultados históricos en las urnas.

Del ejemplo francés debería tomar nota Sánchez, muy interesado en volatilizar la historia reciente del PSOE y convertirle en una mímesis de la izquierda radical para ver si araña algunos votos. Craso error: allá donde el socialismo europeo ha jugado a ser izquierda radical, ha cosechado sus peores resultados. Entre el original y la fotocopia, uno siempre prefiere el original. Que tome nota Sánchez de eso, antes de que sea demasiado tarde. Porque lo que España necesita es moderación, acuerdos, diálogo y trabajo en común entre las grandes fuerzas constitucionalistas. No dos Podemos, a cada cual más radical.

EL DINAMITERO

el dinamitero

 

“Todo hombre debe conocer sus limitaciones”. Clint Eastwood  en “Harry el Sucio”

Un 15 de junio de 1977, el camino democrático de la Historia de España iniciaba un viaje sin vuelta atrás. Hace 40 años que los españoles eran llamados a las urnas para configurar unas Cortes constituyentes que llevaran a cabo la reforma democrática con la que se culminaría el proceso de Transición que nos llevaría a tener una Constitución aprobada con masivo respaldo de todos los españoles sólo un año y medio después.

Atrás quedaban unos meses no exentos de tensiones, en los que la reforma democrática sufrió muchos problemas y en los que los españoles decidieron que por encima de intereses partidistas o ideológicos, lo que de verdad importaba era hacer un gesto patriótico a favor de la Democracia basándose en el consenso, el diálogo, la reconciliación y el acuerdo por España.

Muchos de los actuales líderes de la izquierda radical contemporánea estaban jugando en el chiquipark o directamente no habían nacido, cuando los españoles de todas las ideologías culminaban este gran acuerdo de concordia nacional, que nos ha llevado a los 40 años más fructíferos de libertades y derechos civiles de la Historia de España. Por eso sorprende que esos mismos líderes de la izquierda radical, con Iglesias Turrión a la cabeza, se hayan convertido en los mayores dinamiteros de lo que ellos llaman desafortunada y despectivamente “Régimen del 78”. Ese mismo ‘régimen’ del que ellos ya forman parte, porque ya están dentro de las instituciones, y cuya demolición persiguen apoyados por los independentistas radicales, que quieren romper España y destruir la soberanía nacional; o los filoetarras de Bildu, que aún no han condenado públicamente los asesinatos de ETA.

Conviene recordar esto en una semana en la que Iglesias Turrión y los suyos nos han sometido a la moción pestiño, que nació abocada al fracaso y con un claro fin partidista: rellenar la programación televisiva durante dos días a mayor gloria de la propaganda podemita. Un numerito circense que insistía una vez más en romper el espíritu dialogante de la Transición con el afán de seguir construyendo una postverdad basada en una España negra donde todo es miseria, ruina, hambre y desastre provocado por los herederos de quienes pilotaron aquel proceso de advenimiento de la Democracia. Porque ya sabemos que cuanto peor le va a España, mejor le va a Podemos, porque necesitan de esos brochazos de irrealidad para construir su palabrería propagandística. Aunque para su desgracia, a España cada vez le va mejor.

Decía Harry Callahan, el personaje que interpretaba Clint Eastwood en “Harry el Fuerte”, que “todo hombre debe conocer sus limitaciones”. La enorme vanidad que destila Iglesias le lleva a no percatarse de sus propias limitaciones, y a no darse cuenta de que cuanto más odio y sectarismo inyecta en sus largas peroratas -más de 3 horas en la moción de tortura, al más puro estilo Fidel Castro-, más votos pierde.

Porque mientras nos habla de pobreza, su partido tilda de “limosnas de ricos” el hecho de que la fundación de Amancio Ortega entregue a la sanidad pública maquinaria de última tecnología para el tratamiento del cáncer por valor de 320 millones de euros. Mientras nos habla de pobreza infantil, el Gobierno de Carmena se inventa las cifras de supuestos niños con deficiencias alimenticias, para ver si cuela el discurso. Mientras Iglesias nos habla de la lucha feminista, su programa de televisión ha recibido financiación de un régimen teocrático que lapida mujeres. Y así pasa luego, que cuando la diputada de Coalición Canaria, Ana Oramas, le saca los colores recordando las actitudes machistas de Iglesias con otras mujeres, cientos de trolls de Podemos le acribillan las redes sociales a la diputada canaria. Mientras Iglesias nos habla de que el Estado debe ser el omnímodo velador de todos sus ciudadanos, nos esconden su intención de subir impuestos.

