LA METAÉTICA

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“Hay que ser buenos no para los demás, sino para estar en paz con nosotros mismos.” Achile Tournier

Hasta hace no mucho tiempo, cuando le preguntabas a un hijo qué quería ser de mayor, las respuestas más frecuentes eran ser futbolista, para marcar muchos goles; bombero o policía, para ayudar a otras personas en peligro; periodista, para contarle al mundo lo que ocurría en la sociedad; o astronauta, para contemplar de cerca las estrellas y llegar a donde otras personas nunca antes lo habían hecho. Y por las tardes, después de la escuela, los chavales leían libros, se iban a la calle a dar patadas a un balón con los amigos o construían mundos de fantasía en torno a piezas de Lego.

En algún momento de nuestra historia reciente, el eje moral de nuestra sociedad ha cambiado. Hoy, muchos adolescentes a lo que aspiran es a ser concursantes de Gran Hermano y tertulianos de programas donde se venden las entrañas, casi siempre las ajenas; practican el postureo en las redes sociales; o toman como referente a personajes como Reset. Más de diez millones de visitas mensuales tiene este joven en su canal de Youtube. Esta semana sus andanzas saltaban a la prensa de papel, la de toda la vida, no tanto por haber humillado a una persona sino por haberlo grabado y vanagloriarse después de ello en las redes sociales.

Reset, que a sus 19 años de edad obtiene beneficios de más de 3.000 euros mensuales gracias a su canal de Youtube (una cifra al alcance de muy pocos ‘emprendedores’ como él), se grabó acercándose a un indigente extranjero sentado junto a la entrada de un supermercado. Le entregó un billete de 20 euros y una bolsa que contenía unas galletas rellenas con pasta de dientes. “Se siente bien cuando ayudas a una persona. A lo mejor me habré pasado un poco en la parte de las galletas con pasta dental, pero, mirando el lado positivo, eso le ayudará a limpiarse los dientes, que supongo que no se los lava desde hace un par de días o desde que se volvió pobre”, se complace al final del vídeo. Toda una proeza.

Pero ahí no quedó la cosa. El intrépido muchacho, en cuyo currículum también destacan una serie de vídeos titulados “retos asquerosos con un gato” en los que se muestra zarandeando, mordiendo y asustando a sus gatos, no mostró ningún indicio de arrepentimiento mientras las críticas por su actitud le llovían y la Guardia Urbana de Barcelona le denunciaba. Es más, un día después regresó al escenario de los hechos para preguntarle al indigente, que no habla español, si notó algo raro al comerse las galletas, pero en ningún momento se le escuchó pedirle perdón. Como las críticas iban en aumento, al final se arrepintió en otro vídeo y se ofreció a pasar una noche en la calle con la persona que había sido víctima de su humillación. Disfrazar estos hechos de simple “broma” mientras se acumulan miles de “me gusta”, como también le pasó al ‘youtuber’ del “caraanchoa”, demuestra hasta qué punto la escala de valores de nuestra sociedad ha cambiado sustancialmente en los últimos años.

Vivimos un extraño tiempo en el que la sociedad de la información ha pasado a convertirse en la de la desinformación. Los sociólogos han concedido el nombre de “Millenials” a esta nueva generación de usuarios de internet que ya no entienden su vida sin una buena conexión Wifi, sin pasarse horas mirando la pantalla de sus teléfonos móviles o sin estar conectados a las redes sociales. Son jóvenes bien preparados, que han tenido oportunidad de viajar por el mundo desde pequeños, de estudiar en las mejores universidades y de trabajar en buenas empresas, pero que presentan falta de madurez emocional, excesivo individualismo, demasiada confianza en sí mismos y una autoestima inflada.

La paradoja de las redes sociales  estriba en que son un medio muy potente de información y comunicación, pero a la vez son el campo perfecto para la deformación, el abuso, la decadencia de los valores morales y el linchamiento ideológico cobardemente escudado en el anonimato que ofrecen. Y de hecho las noticias sobre las denuncias por acoso, incitación al odio o chistes de dudoso gusto en las redes sociales comienzan a acumularse. Porque, por ejemplo, ¿qué mejor idea que si un torero fallece en la plaza de toros, celebrarlo en las redes sociales y desear la muerte incluso a su viuda? Y lo que nos quedará por ver.

Cada persona es libre de pensar y actuar según sus principios morales. Todos somos libres de escoger nuestros valores y priorizar su importancia de acuerdo a nuestra forma de pensar. Pero el progreso de una sociedad se basa en el cumplimiento de unas reglas morales comúnmente aceptadas, de unos principios  objetivos, universales y absolutos.  En las sociedades relativistas no existen códigos de conducta. Y cada quien vela solo por sus propios intereses. Y lo que estamos viendo en nuestra sociedad es que el relativismo moral, el todo vale, se ha apoderado de una generación entera.

