EL RESURGIR DE LAS DOS ESPAÑAS

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“La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de sus deseos”. Goya

A lo largo de nuestros dos últimos siglos de Historia, hay quienes se han empeñado en persistir en una visión dicotómica de nuestro país, en una España partida en dos y en permanente confrontación. El mito comenzó a nacer tras la caída de la Constitución de 1812. Durante mucho tiempo, por cierto, el sector más progresista de nuestro país ha reivindicado los principios de aquella Constitución, frente a quienes en su día agitaron su animadversión hacia las ideas procedentes de la Revolución Francesa, algunas de las cuales formaban parte de aquel texto y otras no. Por ejemplo, la izquierda siempre ha considerado que “la Pepa” era un ejemplo del intenso laicismo que ellos ahora promulgan dos siglos después, sin entrar a reparar en aspectos como que en aquella Constitución se fijaban artículos como el que reconocía que “la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana, única verdadera”.

Pero más allá de la utilización política contemporánea que la izquierda realiza de aquel texto, efectivamente la Constitución de 1812 fue un episodio clave para nuestra nación. Suponía que una sociedad como la española, que aún luchaba contra el invasor francés, se diera la oportunidad de iniciar un nuevo camino político y social. El problema es que aquellas dos Españas, la de quienes defendían su primera Carta Magna y la de quienes la atacaban por afrancesada, era muy minoritaria, porque entre medias había una inmensa mayoría del pueblo que no gritaba “Viva la Pepa”, sino “Viva Fernando y fuera los franceses”. Como dijo el historiador Blanco White, a la Constitución de 1812 se le olvidó lo más importante: el pueblo. Y de eso se aprovechó el funesto monarca Fernando VII para abolirla al poco tiempo de cruzar los Pirineos con los Cien mil Hijos de San Luis.

A partir de entonces, el mito de las dos Españas -una avanzada, otra retrógrada- comenzó a consolidarse en un siglo XIX repleto de episodios de siesta y navajazos, agitación de casino, alzamientos militares y espadones, de sentimiento trágico y falsas esperanzas, siempre al albur y excusa del futuro de la nación. Como bien retrató Francisco de Goya a modo de metáfora, era aquella España del duelo a garrotazos entre españoles. Garrotazos que nuevamente dejaban al pueblo en un segundo plano. Ese pueblo que no entendía el enconamiento de esas dos visiones enfrentadas que desembocó en episodios truculentos como la I República, que apenas duró un año ante su inmenso fracaso; que luego fue sometida a la etapa del turnismo, con Cánovas y Sagasta, con los conservadores y liberales, repartiéndose el poder político como gran solución a todos los conflictos; y que por último, desembocó en una II República tan llena de excesos que fue el caldo de cultivo para que las dos Españas se retaran a duelo y sangre en la Guerra Civil. La también llamada Guerra Civil de 1936, porque durante el siglo XIX hubo otras guerras civiles. Otros duelos a garrotazos.

Como muchos historiadores hoy reconocen, el mito de esas dos Españas escondía una realidad aún más cruda, la de una tercera España que asistía atónita e impotente al devenir de los acontecimientos. Esa tercera España estaba formada por muchísimas personas, se podría decir que la mayoría de la población, cuyo único interés era proveer de futuro a su familia y vivir en una nación en la que la Justicia y la Libertad rigieran sus destinos. Pues bien, esa tercera España asistió muda y defraudada al agrietamiento de una nación entera. ¿Cuántas veces alguien ha escuchado a alguna persona mayor decir aquello de que en la Guerra del 36 le “tocó” ser de un bando por el lugar donde residía?

La aceptación del pasado y un gran acuerdo por la reconciliación nacional, como fuente de una nueva legitimidad, fueron las claves que propiciaron el amplio consenso social en torno a la vigente Constitución de 1978. Una Carta Magna que cerraba casi dos siglos de Historia para construir un nuevo relato basado en la modernidad, el europeísmo, de Libertades y desarrollo social. Por eso no deja de ser desgarrador que ahora, en pleno siglo XXI, la izquierda española se empeñe en tratar de devolvernos al mito de las dos Españas. Es más que preocupante que ahora el PSOE de Sánchez -heredero de la memoria histérica de la era Zapatero-, y los de Podemos, esos que como dijo Garzón -el killer de IU- son los nietos de quienes “no pudisteis fusilar”, quieran reabrir la división entre los españoles mediante un lenguaje cargado de confrontación y rencor.

Si nos retrotraemos al discurso marxista en torno a la necesidad de una permanente lucha para construir un nuevo relato social, en cierto modo es comprensible que la izquierda se eche en brazos de volver a fracturar a los españoles. No saben salir del marxismo más arcaico. No hay nación europea cuya izquierda política pierda más tiempo en estas piruetas ideológicas. No han evolucionado. O mejor dicho, han retrocedido.

Los que sí que hemos evolucionado somos el resto de los españoles. Si algo nos han demostrado estos años de Democracia, es que España es una nación cada vez más sólida y fuerte, capaz de lograr los mayores éxitos cuando avanza en una misma dirección, de resistir todos los envites y encerronas que la historia coloca en el camino a modo de trampa.