Lo que ha quedado demostrado una vez más esta semana es que de tanto intentar asaltar los cielos, Iglesias y los suyos acabarán donde merecen: en el infierno del olvido. Porque no se puede dividir tanto tiempo a los españoles sin que reaccionen. Su discurso es el de la trinchera entre derecha e izquierda. Y es tan caduco como la ideología comunista que trata de imponer, y que ya sabemos cómo ha funcionado en los países donde se ha implantado. Menos dinamita para los españoles, y más moderación, diálogo y consenso. Palabras que en el caso del señor Iglesias, no figuran en su vocabulario habitual.

 

EL EJEMPLO DE IGNACIO

El ejemplo de Ignacio

“Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.” Burke

 

A estas alturas ya nadie duda de que el terrorismo yihadista es la mayor amenaza a la que se enfrenta la sociedad occidental. Desde la caída del comunismo y el final de la Guerra Fría, Europa y Estados Unidos no se enfrentaban a un enemigo capaz de poner en peligro nuestra Democracia y sistema de valores, atacando por sorpresa en cualquier lugar, incluso usando un martillo como arma, como sucedió esta semana a los pies de la catedral de Notre Dame en París.

Este nuevo terrorismo -que en el fondo es muy viejo porque atentados de corte islámico se han venido produciendo desde los años 80-, nos enfrenta a un enemigo muy complejo de contrarrestar. El DAESH no asesina para pedir la independencia de un territorio, o porque el suyo haya sido invadido, o como respuesta a un ataque previo de algún otro país. No se quieren sentar a negociar nada. Los terroristas islámicos matan por el simple placer de asesinar, y a cuantos más seres inocentes mejor, incluso niños. Inspirados en un fundamentalismo teocrático que sirve de excusa para la mayor de las atrocidades, sólo buscan la máxima aniquilación de esa gente que no es como ellos. Y para ejecutar a infieles, se valen de cualquier mártir al que la propaganda islámica le conduce a pensar que su vida en esta Europa sucia y promiscua, sólo tiene sentido si alcanza el paraíso matando a los enemigos del islam.

Decía la primera ministra Theresa May que “hemos tenido demasiada tolerancia. Ya es suficiente”. Ha necesitado más de 40 muertes y decenas de heridos para darse cuenta. Efectivamente, ya es suficiente. Pero a este tipo de terrorismo solo se le puede enfrentar de dos maneras: haciéndole frente o mirando para otro lado mientras se cantan canciones de pacifismo en una plaza, mientras se atenúa la angustia por habernos librado del terror, esta vez, y a la espera de ver qué país el siguiente.

Nuestro héroe español, Ignacio Echeverría, optó por el primer camino: hacer frente al terrorismo. Él también podía haber huido en su bicicleta, aliviado de haberse salvado del mal. Pero no lo hizo. Se detuvo, y armado con su monopatín trató de salvar la vida de una muchacha que estaba siendo apuñalada. A cambio entregó la suya. Sin pretenderlo, Ignacio debería ser el espejo en el que todos deberíamos mirarnos, no sólo por su indudable valentía, sino por mostrarnos el camino adecuado. Sólo hay una opción contra el terrorismo: enfrentarnos a él. Sabiendo que será una lucha difícil, compleja, constante, en la que toda la sociedad occidental deberá participar de una u otra forma, consciente de que a partir de ahora las medidas de seguridad serán aún más extremas, por muy molestas que a veces puedan resultar.

El ejemplo de Ignacio debería servirnos para pensar en lo que sucedió con Miguel Ángel Blanco, del que dentro de un mes se cumplirá el 20 aniversario de su asesinato. El vil, cobarde y cruel disparo que ETA descerrajó en la nuca de Miguel Ángel ayudó a despertar a una parte de la sociedad española, que permanecía aliviada porque el terrorismo aún no había llamado a su puerta, y a que la comunidad internacional abriera los ojos y entendiese que los terroristas de ETA no eran simples “libertadores vascos”, como durante muchos años deslizaban desde la Francia de Miterrand. El asesinato de Miguel Ángel Blanco fue la espita que unió definitivamente a la sociedad española en contra del terrorismo e hizo claudicar a ETA en aquellos otros países donde las autoridades sabían que se refugiaban terroristas pero no se hacía nada para su detención.

Ojalá que la lección que nos ha brindado Ignacio, y que el recuerdo de Miguel Ángel Blanco, y de todas las víctimas del terrorismo en España, nos ayuden a darnos cuenta de que sólo se vence al terrorismo desde la unidad, aplicando los mecanismos del Estado de Derecho, y siendo constantes en la vigilancia y colaboración entre los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad europeos. Haciéndole frente. Sin fisuras.