Cuando el relativismo moral se propaga en nombre de la libertad de expresión, los derechos básicos también se relativizan y es cuando llega el totalitarismo ideológico, decía el Papa Benedicto XVI. Porque no se pueden aceptar todas las conductas, tampoco se puede permitir la deformación moral que supone que un chiquillo se grabe a sí mismo mofándose de otra persona por su aspecto físico o condición social, o dándole un tortazo a otra persona. Ni se puede permitir que la muerte de una persona -como esta semana también sucedió con Bimba Bosé- se convierta en excusa para el insulto, la burla o el odio a través de las redes sociales. Pensemos pues en qué clase de sociedad queremos legar a nuestros hijos. Y tengamos claro que cuando el sentido moral desaparece de una sociedad, toda  su estructura se derrumba. Ya lo dijo el escritor Achile Tournier: “Hay que ser buenos no para los demás, sino para estar en paz con nosotros mismos.”

¿QUIÉN DIJO MIEDO?

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“Los hombres se dividen en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen.” José Martí.

Más de uno se acordará de la mujer que allá por los 90 trataba de convencernos de que compráramos el perfume “Jacq’s” bajándose la cremallera y enseñándonos el escote, mientras algunos padres tapaban los ojos a sus hijos y miraban de reojo a la televisión. Los sentimientos de amor o de atracción sexual son dos de los instintos humanos más primarios con los que los expertos publicistas suelen tratar de convencernos para que nuestra decisión de compra se decante por su producto, y no por el de la competencia.

Por encima de estos dos sentimientos, los teóricos del marketing explican que el miedo, algo inherente al ser humano, es un arma aún más poderosa. Se compra por miedo: a no parecer ya joven, a no aparentar una silueta más delgada o a sufrir una enfermedad intestinal si no se toma la cantidad de bifidus adecuados. Es más, son muchos los que se encierran en una sala de cine a “pasar miedo” con una película de terror, aún a sabiendas del mal rato que les espera. Es la necesidad de gritar, de apiadarse ante el drama y redención ajenos y de ahuyentar sus propios fantasmas, los factores que les conducen a esta experiencia.

El apocalipsis ha dejado de ser una mera referencia bíblica para convertirse en una realidad que se asoma a nosotros cada día y llena las páginas de los periódicos para lograr más “clicks” y audiencia. Esta misma semana hemos padecido dos presuntos apocalipsis. Primero el de la ola de frío, que dejó una bajada de temperaturas notable, pero que lejos estuvo de los alarmantes titulares que algunos medios nos anticiparon, casi augurando que nada más salir de casa nos convertiríamos en una estatua de hielo o acabaríamos encerrados en un Gulag de los que Stalin ‘regalaba’ en Siberia a sus enemigos políticos. Salvo en el Levante, donde la nieve ha provocado algunos estragos, con una chaqueta más gruesa y una bufandita, el frío se ha combatido. Como por otro lado pasa en cualquier invierno.0.

Y luego ha llegado el apocalipsis de Trump, cuya investidura ha regalado decenas de artículos acerca de su manifiesta incapacidad para gobernar, su locuacidad aberrante para atacar a cualquier colectivo social o su probada habilidad para devolvernos a una crisis económica de considerables consecuencias a base de medidas que aislarán a Estados Unidos del mundo y que llevarán al resto de países a no poder comerciar con la primera potencia mundial, y a la destrucción de empleo. Ni Trump es un kamikaze capaz de apretar el botón rojo si alguien le trollea más de lo debido en twitter, ni Obama ha logrado promover una seguridad internacional sin armamento nuclear, una promesa que, por cierto, le ayudó a ganar el Nobel de la Paz a pocos meses de ser investido presidente de Estados Unidos allá por el 2009. Al final de su trayectoria, la administración Obama no ha reducido el número de cabezas nucleares guardadas en la reserva, ni ha cambiado sus requisitos para lanzar un ataque nuclear, incluso los siempre tan políticamente correctos llamados “ataques preventivos”.

Lo de alentar el miedo contra el adversario político es una herramienta que la izquierda española ha utilizado con destreza. Cualquiera recordará el famoso anuncio del doberman con el que el PSOE intentó evitar que el PP fuera el partido más votado durante la famosa campaña electoral de 1996. “Hay una España en negativo, de la incertidumbre. Del retroceso. ¡La derecha no cree en este país! ¡Nada les parece bien! Se oponen al progreso. Por eso la derecha no es la solución, es el problema”, profería la voz en off, angulosamente grave, que acompañaba al doberman y a la imagen deformada de Aznar. Era el apocalipsis electoral en versión PSOE.

El tiempo demostró que los sucesivos gobiernos del PP aportaron más Libertad, más progreso, más desarrollo económico, más empleo y más seguridad a todos los españoles, sacando a España de las gravísimas crisis económicas producidas por los gobiernos socialistas y garantizándose el sistema de pensiones y la sanidad pública, que la izquierda dijo en su día que se dilapidarían con el PP. “¡Habrá que ir con tarjeta de crédito al hospital!”, llegó a proferir el diputado socialista Rafael Simancas.