El tiempo nos ha brindado la oportunidad de comprender que con el poder y la fuerza de todos los ciudadanos, somos capaces de superar con éxito los mayores desafíos. Ya no somos el país del duelo a garrotazos, no somos el país de las dos Españas irreconciliables, por mucho que desde la izquierda insistan en agitar fantasmas del pasado. Su sermón es tan caduco que cada vez son menos quienes se lo compran.

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TURISMO BORROKA

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“Caminante no hay camino, se hace camino al andar.” Antonio Machado

Uno de los motores del desarrollo económico y de la apertura exterior de España durante la década de los sesenta fue el crecimiento sostenido del turismo extranjero que visitaba nuestro país. Un fenómeno que, más allá del retrato caricaturesco de películas que presentaban al José Luis López Vázquez de turno fascinado por la presencia de las suecas en la playa, lo cierto es que produjo una gran entrada de divisas que supusieron un refuerzo para consolidar nuestra economía, propició un fuerte impulso a la modernización de las infraestructuras y conllevó un aperturismo evidente en la propia sociedad española, que volvía a mirar a Europa con fraternidad y hermandad. Un fenómeno que también sedujo a los propios españoles, que se montaban en el Seat 600 para descubrir unas playas que muchos de ellos desconocían.

Allá por el año 1990, visitaron nuestro país más de 52 millones de turistas extranjeros. En aquellos años hubo un progresivo descenso que sólo se revirtió en el año 1992, cuando España realizó su mayor campaña de turismo mundial gracias a los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla y la Capitalidad Cultural de Madrid. Para este año, las previsiones nos hablan de que nos visitarán más de 83 millones de turistas extranjeros. Somos el país europeo que más interés despierta a nivel turístico. Oiga, los líderes. Y en todo el planeta, el segundo país que más turismo recibe. Y no sólo por el sol y la playa, sino por nuestra cultura, patrimonio monumental, historia y raíces multiculturales.

Pero en el nuevo relato de la postverdad que con fruición presenta la izquierda radical de nuestro país, todo lo que es bueno para España es malo para ellos. Porque la izquierda radical española, la sucursal chavista en Europa, los hijos pródigos de Maduro, estos antisistema de libro, tienen muy claro que para que su relato triunfe, primero tienen que arrasar con todo lo que genera crecimiento, empleo y riqueza, con todo lo que suene a éxito español. O como dirían en su lenguaje, a todo lo que suene éxito del “Estado”, porque ya sabemos que a ellos la palabra “España” no les gusta. Porque “España” es sinónimo del éxito y progreso de una nación durante muchos siglos. Y eso les suena mal.

En medio de las celebraciones de los 25 años de aquel año 1992, en el que todos los españoles -por cierto, trabajando unidos, sin divisiones territoriales ni diferencias políticas- presentaron al mundo lo mejor de nuestro país, la izquierda más radical ha emprendido una nueva cruzada en busca del fracaso de España. Y esta vez la víctima es el turismo, la principal industria de nuestro país, la que tantos años ha costado impulsar, modernizar y convertirla en un motor de creación de empleo. ¿Qué mejor forma de destruir España que atacando a quienes más empleo crean, asaltando autobuses turísticos o haciendo escraches a la puerta de los hoteles en Barcelona o atacando a la hostelería y la hotelería en Palma de Mallorca?

Los autores de tales ataques no podían ser otros que Arrán, el brazo más joven y kale borroka de los muy batasunos de las CUP, estos que quieren borrar cualquier rastro de españolidad de las calles de Barcelona, incluida la estatua de Colón, y poner un economato en la catedral gótica. Los mismos lumbreras que en su profundo odio a España, te sueltan que el condenado por pertenencia a ETA, señor Otegi, era un “preso político”, cuando aún no han tenido el valor de condenar a dictaduras como la de Venezuela que secuestra a líderes opositores como Leopoldo López, sacándole a rastras de noche de su casa, y tiene a más de 500 presos políticos en las cárceles. Y como los grupos antisistema de la izquierda radical tienen vasos comunicantes con el mundo filoetarra, ya han comenzado a sumarse al fenómeno los jóvenes herederos de Batasuna en el País Vasco.

Una intensa campaña contra el turismo que no es casual que se produzca en el año en el que España espera a su mayor número de turistas extranjeros, alcanzando los 83 millones de personas, y en el momento en el que gasto medio que realiza el turista en nuestro país volverá a crecer por encima de los dos dígitos: este año un 13,2%. Y el problema no es que estos niñatos radicales de las CUPtasuna campen a sus anchas, sino que desde gobiernos como el de Cataluña o Baleares haya reacciones tibias y falte la mayor de las contundencias a la hora de condenar estos hechos. Porque oiga, la violencia es violencia. La ejerza quien la ejerza. Y contra quien se ejerza. Pero claro, qué reacción cabe esperar contra las juventudes de las CUP desde un gobierno cuyo presidente quiere saltarse la Ley para romper España y ya ha anunciado que desobedecerá cualquier decisión del Tribunal Constitucional.