 

UN PASEO POR TWIN PEAKS

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“Las lechuzas no son lo que parecen”. El Gigante

Descubrir al asesino de Laura Palmer era el gran misterio de la serie Twin Peaks. “Hay muchas historias en Twin Peaks, algunas son tristes, otras divertidas”, decía la dama del leño al agente Cooper en la serie que, 25 años después, ha regresado a la televisión.

La actualidad informativa que nos regalan la izquierda y los independentistas es un poco así: entre triste y divertida. Ellos se encargan de trasladarnos constantemente hasta esos frondosos bosques que rodeaban a Twin Peaks y que, como decía la dama del leño, ocultan los más terribles misterios.

Hace unos días, Pedro Sánchez ha regresado a la habitación roja, para bailar y hablarnos al revés, perturbado en el sueño de guiar al pueblo hacia la nación de naciones culturales, el rencor histórico y el odio enfermizo a la derecha. Mientras, una silenciosa Susana Díaz contempla la escena sentada en el sofá, pensando en la cantidad de veces que ha cruzado “DespeñaPedros” para terminar atrapada en una pesadilla.

Sánchez ha regresado a la habitación roja de Ferraz caminando… y mandando. Porque ahora lo que toca es organizar el poder. Y para ello se servirá de su dedo divino para rodearse de sus fieles. Porque si algo no desea Sánchez es que le vuelvan a arrojar por una ventana como pasó el pasado 1 de octubre y por eso cambiará los procesos orgánicos para evitarlo. Porque lo que quiere Sánchez es organizar un partido a su medida, ahora que los barones de Twin Peaks han depuesto las armas, aunque aún no hayan hecho mutis por el foro, tal y como anunció el presidente manchego cuando dijo aquello de que “si gana Sánchez, nos vamos todos”. Y mientras Susana se atrinchera en los cuarteles de invierno del palacio de San Telmo, el presidente de Extremadura ya cambia su discurso. Ha pasado del “con Sánchez el PSOE se va al sumidero”, al tan manido mensaje de arrimar el hombro. Eso sí, advirtiendo de que él en Extremadura propondrá lo que considere más oportuno. En su taifa manda él.

Pero lo que más asusta de Pedro Sánchez no es que, como el personaje de “El Renacido”, se haya levantado de su tumba para emprender una venganza contra los suyos. Lo verdaderamente aterrador es su falta de proyecto de país, porque el concepto “nación de naciones culturales” es un corta y pega del Pacto de Granada para agradar a sus amigos independentistas, los mismos que le querían poner de presidente para luego romper España. Aquello que Rubalcaba llamó el “gobierno Frankenstein”, que quién sabe si un día se materializará.

Otro personaje de Twin Peaks es la alcaldesa del “pueblo”, Manuela Carmena, que le regaló un espacio del Ayuntamiento de Madrid al presidente secesionista catalán Puigdemont para hablarnos de que la independencia llegará sí o sí, como lo hacía el diabólico Bob a los sueños del agente Cooper. Porque la logia negra de Twin Peaks ya tiene una ley oculta para irse de España en 24 horas de forma unilateral y tratar como extranjeros a todos aquellos que no tengan ocho apellidos catalanes. Lo de cumplir las leyes les da igual, incluso si ese texto oculto de declaración de independencia unilateral choca hasta con el propio Estatut catalán que ellos mismos votaron.

El chantaje y la amenaza de la logia negra catalana es intolerable. Porque, como dijo esta semana Mariano Rajoy, supone la liquidación del Estado de Derecho. Es liquidar la ley y a un Estado entero con un texto que se pretende aprobar en un parlamento autonómico. Todo un disparate desde cualquier punto de vista: político, jurídico y social. Pero ahí estaba la izquierda radical encabezada por Iglesias Turrión y Carmena, haciéndose la foto junto a Puigdemont, Junqueras y Romeva.

Hablando de Iglesias Turrión, de nombre Pablo, éste es también un personaje de Twin Peaks. En su caso es la dama del leño. Abrazado a un leño que todo lo sabe, Iglesias Turrión no cesa a la hora de suplicar votos para su moción de censura contra Rajoy, que es como un brindis al sol porque nadie, ni siquiera sus socios valencianos procatalanistas de Compromís, la ven oportuna. Pero él sigue erre que erre, porque lo que quiere es que Sánchez controle toda la habitación roja para volver a contar los ministerios que ocuparían Pablo Iglesias y los suyos en un hipotético gobierno. Ya sabemos que no se conforma con los ministerios más sociales, esos que tanto ayudan e invierten en la gente. Él ya anunció el año pasado que quería el control de los servicios de seguridad, la Justicia, la Defensa, los servicios secretos y la televisión española. Porque a Iglesias Turrión, como a Chávez y Maduro, lo que le gusta es manejar la tele. Es una pena que el leño no le advierta al de PODEMOS de que los errejonistas andan algo timoratos con esto de la moción de censura. Ellos, como Susana Díaz o Page, también están guardando sus armas para mejor ocasión.