La izquierda radical también se ha apropiado del lenguaje agorero con el que tratan de rascar los votos que la OPA hostil a IU les ha arrebatado. Ya lo dijo Pablo Iglesias: lo positivo es “dar miedo”. En su permanente insistencia en ser un “partido combativo”, el líder del “partido de la gente” -ya se sabe que quien no le vota a él debe ser gentuza-, no ha parado de utilizar el miedo, pero como elemento de división marxista de la sociedad: los de arriba y los de abajo, la casta y los descastados, el férreo control del aparato y las purgas a quien se sale de lo que el líder dicta, politizar el dolor frente a quienes no les vota. Los hijos bastardos de Laclau siembran el pánico para echar en sus brazos a quienes anhelan encontrar el “amor”, aunque sea a golpe de eslogan fácil. De ahí el corazón del último logo electoral de Podemos, copiado por cierto de una de las campañas de Hugo Chavez, el creador de la Venezuela del hambre y los presos políticos.

El hombre más peligroso es aquel que tiene miedo, porque sólo es capaz de escuchar ruido y frente al miedo no existe medicina conocida. Ya lo dijo William Shakespeare: “De lo que tengo miedo es de tu miedo”. Por ello, frente a quienes lo ensalzan como herramienta para dividir a la sociedad, sólo cabe una cosa: saber elegir en calma. ¿Quién dijo miedo?

EL ROBOT VA A PERDER

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“El robot va a perder. No por mucho. Pero cuando se anote el resultado final, la carne y la sangre derrotarán al monstruo.” Adam Smith
Adam Smith es considerado por casi todos los pensadores como el fundador del liberalismo económico. Es cierto que hubo teóricos anteriores a él que fundamentaron las bases del liberalismo, pero la influencia de “La riqueza de las naciones”, el libro más conocido de Smith, es indiscutible incluso a día de hoy. Para Smith, el principio de la riqueza estribaba en el trabajo que cada persona desarrollara. En el esfuerzo personal como pilar para conseguir la prosperidad, en contraposición a otros pensadores que entendían que esa base se sustentaba en la propia sociedad y el Estado, garante de que el individuo gozara de todos los placeres sin aparente necesidad de satisfacer sus obligaciones con el resto de integrantes de la sociedad.
La izquierda sigue confusa a día de hoy con los principios liberales que comenzaron a propagarse a partir de las teorías del escocés Adam Smith y otros pensadores posteriores. Y por ello, Smith suele ser objeto de permanente chanza por parte de esa misma izquierda. En un ejercicio de cortedad de miras, le reducen a creador del “capitalismo salvaje”, la mayor de las bestias del infierno para quienes siguen aferrados al materialismo histórico de Marx y al fracasado comunismo.
Muchos de estos caricaturistas de la izquierda radical tampoco habrán buceado en profundidad en “La teoría de los sentimientos morales”, en la que el filósofo escocés se adentra en la ética del ser humano y se fundamenta en el proceso de empatía, mediante el que un individuo es capaz de ponerse en el lugar de otro, aun cuando no obtenga beneficio de ello. Para ello, Smith creó la figura del “espectador imparcial”, la voz interior que dictaría la propiedad o impropiedad de las acciones y fundamentaría la ética del individuo.
Hay un momento en esa obra que resume perfectamente su esencia. Smith afirma que si examinamos por qué el espectador singulariza con tanta admiración la condición de los ricos y encumbrados, descubriremos que “no obedece tanto a la holgura y placer que se supone disfrutan, cuanto a los innumerables artificiosos y galanos medios de que disponen para obtener esa holgura y placer. En realidad, el espectador no piensa que gocen de mayor felicidad que las demás gentes; se imagina que son poseedores de mayor número de medios para alcanzarla”.
Dos siglos y medio después de su alumbramiento, este pensamiento se convierte en contemporáneo por el permanente interés por parte de los fieles a Podemos, siempre tan interesados en la lucha de clases como motor de confrontación social, por tratar de echar por tierra el mérito de quienes han conseguido superar todas sus metas a base de trabajo y esfuerzo. El año pasado tuvimos varios ejemplos, aunque quizás el más significativo fuera el linchamiento permanente contra Amancio Ortega, propietario del grupo Inditex, que comenzó su trayectoria en una modesta tienda de La Coruña y hoy es el fundador y gestor de varias cadenas textiles con presencia en medio mundo, dando empleo nada menos que a más de 4.000 personas. Muchas de ellas en España.
Cada vez que alguien osa recordar la exitosa trayectoria profesional de Ortega, los de Podemos, con su jefe de filas Pablo Iglesias a la cabeza, se lanzan a su cuello para intentar denostar a este empresario, llamándole incluso “terrorista” como el propio Iglesias llegó a afirmar vía twitter, que es la fórmula escogida por los populistas de nuevo cuño para lanzar todos sus comunicados y peroratas. En lo de tuitear a toda máquina, Iglesias se parece a Trump. Eso sí, cuando los anticapitalistas como Urban ejercieron de anfitriones en España del multimillonario Varoufakis, el ex ministro de economía griego, todo fueron parabienes a su persona. La empatía de la que hablaba Adam Smith lleva a los de Podemos a considerar que los millonarios son deleznables o adorables en función de su supuesta ideología.
Detrás de todas estas piruetas de la izquierda radical, existe el descabellado intento de denostar nuestro sistema democrático tildándolo de plutocracia, cuando no ha existido mayor plutocracia que en los regímenes comunistas, donde sólo los ungidos por el partido único que lograban ascender verticalmente, se convertían en muñidores del sistema y adquirientes de grandes fortunas, sin más mérito que halagar al dictador de turno.
Para la izquierda radical de nuestro país, la plutocracia surge como demérito de otro concepto también muy denostado por ellos, el de la meritocracia. Para ellos el valor del esfuerzo personal es sinónimo de desigualdad: unos sí que llegan a alcanzar sus objetivos y otros no pueden, siempre por culpa de la sociedad y no por el esfuerzo invertido en ello. Y claro, se empieza denostando la Democracia y se acaba convirtiendo en presidente de un país a un tipo como Maduro, sin mayores logros personales que el haber sido chófer de Chávez y halagador nato. ¡Eso sí que es un gran ejemplo de plutocracia!
El profundo desconcierto en el que el comunismo vive desde la caída de casi todos sus regímenes y del muro de Berlín, y la catástrofe de intentar sustituirlo por un socialismo real, nos devuelven a la realidad de que el liberalismo, con todas sus imperfecciones, que también las tiene, sigue siendo el sistema económico y social más vigente. Y sin duda, a día de hoy, es el único que se centra en el valor individual de las personas para construir sus propias metas y erigir el esfuerzo personal como base de todo progreso individual y colectivo. No nos dejemos engañar. Regresemos a Adam Smith, y a otros liberales, que es lo que está consiguiendo que hagamos la izquierda radical española….amigos, el robot va a perder…