Y ya no digamos nada de la ínclita alcaldesa de Barcelona, en cuyo caso no puede realizar una condena firme de ataques como el producido a un autobús turístico o al servicio municipal de bicicletas, cuando ella misma también emprendió una lucha contra el turismo y los hoteles de 5 estrellas, a los que les paralizó cualquier licencia nueva de apertura. A la alcaldesa cabría recordarle que el turismo deja en Barcelona un impacto de más 2.000 millones de euros al año. Cerca de 1.200 negocios y más de 26.000 empleos dependen del turismo que llega a Barcelona.

Sobre algunos de los problemas que inevitablemente ha traído el elevado número de turistas que nos visitan, se puede y se debe hablar. Porque es cierto que los centros urbanos no pueden ser víctima de la gentrificación, ni convertirse en espacios orientados en exceso al turismo; y también es cierto que hay que actuar ante la aparición de apartamentos turísticos no regulados, que generan problemas de convivencia vecinal y son competencia desleal para quienes sí pagan sus impuestos.

Pero a esta pandilla de radicales del turismo borroka de Arrán y las CUP cabría recordarles una cosa: ahora ellos también son casta. Los antisistema están en las instituciones, por muy antitodo que se ufanen de ser. Y es desde las instituciones, llegando a pactos con otras fuerzas políticas, como se pueden establecer medidas consensuadas que supongan una modernización y progreso del sector turístico. Porque el turismo ya representa el 11,2% del PIB de España, y no podemos renunciar a un sector económico en el que somos líderes, y que incluso en los peores años de la crisis económica, ayudó a España a no caer aun más hondo en el precipicio. Pero claro, en el vocabulario de la izquierda radical no aparece el verbo “pactar”. Ellos son más de imponer y de parapetarse detrás de las barricadas. Es mejor agredir lo que no te gusta, que tratar de dialogar. Y así nos irá con estos extremistas. Porque lo peor no es que existan las CUP, sino que hayan llegado incluso a condicionar el nombre del presidente de la Generalitat

 

CATETADA NUI

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“Yoko Ono podría ver en Gran Hermano VIP una fuente inagotable de creatividad.” Nacho Canut

Esta semana hemos vuelto a constatar el fracaso de esa catetada nacionalista que consiste en que en otros países del mundo aparezca un fulano que te dé la razón a todo lo que le dices. Lo de menos es su relevancia institucional o social, cuando de lo que se trata es de que alguien se convierta en un abajo firmante. El Gobierno de Cataluña ha gastado mucho dinero público -el de todos, nacionalistas o no- en eso que ellos han llamado de forma cursi “la internacionalización del procés”, y que ha llevado al loco Carioco de Puigdemont y a su fiel Romeva a pegarse durante un año y medio una gira por algunos países buscando convencer, al primero que pasara por la calle, de las bondades de su proyecto, el de romper España y su máxima Ley: la Constitución.

El resultado ha sido demoledor: ningún país ha apoyado a los secesionistas. Oiga, ni las Islas Feroe o Panamá, que para Jordi Pujol fueron en su día un ejemplo de independentismo, aunque luego descubriéramos que en el fondo la madre superiora y él eran más andorranos de corazón.

Sin duda, tal catarata de apoyos internacionales ha sido un éxito sideral del autodenominado “ministro de Exteriores catalán”, señor Romeva, el mismo que hasta hace unos años lanzaba duros ataques a Convergencia cuando era eurodiputado en Bruselas, donde Puigdemont hizo uno de sus mayores ridículos internacionales, dando una conferencia con público de relleno “de casa” y sin que ninguna autoridad europea fuera a escuchar las sesudas palabras del líder del procés. O en Estados Unidos, donde a costa del bolsillo de los catalanes se reunió con el expresidente Jimmy Carter, aquel productor de cacahuetes que duró una presidencia, y que en una visita a Madrid cenó churros con chocolate, y tras cuya reunión le dijo a Puigdemont que en la cuestión de Cataluña no se iba a involucrar.

Y claro, como no hay mayor catetada nui que el hecho de que alguien del extranjero se convierta en abajo firmante, el loco Carioco y los suyos se han pasado el último año tratando de recoger firmas de ilustres personalidades de la cultura que apoyaran la secesión. Y sólo han encontrado a personajes como Silvio Rodríguez, ese que cuando murió Fidel Castro concertó una entrevista con la televisión cubana, y cuando la periodista, muy educada, le saludó dándole los buenos días, respondió con aquello de “no son buenos los días”, y se largó sin dirigir más la palabra a los periodistas; o la ínclita Yoko Ono, que no contenta con haber contribuido a la ruptura de The Beatles, ahora firma para romper España. Y ese manifiesto, con todos los abajo firmantes extranjeros, se hace público un día después de que aparezca en un periódico un reportaje del escritor Juan Cruz entrevistando a cantantes y escritores catalanes como Serrat, Marsé, Coixet o Mendoza, que se posicionan claramente en contra del referéndum.