Parafraseando a la verdadera dama del leño de Twin Peaks, ésta le dice en una conversación al agente Cooper aquello de “mírate en el espejo. ¿Qué ves? ¿Es un sueño o una pesadilla?”. La izquierda radical y los independentistas son sólo eso, una pesadilla. De la que siempre hay que despertar. Y hay que hacerlo a tiempo.

EL CIBERHAMPA

El ciberhampa

“El peor enemigo es el que está encubierto.” Séneca

En abundante literatura y películas posmodernas, los visionarios del futuro nos anticiparon un siglo XXI en el que los ordenadores, los robots, y en definitiva, las nuevas tecnologías, serían capaces de sustituir y esclavizar al ser humano, ocupar su espacio mediante la inteligencia artificial y de erigirse en la especie dominante sobre la Tierra, en un extraño giro de la teoría evolutiva darwinista. Cuesta mucho imaginar que ese escenario sea realidad algún día, pero de vez en cuando hay quienes se encargan de demostrarnos la enorme dependencia de las nuevas tecnologías que sufrimos en una sociedad cada vez más pendiente de la pantalla de un móvil o de un ordenador.

El ciberataque masivo que ha afectado a ordenadores de 74 países y ha causado más de 57.000 incidencias ha servido para dos cosas: la primera, para certificar que toda nuestra vida gira en torno a las nuevas tecnologías. Y también, para constatar una nueva realidad criminal de difícil y complicada erradicación. Escudados en su anonimato tras una pantalla, los “hackers” son los Bonnie & Clyde de la nueva era “millenial”. Tipos capaces de comprometer la seguridad mundial mediante un virus, de apoderarse de la información de millones de usuarios colándose en sus ordenadores, de convertirtelos en chatarra inútil si no les pagas, y hasta de secuestrar películas antes de su estreno oficial en cines y pedir un rescate por no publicarlas en la red, como le acaba de suceder al gigantesco estudio Disney.

El nuevo ciberhampa nos acecha a la vuelta de la esquina y lo peor de todo es que juegan con una doble ventaja. Por un lado, el vacío jurídico existente al tratarse de robos a escala mundial lanzados desde miles de servidores que dificultan la localización y origen de los hackers. Y por otro lado, la bendita inocencia de aquellas personas que abren un cándido correo electrónico con el encabezamiento nada sospechoso de “tu última factura” o que se hacen eco de cualquier bulo que se propaga mediante las redes sociales o servicios de mensajería, como ese virus en el que se ofrecía la posibilidad de cambiar y elegir el color preferido de la aplicación Whastapp. Y una vez instalado, tu teléfono móvil quedaba a merced de ellos.

Durante algún tiempo, hay quien veía a los ‘hackers’ con cierto entusiasmo romántico, casi como unos Robin Hood que se apoderaban de la información que los poderosos no querían que se difundiera y hasta ‘Anonymous’ y WikiLeaks parecían héroes postmodernos. Pero como sucede siempre en estos casos, el hampa se sentó a ver cómo lo hacían estos avispados de la informática y decidieron ponerse manos a la obra. Primero intentando que les diéramos las contraseñas de nuestras cuentas bancarias con falsos mails que recibíamos de los bancos, y luego refinando mucho más su técnica hasta llegar al ataque masivo en 74 países.

Dijo Séneca que “el peor enemigo es el que está encubierto”. En este caso, lo peor no es la cara de panoli que se le queda a uno cuando descarga por error un virus y te piden un rescate económico por tu ordenador. Lo verdaderamente terrible es que a este enemigo cibernético no le veamos el rostro ni podamos ponerle ni siquiera un nombre, más allá del genérico de “hackers” que es como no decir nada. La indefensión en este universo digital es muy alta, y aunque los Cuerpos de Seguridad y los servicios secretos de cada país están mejorando su capacidad para hacer frente a este tipo de crimen organizado, lo cierto es que aún estamos ante uno de los grandes retos que deberemos afrontar de forma inmediata en la sociedad. Porque lo que está en juego es tanto como nuestra libertad, esa que tanto nos ha costado conquistar. La misma libertad que los padres de las nuevas tecnologías nos decían que tendríamos con sus inventos. La misma libertad que estamos perdiendo con este nuevo ciberhampa a cuyo campo es muy complejo ponerle puertas.