HASTA QUE LLEGÓ SU HORA

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“Quién va a fiarse del que lleva cinturón y tirantes a la vez… sino se fía de sus propios pantalones”. Película HASTA QUE LLEGÓ SU HORA
Finalizó el 2016 y la Fundación del Español Urgente eligió su palabra del año entre aquellas que estuvieron muy presentes en la actualidad informativa y manifestaron algún interés lingüístico. Entre los 12 términos candidatos, había de todo. Entre ellos “cuñadismo”, refiriéndose a la actitud de quien aparenta saber de todo y habla de cualquier cosa tratando de imponer sus opiniones.
El “cuñadismo” está muy presente en nuestra sociedad. Lo practican casi a diario quienes desde la izquierda radical dan lecciones constantes de “jarabe democrático” e imposición ideológica frente a todo aquello que no tiene cabida en su escueto ideario. Sólo así se entienden medidas como, por ejemplo, la expulsión del Ejército de la presente edición del Salón de la Infancia de Barcelona o intentar que no haya rastro de presencia de los cuerpos de seguridad del Estado en Cataluña. Ya se lo dijo Ada Colau a los militares que se acercaron por cortesía y educación protocolaria a saludarla en el citado Salón en su edición anterior: “Preferimos que no estéis aquí”. Y se marchó sin darles la mano. Eso sí que es nominar a alguien, y no como en Gran Hermano.
Otro claro ejemplo de “cuñadismo” salió a la luz recientemente. El subsecretario de Sanidad de Valencia publicó un artículo en 2009 en su blog contra la Iglesia Católica, en el que utilizó como ilustración un montaje fotográfico en el que acusaba veladamente a los sacerdotes de pederastia, mientras defendía el aborto. El número tres de la consejería que dirige Carmen Montón, uno de los más firmes respaldos socialistas de Pedro Sánchez en la ciudad del Turia, acompañaba el texto con una imagen en la que se leían frases que por decoro público prefiero ahorrarme y que vilipendiaba cobardemente al Sacerdocio.
El “cuñadismo” no tiene límites en su chaladura mental.
Otro término que fue candidato a palabra del año fue “sorpaso”, adaptación del italiano para referirse a una “superación”. A Pablo Iglesias este término se le fue atragantando a lo largo del 2016 como a quien se le queda en el gaznate un mantecado de Estepa con exceso de azúcar. Verse así mismo como presidente del Gobierno para acabar perdiendo un millón de votos tras la OPA a IU, debió de ser desolador. Ya lo dijo la del “postureo con bebé” Carolina Bescansa: Si los mayores de 45 años no votaran, Iglesias sería presidente. ¡Qué clase de Democracia nos ofreció! Pero siempre les quedarán los buenos augurios de su amigo Monedero, que afirmó en verano que Pablo será presidente del Gobierno “porque los análisis requieren de tiempo”. De su opinión se hizo eco la televisión venezolana, el país de las maravillas de Chávez y Maduro, el de los presos políticos y el hambre.
Como no podía ser de otra forma, “populismo” fue el término ganador del 2016 para la Fundación del Español Urgente. Entendido en su sentido más peyorativo para hacer referencia a los que practican otra palabra que fue candidata: “vendehumos”. Que es aquel que hace propuestas sin fundamento, utópicas e ilusorias.
Desde esta humilde columna, propongo a la Fundación Español Urgente que valore otros términos, que seguirán siendo referencia informativa en 2017. Por ejemplo “cortoMadrid”, entendido como el antojo ideológico de unos gobernantes que improvisan medidas y colapsan Madrid con el cierre de la Gran Vía o con el “hoy puedes aparcar y mañana no”, mientras no se toman otras decisiones preventivas que incentiven el transporte público y no perjudiquen a las personas.
Igualmente seguirá de moda “Carmenada”, entendido como las ocurrencias que se anuncian por la mañana y por la tarde se desdicen por irrealizables, como ya pasó con el concurso de recogida de colillas para los niños o esas madres que debían limpiar el colegio de sus hijos, mientras en el Madrid de los prodigios se contrató a titiriteros infantiles que hicieron apología de ETA, ha seguido creciendo el paro en la capital o se fugaron inversiones millonarias.
Otra neologismo podría ser “Cuptasuna”, el proceso de batasunización que las CUP están expandiendo entre la sociedad civil de Cataluña. Los del partido que asesoran a Otegi nos regalaron un demonio-títere y un tuit con el grito “GORA DIMONI-ETA!” y luego en octubre un concejal de Badalona rompía una orden judicial a la puerta del Ayuntamiento. Mientras, en Barcelona estaban los que arrojaban cócteles molotov a los Mossos en los incidentes de Grácia y el portavoz de las CUP en Barcelona se las veía con la Justicia por haber coaccionado a un médico para que modificara un parte y recogiera que un vendedor ambulante había resultado herido por la Guardia Urbana. Y claro, ahí siguen los “Cuptasuna”: sin condenar expresamente el terrorismo de ETA y radicalizando la sociedad.
También 2017 seguirá siendo el año del “Pablismo” y del “IñigoAsíNo”, el hashtag con el que Echenique y los “pablistas” le amargaron la Nochebuena a Errejón en sus guerras tuiteras. De nuevo Monedero lo ha advertido: “Si Pablo cae, Podemos también (así que asegúrate que el voto vaya a la…FAMILIA)”. Para Errejón, que cada día que pasa tiene más cara de Kerensky, el próximo Vistalegre puede ser su “Vistadiós”. Ahora que se celebra el centenario de la Revolución Comunista Rusa, efeméride que a buen seguro los de Podemos festejarán con entusiasmo, hay un chiste que circula por las redes que afirma que “en Podemos, la guerra entre los bolcheviques y los mencheviques, la acabarán decidiendo los echeniques”.
Todo esto lo iremos viendo. ¡Y es que vaya año nos espera con esta izquierda radical y los independentistas de las banderas nacionalistas para niños en la Cabalgata de Reyes! Menos mal que después de 10 meses de bloqueo y de parálisis económica, los españoles tenemos al fin un Gobierno sólido, dialogante, moderado y responsable, comprometido con las políticas sociales, el empleo y la unidad de España. Porque frente al “populismo vendehúmos”, el de las soluciones fáciles a problemas complejos, sólo cabe el diálogo, el acuerdo, la seriedad y la unidad de las fuerzas políticas que sí creen en el futuro de los españoles….El de todos….ya lo dijo Frank en la película que da nombre al texto que nos ocupa….”Quién va a fiarse del que lleva cinturón y tirantes a la vez… sino se fía de sus propios pantalones”.