Vaya por delante que yo no soy muy partidario de los manifiestos por el simple hecho de que los abajo firmantes sean artistas, o ese término tan pedante de “intelectual”. Porque ciudadanos lo somos todos. Con independencia de la profesión que se tenga. Y por eso a mí me parece igual de respetable la opinión de un albañil que la de un cantante. Pero basándonos en el trasfondo de lo que ha pretendido el nacionalismo catalán, gritando a los cuatro vientos el apoyo de tales artistas extranjeros, uno se pregunta: ¿En qué momento el independentismo se volvió tan demencial que prefiere el apoyo de Yoko Ono y guarda silencio frente a la opinión contraria de Joan Manuel Serrat?

La única respuesta es que desde hace mucho tiempo el independentismo catalán vive en una permanente huida hacia adelante. Sólo así se explican golpes de Estado como la aprobación hace unos días de una medida que permitirá aprobar leyes secesionistas en un sólo día, por la vía de urgencia y en lectura única. Es decir, acortando hasta dejar en la práctica inexistencia el debate parlamentario y vetando la presentación de enmiendas por parte de la oposición. Una cacicada bolivariana sólo comparable a las que protagoniza Maduro en Venezuela, para saltarse el control de cualquier organismo fiscalizador, y que pretende ahora hacer otra Constitución más a su medida aún. Pero claro, cualquier cosa es esperable de un president como Puigdemont que ya ha dicho que si el Tribunal Constitucional le inhabilita, el seguirá gobernando. A ver si así el secesionismo le convierte en un mártir cuando le saquen a rastras de la Plaza de Sant Jaume y consigue que le pongan una estatua al lado de la Virgen de la Moreneta.

La verdad es que nunca los radicales independentistas podían haber aspirado a tanta locura, ni hacer que el Gobierno de Cataluña cayera tan bajo. Pero a la espera de que los ciudadanos catalanes les pongan en su sitio en unas urnas de verdad, y no de cartón, lo que queda es recordarles aquella cita de Goethe que decía que a veces las personas son tan limitadas de mente, que creen siempre tener la razón. Y Puigdemont y los suyos son de esta clase de personas.

LA PERSISTENCIA DEL SURREALISMO

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Declaro la independencia de la imaginación y el derecho del hombre a su propia locura.” Salvador Dalí

 

Dijo en una ocasión Salvador Dalí aquello de que “el payaso no soy yo, sino esa sociedad tan monstruosamente cínica e inconscientemente ingenua que interpreta un papel de seria para disfrazar su locura”. Buena parte de lo que está sucediendo en Cataluña tiene de eso: de cinismo e inconsciencia revestida de una presunta pomposidad para darle el carácter de seriedad.

También hay mucho de surrealismo, como lo que le ha sucedido al propio Dalí, 28 años después de su muerte. Ha aparecido una señora, pitonisa de profesión, que asegura ser hija ilegítima de Dalí. Un juzgado ha tenido a bien considerar la demanda de paternidad y el teatro museo del artista en Figueras se vio esta semana rodeado de científicos y expertos, en plena noche, cuando ya no había turistas, para levantar la losa que cubre la tumba del pintor, losa que pesa nada menos que una tonelada y media. Ninguno de los asistentes pudo acceder con dispositivos capaces de reproducir imágenes y hasta el techo se tapó para evitar que algún dron cotilla apareciera por el lugar. Este acontecimiento sería digno de la vida rodeada de surrealismo que protagonizó el propio Dalí: una pitonisa que dice ser su hija ilegítima, una tonelada y media de losa a levantar, un embalsamador que nos detalla que lo más importante en su momento fue el cuidado del bigote del artista a la hora de embalsamarlo… Buen material para un telefilm de sobremesa del fin de semana.

La apertura de la tumba del genio de Figueras es a la vez una perfecta metáfora del momento que atraviesa Cataluña, merecedor también de una telenovela por episodios. El surrealismo se ha instalado en unos dirigentes que, aferrados a la estelada, pretenden emular al célebre cuadro “La Libertad guiando al pueblo” de Delacroix, un lienzo donde el espectador sólo tenía dos posibilidades: unirse a la masa, o ser arrasado por ella. Esa dicotomía es a la que han arrojado a la sociedad civil catalana, cada vez más fracturada por unos dirigentes irresponsables que te dicen aquello de que o estás con ellos (o sea, con la ruptura ilegal con España) o estás contra Cataluña. No caben medias tintas.

Y sino que se lo digan a los purgados en los últimos días, todos aquellos miembros del gobierno catalán que han sido dimitidos por dudar de la persistencia del surrealismo de Puigdemont y Junqueras. Una purga que encima nos están vendiendo con un trasfondo propagandístico, emulando esas películas épicas en las que el héroe se rodea de los más rudos y valientes hombres para dar la batalla final por sus objetivos. Por cierto, todos los dimitidos eran de la antigua Convergencia, ninguno de ERC. La purga sólo le toca a lo que queda del partido de Puigdemont, mientras el señor Junqueras -que sepamos- aún no ha firmado ni una sola decisión encaminada a dar forma al pretendido referéndum ilegal, ese del que hablan cada día pero que aún no ha sido ni convocado formalmente en el Parlament, por aquello de que la inhabilitación de quienes lo ratifiquen penderán del hilo de la inhabilitación del Tribunal Constitucional.

