LA PEPA

Lo que caracteriza a la cultura liberal es el reconocer a la crueldad como el “Sumum Malum” –el primero de todos los vicios-. Así lo resumió Judith N. Shklar y así lo hemos interiorizado los liberales a lo largo de los siglos.

Aunque un tanto ávida de posteridad, esta visión de la tradición liberal, la nuestra, humanista, cristiana y occidental, se concretó en nuestro país al albur de los hechos vividos a comienzos del siglo XIX, cuando se realizó lo posible, se elevó el techo histórico de lo deseable y a partir de ahí se concretó el cambio de proyecto político. Pasando del mayor de los absolutismos al reconocimiento de que la soberanía residía en el pueblo.

Después de 200 años de aquella Constitución de 1812, podemos sentirnos satisfechos. Gracias a la gesta de aquellos diputados, que sobrevivieron a las fiebres, al odio, al rencor y a la guerra merced a sus ideas liberales y que fraguaron el “liberalismo gaditano”, hemos podido mantener el espíritu de la Democracia.

Este estricto retrato de las articulaciones valorativas subyacentes al espíritu de “La Pepa”, muestra hasta que punto, cualidades provisionales son fundamentales para fortalecer las obligaciones que una cultura contrae con la sociedad.

Un “yo” sin semblante, sin historia, sin conexiones con los otros y sin un conocimiento de la vida propia y de sus limitaciones no podría articular ni componer texto alguno que permitiera reconocer sin atisbo de duda la experiencia del rechazo y a la vez la valoración del pluralismo que engendró la división de poderes o la libertad de prensa en la Constitución de 1812. Ese es el espíritu liberal.

El día 19 de marzo es un día de Independencia, que, a pesar de no ser el del final de la guerra, sí consolidó las ideas que conquistaron su fin y en nuestro país la travesía de derechos, obligaciones y libertades que hoy nos tutelan.