AY CARMENA

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Cada vez que suena una campana, es porque un ángel se ha ganado sus alas”. (Qué bello es vivir.)

El popular personaje de ‘El Grinch’ se ha convertido con el paso del tiempo en una metáfora de la excesiva preocupación por lo material y del intento de restar el verdadero significado espiritual de la Navidad. “¡Al diablo con esta música navideña! ¡Es alegre y triunfante!”, gritaba en la película que protagonizó Jim Carrey.

‘El Grinch’ no logró su objetivo de robar la Navidad. Pero en los últimos años han aparecido pequeñas réplicas desde la izquierda radical que han recogido su testigo y quieren ‘robarnos’ la Navidad mediante otro intrincado pero eficaz sistema: eliminando progresivamente su valor religioso. Es decir, tratando de imponer su propia visión histórica sobre estos días, anulando el indudable origen y la esencia de lo que celebramos en estas fechas: el nacimiento de Jesucristo.

En esto de eliminar las tradiciones y huir como de la peste de cualquier símbolo religioso cristiano, hay muchos alumnos aventajados. Y no sólo cuando llega la Navidad, porque durante todo el año son igual de contumaces. En Barcelona, el gobierno de Ada Colau suprimió la tradicional misa en la basílica y la procesión de las fiestas de la Merced, mientras sí que apoyó un singular “poema sexual sobre la oración católica”. O lo que es lo mismo, un padrenuestro blasfemo que, gracias a sus provocaciones, ofensas y frases de mal gusto, logró algo insólito hasta la fecha: unir a la comunidad católica, musulmana, evangélica y judía en un comunicado conjunto para pedir respeto a los sentimientos religiosos. Aunque ya sabemos que en la Ciudad Condal el primer premio al disparate siempre lo ganan los de las CUP, con iniciativas como que la Sagrada Familia pague por “ocupar el espacio público y las aceras”.