Aunque los verdaderos artífices a la hora de ponerle la pimienta a toda esta situación kafkiana son los socios de las CUPtasuna, los que quieren batasunizar a la sociedad catalana. Los amigos de condenados por pertenencia a ETA como Otegi, no tuvieron suficiente con decirnos que los hijos deben ser educados por la tribu o tratar de tirar el monumento de Colón en Barcelona. Ahora se nos han descolgado con otras sesudas propuestas a cual más pintoresca y seguramente pensada en alguna mala noche de esas en las que uno se viene arriba entre botellín y botellín. Por un lado, quieren expropiar la Catedral de Barcelona para convertir este edificio gótico en un economato. Y como son tan amigos de expropiar los bienes ajenos, ahora también se descuelgan pidiendo que los hoteles sean expropiados para acabar con el “lobby turístico” y de paso con una de las fuentes de ingresos más importantes para toda Cataluña: el turismo. Quien sabe si lo próximo será convertir la Sagrada Familia en una casa okupa, pero imagino que antes esperarán a que acaben las obras, para luego expropiarla como Dios manda.

El esperpento de las CUP-Jong-Un no pasaría de anécdota sino fuera porque estos sujetos son los que sostienen al gobierno catalán y le han llevado al disparate separatista. Esa burguesía de los barrios de Sant Gervasi o Pedralbes que tanto apoyó en su día a Convergencia, debe estar tirándose de los pelos al comprobar como estos jacobinos de las CUPtasuna son los que conducen ahora el tren de Cataluña. Sólo les queda ir afilando la guillotina en plaza pública para colocar las cabezasde todos los que no sean tan revolucionarios como ellos.

Y en medio de todo este lío, está la sociedad civil, que no entiende como sus dirigentes están más por la labor de la propaganda secesionista que por solucionar los verdaderos problemas de los catalanes. Sucedía hace unos días de nuevo en el acto de inauguración del nuevo parador de turismo de Lérida, acto al que asistió el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y en el que no hubo ninguno de esos dirigentes del gobierno catalán que luego te sueltan que Rajoy vive encastillado y sin querer dialogar. En esa inauguración perdieron una nueva oportunidad de diálogo. Y mientras el gobierno de todos los españoles sigue haciendo inversiones para mejorar las infraestructuras catalanas, como lo será el nuevo AVE que unirá Barcelona con Valencia, Puigdemont y los suyos sólo cruzan la Plaza de Sant Jaume para enfundarse la barretina y la estelada y decir que España les roba.

Frente a los caminos de la ruptura con España que no conducen a ningún lado, a lo que hay que apelar es a que la sociedad civil catalana lance un mensaje muy claro a sus gobernantes para recuperar el ‘seny’, el sentido común. Lo que debe hacer la sociedad catalana es reivindicar un proyecto abierto, plural y moderno, fraguado sobre generaciones de españoles que trabajaron por su país. Una España en el que caben todos. Y lo que debe hacer Puigdemont es abandonar la persistencia del surrealismo independentista y sentarse a dialogar de lo que de verdad importa a los catalanes, que lo que quieren es vivir en una sociedad más próspera y con más libertades, donde se respete la Ley y haya igualdad de oportunidades.

LA YENKA CATALANA

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Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.”

El Quijote

Cuentan los cronistas de la prensa catalana que a medida que se acerca la fecha elegida para realizar el acto ilegal del 1-O, el ambiente en el ‘Govern’ se ha vuelto aún más asfixiante y shakesperiano, con muchas suspicacias entre los miembros del ejecutivo catalán; sospechas -de momento no contrastadas- de escuchas telefónicas entre ellos; críticas internas de altos responsables de la antigua Convergencia que no entienden como ERC se está yendo de rositas en las sucesivas crisis afrontadas, y en consecuencia son la única formación secesionista que no se la pega en las encuestas; y con un interino president Puigdemont, que sabe que su estancia en la plaza de Sant Jaume tiene fecha de caducidad y ya no se fía ni de su sombra.

El cese del consejero Baiget por dudar del ‘procés’ le ha llevado a reunirse uno por uno con los restantes miembros del Gobierno catalán. Un ‘test de estrés’ para desenmascarar más traidores, no vaya a ser que alguien más titubee en público. Y como con las cosas de comer no se juega, Puigdemont ha puesto al líder de ERC, Junqueras, a organizar el teatro del referéndum ilegal y le ha ordenado irse el próximo martes a la tienda más cercana a comprar las urnas. Junqueras ahora tiene que saltar a escena y mojarse, no vaya a ser que cuando la farsa teatral se venga abajo, los de ERC sean el personaje secundario que recibe el aplauso del público y el resto de actores sufran la catarsis del tomatazo.