ALGUNOS CHICOS BUENOS

Algunos chicos buenos

“Pocas personas son capaces de demostrar un principio de ética común cuando su deliberación está envenenada de emociones.”  Truman Capote

Cuenta José María Goñi Tirapu en su libro “Mi hijo era de ETA” que cuando le comunican que la Guardia Civil anda buscando a su chaval por pertenencia a la banda terrorista, vivió el momento más duro de su vida y a la vez el más contradictorio “entre el amor al hijo y la repulsa máxima hacia lo que representaba”. Y tras 20 años sin verle y deseando que abandonara la mafia terrorista, explicaba en una entrevista que si un día se reencontrasen “le reprenderé durísimamente y luego le abrazaré con todo mi amor”. Es quizá la misma contradicción que reside aún en el interior de la propia sociedad vasca en estas décadas de terror de ETA.

Que las personas somos en sí mismas contradictorias no es ninguna novedad, y por eso la dicotomía de reprender las malas acciones de un hijo y seguir amándole después, es una de las más profundas en las que puede caer cualquier persona. Lo que no deja de sorprender es que haya quien decida ponerse una venda en los ojos para dejarse llevar por el amor ciego a un hijo y justificar así cualquier acción que realice.

Lo hemos comprobado esta semana cuando un hincha radical del Betis era detenido por ser el autor de una brutal agresión en Bilbao, en el día en el que el equipo hispalense se enfrentaba al Athletic. La agresión fue grabada en vídeo y se ve como este joven se acerca a un hombre sentado en una terraza de Bilbao. Le insulta, le arroja una bebida y le agrede. Primero un puñetazo, seguido de una patada. La víctima corre a refugiarse mientras es perseguida y se escuchan de fondo las risas de sus amigos.

La madre de este joven, que acumula un largo historial policial de peleas y agresiones, salió poco después a explicarnos que el chaval “es un buen niño” y que ella no condenaba lo sucedido porque minutos antes de los hechos habían amenazado a su hijo y a sus amigos. Más allá de que todo esto deberá ser esclarecido en un tribunal, lo verdaderamente preocupante es justificar cualquier acción violenta basándose en el íntimo y simple conocimiento de que el muchacho es “una buena persona”.

Es la misma cerrazón, obviamente salvando las lógicas distancias, que algunos padres practican con los maestros de sus hijos: “Mis chiquillos nunca hacen nada malo y estudian mucho, es el profesor el que se equivoca con ellos y les tiene manía”. Y a veces se llega incluso el extremo de que se agreda a una maestra simplemente por recriminar a tu hijo, como sucedió por ejemplo en Navarra hace unos meses. ¿Qué clase de respeto va a tener ese muchacho cuando crezca si su propio padre es el que agrede a quien ha reprendido una mala acción que ha cometido?

Quienes hemos vivido esa experiencia, comprendemos que uno de los momentos más bellos del ser humano es aquel en el que nace un hijo. Es la celebración más pura de la vida y del amor. Pero también quienes somos padres sabemos que desde ese momento comienza un largo y difícil camino llamado educación y formación, en el que son más las veces que debemos decir “no” a nuestros hijos que las otras en las que respondemos con un “sí”. Porque el padre más prudente es aquel que conoce bien a su hijo, le vigila con rectitud y está siempre atento a su formación como persona para que camine por la senda de los valores y el crecimiento personal.

Decía Napoleón que “el porvenir de un hijo es siempre obra de su madre”. Cabría apostillar que también de su padre. Pero sea como fuere, el porvenir de un hijo es una de las obras más complejas y difíciles a las que debe enfrentarse una familia, y seguramente nunca se está lo suficientemente preparado para afrontar la misión con éxito. Por ello la sociedad también ha ido perfeccionando el sistema para que el niño no sea educado por la tribu, como recomendaba la “cuptasuna” Anna Gabriel, sino por la propia sociedad en torno a unos valores éticos y unas normas sociales, comúnmente aceptadas como positivas, que debemos seguir todos para una mejor convivencia, y a las que se deben ajustar las conductas y actividades de las personas.

Que las malas acciones de algunos chicos buenos sean defendidas, cuando no justificadas, por sus propios padres, es desde luego el camino indicado para que la escala de valores de nuestra sociedad se vaya carcomiendo lentamente. Porque una persona sin ética, sin valores, es una bestia salvaje arrojada al mundo, como dijo Albert Camus.