En Zaragoza, este año la ofrenda floral a la ‘Pilarica’ se marchitó después de que el gobierno de Podemos decidiera cobrar 500 euros a las empresas que colocaran su logotipo en los ramos que se depositan en la ofrenda. En otras fiestas del Pilar, las de Madrid, el presidente de su Junta de Distrito, Guillermo Zapata, el de los tuits de ‘humor negro’ que denigraban el sufrimiento de las víctimas del terrorismo, regaló a los madrileños un pregón de fiestas reconvertido en un mitin político sectario, mientras en el programa de actos del año anterior se hizo hueco para una divertida gymkhana infantil titulada “Atrapa al banquero”. Porque aquí de lo que se trata es de ir educando a los niños desde pequeños para que se conviertan en los fervientes batasunos del mañana.

Madrid, la ciudad de los ‘abrazos’, lo es también del cierre por Navidad de la Gran Vía, convirtiendo el centro de Madrid en una gran ratonera cuyos principales perjudicados son restaurantes, hoteles, aparcamientos y comercios. Un corte a base de unas vallas cutres y una gran movilización de agentes policiales, de día y de noche, que dejan de atender otras responsabilidades de seguridad ciudadana.

Y es también la ciudad del anticlericalismo navideño más rancio. Esta semana, su alcaldesa, Manuela Carmena, volvía a dar muestras de ello calificando a estas fiestas como las de la “empatía”. Según nos recuerda en su felicitación navideña, antes sí “tenía” un origen religioso, pero con el paso del tiempo la Navidad se ha vuelto un acontecimiento de “carácter solidario”. Quizá por eso el año pasado el Belén instalado en el Ayuntamiento se encontraba en un rincón oculto. Y han sido ahora los propios madrileños los que se han movilizado colocando belenes en la Puerta de Alcalá para pedir que se recupere la colocación del tradicional Nacimiento en este monumento tan simbólico.

También esta semana la portavoz del Ayuntamiento, la pizpireta Rita Maestre ‘arderéis como en el 36’, se esforzaba en darnos lecciones de Historia y tratar de convencernos de que las tradiciones están para incumplirlas porque hace dos mil años “no existía Papá Noel” ni había “abetos o renos en Palestina”. Peculiar sentido de la actualización de las tradiciones tienen los de Podemos en Madrid, porque, mientras se afanan en destruirlas si en su origen subyacen connotaciones religiosas, nos regalan una fiesta del solsticio de invierno, celebrada a uso y maneras que en Pernambuco, o nos deleitan en la programación navideña con talleres de bailes griegos, de Bollywood o de egiptología. Porque el Madrid de Carmena es el de los prodigios, el de las ocurrencias para tratar de contrarrestar el verdadero espíritu religioso de la Navidad.

Normal que en su reciente visita al Vaticano, el Papa Francisco no se hiciera un ‘selfie’ con Colau y Carmena, como deseaban estas dos alcaldesas del buenrollismo ‘progre’. Tras los padrenuestros blasfemos, eliminación de procesiones y belenes, fiestas del solsticio del invierno y talleres navideños de Bollywood, alguien debió advertirle al Papa de que no era buena idea. A las dos alcaldesas siempre les quedará lo que el Papa Francisco le ha recomendado por carta a Ada Colau, no sin cierta retranca de la Pampa argentina: “No se olvide de rezar por mí y si usted no reza, por favor piénseme bien y envíeme buena onda”.

Cada vez que suenan las campanas, un ángel se gana las alas, decía la pequeña Zuzu en la película “¡Qué bello es vivir!”. En el Madrid de Carmena y en la Barcelona de Colau, cada vez que se toca la campana de la ocurrencia y la improvisación, alguien sufre un nuevo corte de tráfico, le plantan una gymkhana antisistema en la puerta de su barrio, tiene miedo a llegar a su propia vivienda por si los okupas han decidido entrar en ella, o se queda sin que le bajen el IBI de su vivienda por no vivir en un barrio de Madrid donde Podemos gana las elecciones. ¡Esto sí que es ver… para creer! ¡Ay Carmena!

 

A TODA MÁQUINA

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“El progreso no consiste en aniquilar hoy el ayer, sino, al revés, en conservar aquella esencia del ayer que tuvo la virtud de crear ese hoy mejor.” Ortega y Gasset

Los profetas de la izquierda y el nacionalismo ultramontano se afanan en recordarnos las bondades y excelencias de la II República, aferrados a una efervescente nostalgia que les lleva a revestir el muñeco de la Historia como mejor se les antoja. Pero no sienten tanto entusiasmo a la hora de recordar a la gente, que también hubo una I República, cuya duración fue brevísima porque resultó un estrepitoso fracaso que, en sus 23 meses de corta duración, a punto estuvo de provocar el desmembramiento total de España.

Hagamos, pues, memoria. Corría el año 1873. Tras tres meses en el cargo, harto de situaciones kafkianas en el Parlamento, el primer presidente de aquella República fallida, el catalán Estanislao Figueras, gritaba en un Consejo de Ministros su célebre frase: “Señores, no aguanto más. Seré franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!”. Poco después y sin previo aviso, tomó el primer tren que salió desde Atocha rumbo a Francia.