Cabe sospechar que en el fondo lo que Puigdemont quiere es que Junqueras se una a la lista de aquellos ilustres secesionistas que deberán responder con su patrimonio personal si se destina dinero público -el dinero de todos, independentistas o no- a financiar un referéndum ilegal que, como ya advirtió el Tribunal Constitucional, no puede ser pagado con fondos públicos. Una lista a la que dentro de poco se podrían unir los artífices de ese otro referéndum ilegal y chapuza del 9-N, los señores Artur Mas, Ortega y Rigau, que puede que tengan que depositar una fianza de más de 5 millones de euros, no vaya a ser que el Tribunal de Cuentas demuestre que se destinó dinero público a pagar unas cutre-urnas de cartón y demás dispendios que organizaron.

Lo único cierto es que Puigdemont y los suyos andan como pollos sin cabeza. Andan tan desnortados que se han convertido en bailarines para demostrarnos que el independentismo es como “la yenka”. Ya saben, un pasito adelante y otro pasito hacia detrás. Y por eso mientras se dedican a preparar el vodevil del 1-O y echarse los trapos sucios los unos a los otros- de momento, en privado-, le filtran a la prensa acérrima que pidieron a Rajoy en mayo una solución dialogada al ‘procés’, aunque, claro, siempre con la ruptura de la legalidad vía referéndum como premisa indiscutible. Otros que andan bailando ‘la yenka’ son esos alcaldes secesionistas, los que fueron con el bastón de mando acompañando a Mas a declarar ante el tribunal, y que han enmudecido desde que saben que si ceden datos personales de sus vecinos para elaborar censos electorales, se enfrentan a multas de hasta 600.000€.

Aunque los verdaderos maestros en bailar ‘la yenka’ son los de Podemos. Primero, miraban de perfil todo esto. Ahora, Iglesias Turrión dice que hay que poner las instituciones catalanas al servicio de un acto ilegal. Si Iglesias da este pasito delante es porque su propio partido se está resquebrajando con la ‘cuestión catalana’. Y lo hace por su ala más radical, la de los anticapitalistas, a cuyos brazos debe echarse una vez más porque sin ellos no hubiera vencido a Errejón en Vistalegre II. Al coro de entusiastas también se ha unido Ada Colau. Cabe entender que la alcaldesa será la primera en poner medios del Ayuntamiento de Barcelona para que se celebre el referéndum ilegal. Pero, llegado el caso, ¿escurrirá también su responsabilidad legal echándole el muerto de organizar todo a los funcionarios, para que sean ellos los que incumplan la Ley y no ella, como también ha intentado el Gobierno catalán?

Y entre medias de este lío, está el PSOE de Sánchez, que, como en las películas americanas, es ese chiquillo que no encuentra pareja para el baile de fin de curso, y se toma unos zumos con pajita en solitario al fondo de la sala. Ese PSOE de Sánchez que en municipios como Lasarte, San Fernando o Jerez no apoya que se rinda un homenaje a Miguel Ángel Blanco; o que en ocasiones te sueltan a su vicesecretaria general, Adriana Lastra, asturiana ella, a deslumbrarte informando de que “Asturias es un Principado y España es un Reino; y Principado y Reino son dos formas de gobierno distintas”, y luego te pone a Bolivia como ejemplo de lo quiere para España. Ese PSOE en el que Sánchez e Iceta se lían (y nos lían) con el invento del “plurinacionalismo”, que es como no decir nada. Porque nación sólo hay una. Se llama España. Y desde hace muchos siglos.

A medida que el disparate nacionalista se va apoderando de los independentistas y la izquierda radical, más claro queda que lo único que está consiguiendo el referéndum ilegal es dividir a los catalanes, y que esta película finalizará con la desfenestración del actual Gobierno catalán. Porque la fuerza de las leyes no necesita de tanto teatro como el secesionismo, ni de tanta ‘yenka’ de los artífices y adláteres de un acto ilegal en el que ni ellos mismos creen. Cataluña lo que necesita es diálogo, moderación y entendimiento para seguir construyendo un futuro conjunto entre todos los españoles, y no castillos en el aire, como hacen Puigdemont y los suyos.

LA TIRANÍA DEL OLVIDO

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Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.” Franklin

 

El dolor es un tirano más terrible que la propia muerte del ser querido al que lloramos. Pero se convierte en todo un infierno cuando quien lo sufre, se encuentra con el olvido de la sociedad que le rodea, y sólo le queda algún tímido hombro en el que, en soledad, apoyar el rostro cuando las lágrimas afloran en los ojos. La autopsia a los años de plomo de ETA que Fernando Aramburu realiza en su libro “Patria”, arranca con el alto al fuego de la banda y el olvido al que se intenta obligar a una viuda de una víctima del terrorismo, que se niega a resignarse a él porque los sanguinarios mafiosos de ETA digan que, de momento, no van a matar a más gente.

“¿Es necesario poner nombres y apellidos a ese dolor?”, se preguntaba un concejal de Podemos de Cádiz, para justificar que ni el alcalde Kichi, ni él mismo, ni el resto de concejales de la izquierda radical, fueran a votar a favor de que se le pusiera una calle en la ciudad a Miguel Ángel Blanco, concejal asesinado por ETA. Su argumentación, altamente sesuda como corresponde a esta clase de ralea intelectual, iba más allá al asegurar que el PP de Cádiz proponía dedicar una calle a Miguel Ángel por el simple hecho de haber sido concejal de ese partido.

Hasta aquí nada nuevo con esta patulea de la izquierda radical que nos ha tocado sufrir, por obra y gracia del apoyo del PSOE de Sánchez, que fue quien les puso en bandeja las alcaldías del cambio a peor. Porque el caso de Cádiz no es el único, y por desgracia sospecho que no será el último. Con parecidos argumentos, la izquierda radical también se ha lucido en San Fernando o Jerez. Y cruzando el Ebro, en el nuevo nomenclator de la muy modernuki, hispanofoba y cristianofoba Barcelona que le gusta a Ada Colau, se le quitan las plazas al Rey Juan Carlos I o a la plaza de la Hispanidad para que se llamen, por ejemplo, plaza de la República. Allí tampoco encuentran un espacio para recordar a Miguel Ángel Blanco. A los que Colau y los suyos sí ceden un local municipal es a quienes fueron a agasajar y aplaudir al dirigente etarra Arnaldo Otegi, ese que mientras España tomaba las calles llena de indignación por el asesinato de Miguel Ángel, se encontraba plácidamente tomando el sol en la playa de Zarautz.

Vivimos en un tiempo en el que si Consuelo Ordoñez, presidenta de Covite, pone placas en San Sebastián para recordar el nombre de las víctimas del terrorismo en el lugar en el que fueron asesinadas, va el Ayuntamiento y las quita. Y ya no digamos nada de ese otro concejal podemita de Alicante que te suelta, así sin anestesia, que lo de otorgar el nombre a una pista de skate en homenaje a otro héroe español, el recién asesinado Ignacio Echeverría, no le parece bien “porque no está demostrado que llevara un monopatín” el día en el que los terroristas yihadistas le mataron en Londres mientras intentaba ayudar a salvar la vida de un policía.

Es otro perfecto ejemplo de la nueva postverdad de la izquierda radical: la que ellos pintan y con la que tratan de convencernos de su relato. Supongo que este concejal de Podemos estará tomando el primer vuelo a Venezuela para comprobar si también los venezolanos que han salido a manifestarse contra el gobierno de Maduro (más de 90 víctimas ya en las calles) son absolutamente todos unos “fascistas”, como les llamó Monedero.

En estos días en los que estamos recordando el 20 aniversario de la liberación de ese otro héroe español llamado Ortega Lara -enterrado en vida en un zulo durante 532 días y al que los terroristas le pensaban dejar morir de hambre- y el aniversario del vil y cruel asesinato de Miguel Ángel Blanco, lo que está claro es que el virus maligno del olvido no nos puede tiranizar la memoria. Poco no se puede reescribir la historia del terrorismo en España al antojo de quienes consideran que es impropio recordar los nombres, los rostros y el motivo por el que fueron asesinados. Porque aquí sólo hubo víctimas y asesinos. Nada más.

Porque esta izquierda radical es la misma que hizo senador a un miembro de ETA como Josetxo Arrieta; es la misma que se alía con los representantes del brazo político de ETA en muchos Ayuntamientos del País Vasco y Navarra; son los mismos que convierten en “hombre de paz” a un condenado por pertenencia a ETA como Otegi; son los mismos que te hacen diputada en Madrid a una señora que acusa a la Policía de maltratar a los detenidos “de forma sistemática”, mientras se alegran de las absoluciones de miembros de las juventudes de ETA. Y hablando de recordar: todos estos son los mismos que salen a la calle para decirnos que los agresores de la brutal paliza a dos guardias civiles (y sus mujeres) en Alsasua, son gente pacífica y son las auténticas víctimas.

Por eso, para ellos es mejor olvidar el nombre y apellidos de las víctimas del terrorismo. Sobre todo porque así tratan de convencer de su postverdad a una generación de nuevos españoles que no creció con la sangre de españoles derramada en las calles por culpa de ETA. Pero frente a la tiranía del olvido que tratan de imponernos desde la izquierda radical, sólo cabe decir: Verdad, Memoria, Dignidad, Justicia para todas las víctimas del terrorismo. No permitamos que el paso del tiempo condene al olvido a ninguno de ellos.

EL LOCO CARIOCO

El_loco_carioco

“Los invasores serán expulsados de Cataluña.” Puigdemont

 

Es sorprendente la capacidad que tienen el independentismo y la izquierda radical para inventar una realidad paralela. Un Matrix propio, que ellos llaman “revisionismo histórico”, con el que tratan de ganar adeptos a la causa a base de administrar pastillas rojas a la gente. Pero las falsedades tienen un defecto: no sólo contradicen a la verdad, sino que muchas veces son incluso contradictorias entre sí mismas. Por mucho postureo ‘rufianesco’ con el que se trate de hacerlas más creíbles.