Le sucedió en la presidencia otro catalán, Pi i Margall, que no tuvo más brillante idea que perseguir el proyecto de una Constitución Federal. Había que reconocer la singularidad del más recóndito valle de España y conceder lo que ahora algunos catedráticos de la engañifa semántica denominan el “derecho a decidir”. Y claro, se armó la marimorena.

Cataluña, Jaén, Granada, Cádiz o Málaga se proclamaron independientes. Igualmente Alcoy, Andújar, Torrevieja o la pequeña localidad toledana de Camuñas, cuyos mil y pico vecinos de entonces seguro que soñaron siempre con ser nación. En el colmo de lo grotesco, Granada declaró la guerra a Jaén, mientras el pueblo de Jumilla amenazaba a otras “naciones” murcianas.

También Cartagena se acantonó. Y un agricultor, el célebre “Antoñete”, decidió que lo suyo ya no era la huerta y ordenó el asalto de las fragatas leales al gobierno ancladas en el puerto. El abordaje fue al grito de “¡a toa máquina!” y debía culminar enarbolándose una bandera roja en el castillo local para indicar que la ciudad era libre al fin. En un desconcertante giro de los acontecimientos, los independentistas izaron la bandera de Turquía porque no tenían a mano otra totalmente roja. El presidente Pi y Margall abandonó el cargo a los 37 días ante tal galimatías.

Casi siglo y medio después, la borrachera independentista reverdece, bien es cierto que con otros matices, con una sociedad más madura y un Estado más sólido. Lo que no cambia son las ganas del nacionalismo y la nueva izquierda radical `tercerepublicana´ por hacer el ridículo.

Vivimos tiempos en los que los batasunos de Bildu, los que aún no han condenado a ETA, remiten cartas a la Embajada de Estados Unidos en España felicitando a Trump por su victoria y, eso sí, olvidando a los vascos que se exiliaron allí por el terror de ETA, mientras su líder Otegi no pudo viajar a Cuba a despedir al dictador Castro, su referente “ético y político”, porque Estados Unidos mantiene la prohibición de que sobrevuele su espacio aéreo por pertenecer a Batasuna.

Por el sur, los líderes del Sindicato Andaluz de Trabajadores, el del alcalde de Marinaleda y el diputado de Podemos Diego Cañamero, siguen apostando por la independencia de Andalucía, jaleados por sus correlegionarios ‘podemitas’, los del ‘Bódalo Free’. Por el este, los socios del PSOE de Baleares, los independentistas de Més, gritan ‘Mallorca libre’ vía referéndum, mientras miembros de Compromís en Valencia, socios de Podemos, se manifiestan a favor del independentismo y colocan la bandera nacionalista, la catalana, hasta en el Parlamento Europeo.

Eso sí, nada comparable a lo de Cataluña, donde lo que queda de Convergencia, es decir la antigua derecha burguesa, se ha aliado con los antisistema ‘cuperos’ de la izquierda más radical para deleitarnos con la batasunización de la sociedad. Decía esta semana Francesc Homs, portavoz en el Congreso, que en 2017 volverán a poner las mismas urnas que colocaron en 2014, y que no sirvieron para nada. Urnas que el Tribunal Constitucional acaba de de declarar ilegales. Dice Homs que las pondrán aunque haya quien les envíe “matones” para retirarlas.

La miopía de Homs es evidente a la hora de lanzar hipérboles: a los matones ya los tiene a su lado. Son los de las CUP, los que sujetan al Gobierno de Puigdemont. Los matones son los que queman o guillotinan las fotos del Jefe del Estado. Son los que por las noches se ponían en las barricadas para atacar a la Policía en el barrio de Gràcia y por la mañana se volvían concejales de Barcelona. Son los radicales separatistas que esta misma semana agredieron a jóvenes de Societat Civil Catalana al grito de “terra lliure”, el mismo nombre que recibió la banda terrorista catalana que intentó emular a ETA. Porque en la Cataluña libre y nacionalista todo es buen rollito hasta que alguien expresa sus ideas en público y éstas no coinciden con el independentismo. Ésa es la batasunización de la sociedad.

En las Repúblicas que hubo en España, la tensión nacionalista siempre fue un gravísimo foco de conflictos y algaradas. Pero la España actual no cometerá el mismo error. Hoy nadie duda de que los últimos 40 años de nuestra Historia, gracias a esa Constitución que los de Podemos tanto denostan, han sido los más prósperos y con mayor Libertad de España. Tenemos un Estado fuerte, con españoles deseando vivir en armonía y unidad. Y un Gobierno sólido que nunca aceptará nada que vaya contra la Ley o la soberanía nacional.  Diálogo con todos sí, pero no para que haya quienes quieran impedir la igualdad de todos los españoles. Porque los “Antoñete” del siglo XXI no deben conducirnos a otro desastre. Su tiempo ya pasó. Aunque ellos aún no lo sepan.

PLATA O PLOMO

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“El terrorismo nace del odio, se basa en el desprecio de la vida del hombre y es un auténtico crimen contra la humanidad.”  Juan Pablo II

El escritor Oscar Wilde fue uno de los primeros publicistas del mundo. Su famosa frase “que hablen de ti aunque sea para mal”, se convirtió en un estilo de vida gracias al que logró erigirse en una figura indiscutible de la cultura popular contemporánea. Esto también lo tienen claro los gurús del marketing y por eso una de sus máximas es aparecer en el mayor número de conversaciones posibles: ser visible. Que hablen de ti, aunque sea para mal.

Arden las redes sociales en los últimos días en torno a la provocativa campaña publicitaria de la serie Narcos instalada en la Puerta del Sol, mediante la que vemos al sanguinario narcotraficante Pablo Escobar rememorando el tradicional villancico “Oh, blanca Navidad”. Partidarios y detractores (me declaro abiertamente detractor) defienden o denostan una campaña publicitaria que ya ha conseguido más impacto que muchas otras recientes. Porque su mayor éxito es que se hable de ella.

Una de las frases que definió el régimen del terror de Pablo Escobar fue “plata o plomo”. O pagas o mueres. Esta semana otra ficción televisiva se encargaba de recordarnos los años de máximo terror de ETA en España, los años de plomo basados en la misma filosofía de Escobar: o extorsión o sangre. Una miniserie, El padre de Caín, que ha servido para hacernos recordar un tiempo en el que la banda terrorista llegó a cometer una media de un asesinato cada 3 días.

Seguramente la muy discutible calidad narrativa de El padre de Caín la hubiera convertido en un pobre producto de ficción, emitido casi de incógnito, en fechas festivas, sino hubiera sido porque también ha hecho arder las redes sociales y otorgarle visibilidad.

Los hooligans de la izquierda radical y los nacionalistas de la nueva casta no tardaron en echarse al monte en contra de la miniserie. Muchos de ellos aún mecían en la cuna mientras los terroristas de ETA abrían casi a diario los telediarios con un sanguinario atentado. Pero las redes sociales les permiten visitar el vertedero ideológico una y otra vez. La algarada, ya se sabe, funciona mejor bajo la capucha del anonimato. Eso sí, entre esos centenares de mensajes no tuvimos la fortuna de encontrar ninguno condenando a ETA.

Es preocupante la indiferencia que encontramos entre los ‘rufianes’ y los ‘espinares’, hijos de la Democracia, a la hora de condenar a ETA y de reconocer a las víctimas del terrorismo. Un ejemplo se vivió en el Congreso, durante la segunda votación de la investidura de Rajoy, cuando los mismos de siempre “los de la gente” y los nacionalistas, ovacionaron a Bildu y se quedaron sentados cuando se aplaudió el honor de las víctimas de ETA. Son los mismos que consideran a Otegi un “hombre de paz”, el mismo Otegi que disfrutaba de un paseo por la playa de Zarautz mientras Miguel Ángel Blanco era vilmente asesinado. Los mismos ‘espinares’ que se sientan junto a un senador de Bildu procesado por pertenencia a ETA y no exigen su dimisión.

O los mismos que en Navarra -en este caso con el cobarde apoyo de representantes del PSOE navarro- toman la calle para defender y pedir la libertad de los agresores de dos guardias civiles -y de sus novias- en Alsasua. Su argumento era que todo se había basado en una “pelea de taberna”. Hoy sabemos que sólo tres días antes, algunos de estos agresores detenidos, ya habían intentado enfrentarse a uno de los guardias civiles agredidos y a otros números del Cuartel a la puerta de la iglesia del pueblo. Ocurrió el 12 de octubre. El mismo día en el que muchos políticos de la izquierda radical y nacionalista llamaban a la rebelión contra España y rompían con soberbia la orden judicial que impedía la apertura del Ayuntamiento de Badalona.

Si algo nos ha enseñado el episodio de Alsasua es para recordarnos que ETA no está desaparecida, que aún no ha entregado las armas ni ha pedido perdón a las víctimas. Y que sus hijos bastardos, los de la ‘kale borroka’, siguen campando a sus anchas e imponiendo su régimen de terror con el silencio cómplice de la izquierda radical y los abertzales. Si la violencia es una expresión definitiva del miedo al adversario, lo que ha quedado demostrado en Alsasua, es que existe otra violencia más refinada, otro ‘plomo’ que se aplica en forma de imposición ideológica. Y lo aplican quienes salen a las calles para pedir la libertad de los agresores de dos hombres y dos mujeres, quienes siguen sin honrar la memoria de las víctimas del terrorismo y todavía no han condenado a ETA con firmeza ni en las calles ni en las instituciones del Estado.

Llegará el momento en el que les suceda como a Pablo Escobar al final de sus días, mirando a su alrededor para percatarse de que, tras años de plomo, ya no quedaba nadie a su lado para justificar sus crímenes. Mientras eso llega, la inmensa mayoría de los españoles mantendremos viva la Verdad, Memoria, Dignidad y Justicia de las víctimas del terrorismo, porque los casi mil muertos de ETA merecen ser recordados cada día. Una sociedad no progresará sino reconoce la lucha de sus héroes. Y las víctimas de ETA fueron héroes. Todos.