La antología del disparate es amplia y variopinta. En el caso del independentismo catalán, hemos tenido que soportar falsedades tales como que Leonardo Da Vinci, Cervantes y Santa Teresa de Jesús (sí, sí… ¡la de Ávila!) eran tan payeses como la butifarra. Los revisionistas catalanes también nos trataron de convencer de que Cristóbal Colón se enfundaba la barretina hasta que a unos malvados españoles les dio por decir que el viaje de Descubrimiento de América no zarpó desde el Ampurdán sino de Palos de la Frontera (Huelva).

Otro disparate habitual en el independentismo catalán es su pasión por compararse con otros países. Hace unos días, Puigdemont y Mas se pusieron la venda en los ojos y lanzaron un nuevo dardo al azar hacia un mapamundi. Esta vez el agraciado en el que hizo diana fue Dinamarca. Ahora, Mas y Puigdemont quieren ser la “Dinamarca del Mediterráneo”, a pesar de que este país sea una monarquía (lo cual difícilmente encaja con el republicanismo de los independentistas), sea un país unificado ya en el siglo X y los primitivos vikingos daneses provocaran el terror cada vez que se acercaban por el Mediterráneo. Pero algo tendrá Dinamarca que se nos escapa al común de los mortales.

En el colmo del dislate, el dúo Puigdemont-Mas nos han advertido de que ellos aspiran a crear unas “Naciones Unidas de Europa”, confundiendo una estructura de organización internacional con un modelo de organización supranacional entre países. Claro, debe ser que a los intelectuales del independentismo se les queda pequeña la Unión Europea, ese club al que dejarían de pertenecer tras cometer el atropello secesonista. Y por eso es mejor crear otro modelo diferente a la UE, el que les encaje a ellos.

Pero en esto de emularse con otros países, el verdadero maestro fue Jordi Pujol. Un catedrático de Geografía con el que los catalanes conocieron el planeta. Pujol nos dijo que Cataluña debía seguir ejemplos como el de Letonia, Lituania, Panamá, las Islas Feroe, Puerto Rico, Quebec, Irlanda (aunque luego más de Irlanda del Norte)… incluso hasta walon y flamenco al mismo tiempo. Antes de la guerra que desmembró a Yugoslavia, nos alentaba a seguir su modelo federal, pero cuando las bombas empezaron a llover, se nos hizo esloveno y animó al presidente de aquel país a radicalizar su postura nacionalista. Con Pujol se viajó mucho, aunque con el tiempo, el ‘president’ nos demostrara que a donde más le gustaba ir era a Andorra.

Esta pasión a la hora de viajar no es única en los independentistas. A ese engendro ideológico llamado Podemos, también les gusta. Pablo Iglesias se dio mucha prisa en fotografiarse con la Siryza de Grecia, hasta que Tsipras y Varoufakis tardaron 3 días, 3, en aceptar que las principales medidas que prometieron para llegar al poder, no se podían cumplir. Luego se desplazó hasta Ecuador para elogiar al populista Correa y ponerle como ejemplo, mientras la prensa española explicaba que la cooperativa fundada por uno de los miembros de Podemos habría recibido 3 millones de euros del gobierno ecuatoriano. Podemos, ese movimiento en el que una senadora nos dijo que Ceuta y Melilla eran de Marruecos, un señor nacido en Argentina te convence de que Aragón debe ser independiente, pero a cuyos líderes, en el fondo, donde les gusta viajar es a Venezuela, Cuba e Irán.

El problema no es que los ungidos de la verdad suprema, ya sean secesionistas o izquierda radical, se crean sus propias mentiras. Lo verdaderamente dramático es que haya gente dispuesta a creérselas. Y peor aún es que el renacido Sánchez y lo que queda del PSOE, se sumen a la fiesta con alegre entusiasmo. Y ahí tenemos a Adriana Lastra diciendo que ahora el modelo de país a seguir es la Bolivia de Evo Morales, mientras se lía diciendo que un “principado” y “un reino” no son lo mismo. Ella, que es asturiana y candidatable a esta autonomía, desconoce por qué Asturias es un Principado y que el nombre hace mención al heredero de la corona de España. Y luego te surgen personajes como el alcalde de Blanes, de origen familiar andaluz, que también pide ser como Dinamarca y se abraza al independentismo. Ya sabemos a qué se refiere el PSOE con el “plurinacionalismo”: Donde dije España, digo desafío territorial.

Un buen amigo, el periodista Ramón Pi, con el que comparto tertulia semanal en Radio Ínter, suele comparar a todos estos lumbreras con el cómic del loco Carioco. Un personaje que residía en un manicomio y que por la noche conseguía un pase de nocturnidad para dedicarse a las más esperpénticas aventuras. El loco Carioco carecía de maldad, para él la locura era casi un placer. El problema de estos otros “locos Cariocos” es que sí tienen maldad. Y son capaces de hacernos creer que vamos camino del paraíso, mientras nos despeñamos por un precipicio. Prefieren una locura que entusiasme, a una auténtica realidad. Y el problema es que cuando se colabora con un loco, o no se advierte su locura, uno acaba igual que ellos. Y España no está para locuras ni revisionismos históricos. Está para construir un mejor país entre todos.