PATRIA Y LIBERTAD

2_mayo

“El que no ama a su patria, no puede amar nada”. Lord Byron

Cada comunidad autónoma tiene un día grande fijado en su calendario. En la mayoría de los casos, la fecha es elegida por motivos puramente políticos, como sucede con aquellas regiones cuyo día grande coincide con la aprobación de, por ejemplo, su Estatuto de Autonomía, como sucede en Andalucía o Castilla La Mancha.

Son pocos los casos en los que esta festividad se asocia con una fecha histórica relevante. Un ejemplo de ello es Madrid. Cada 2 de mayo, los madrileños celebramos el Día de la Comunidad de Madrid. Y lo hacemos en honor y homenaje a todos aquellos madrileños que otro 2 de mayo, en este caso del año 1808, se levantaron en armas contra el invasor francés. Los españoles comprobaron que las tropas napoleónicas se asentaban en nuestro país no para cruzar hasta Portugal, como trataron de convencer a Carlos IV, sino para someterlo al poder omnímodo de Bonaparte. Aquel fue un episodio tan decisivo para la historia que marcó inexorablemente el devenir futuro de nuestra nación, como pocas fechas antes también lo hizo el Motín de Aranjuez que supuso la defenestración del último gran valido de la corona española, Manuel Godoy, y la desaparición de esta figura que había marcado el designio de España en anteriores ocasiones.

El 2 de Mayo fue principalmente un episodio de auténtica heroicidad, no por los resultados inmediatos que produjo, ya que el levantamiento del pueblo de Madrid no obtuvo el éxito esperado, sino porque ayudó a que los mártires de aquella revuelta sirvieran de ejemplo para que el resto del país iniciara una gran revuelta. Mártires como lo fueron los militares Daoíz y Velarde, que con la sola ayuda de un mosquete y un sable se atrincheraron para hacer frente a centenares de soldados napoleónicos y murieron en defensa de la Libertad y la Patria. Mártires como todos los fusilados en la montaña del Príncipe Pío, un día después, y cuya angustia y valentía retrató Goya para la posterioridad, desde su casa de la Quinta del Sordo a orillas del río Manzanares. ¡Cómo no sentir orgullo por ese madrileño que brazos en alto pide morir fusilado por haber defendido a España!

Este martes, Madrid volverá a recordar a sus héroes. Y lo hará defendiendo dos principios fundamentales: la defensa de la Libertad y los valores que nos han consolidado como una gran nación. Y volveremos a recordarles, a pesar de que muchos de los actuales madrileños desconozcan a fondo estos hechos, y no acierten a comprender la valentía de estos patriotas cuando caminen por las calles de Manuela Malasaña o Clara del Rey, contemplen la estatua de Daoíz y Velarde en la Plaza del 2 de Mayo o ni siquiera se paren a leer la placa en recuerdo a todos ellos colocada en el edificio que hoy ocupa la presidencia de la Comunidad de Madrid, a muy poca distancia de ese kilómetro 0 en el que tantos españoles y turistas quedan para reencontrarse con sus amigos y seres queridos.

Pero por eso mismo, nuestra obligación es recordar una y otra vez a quienes perdieron la vida por un objetivo tan noble y valeroso como defender la Libertad y la Patria. Porque una nación que desconoce su historia, es un pueblo secuestrado en su memoria colectiva. Es un navío que viaja a la deriva, con un capitán sin un rumbo fijo. Y también es nuestra obligación cimentar nuestra Historia colectiva como nación en estos tiempos en los que el fraude a nuestro propio pasado, el relativismo moral y el todo vale son las herramientas que la izquierda radical y los secesionistas agitan para intentar lograr sus espurios objetivos de desmembramiento y destrucción del país. Ya lo dijo Lord Byron: “El que no ama a su patria, no puede amar nada”. Huyamos de todos aquellos que se refieren a España como Estado, o que se empeñan desde sus púlpitos políticos y mediáticos en zaherir insistentemente nuestro pasado, presente y futuro.

Ojalá que todos los españoles se dejen imbuir del espíritu del 2 de mayo, del ejemplo de sus héroes y que los valores patrióticos se impregnen de nuevo en el corazón de todos los españoles. Porque España está por encima de las ideologías, desafíos territoriales ilegítimos y de opiniones personales. España es lo que nos hermana a todos en torno a unos valores comunes de solidaridad, progreso, bienestar, hermandad, paz y libertad, mal que le pese a la izquierda radical, siempre más preocupada en destruir España que en ayudar a construirla. Porque, citando también a Séneca, ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es la suya. Y España es la de todos.

LA BANDERA DE TODOS

la bandera de todos

“¡Español sois, sin duda! Y lo soy, lo he sido y lo seré mientras que viva,
y aun después de ser muerto ochenta siglos.” Miguel de Cervantes

Parece mentira que, en pleno siglo XXI, y en una de las naciones más antiguas del mundo, debamos estar recordando permanentemente la historia de nuestros símbolos, del conjunto de valores que representan la unidad y la libertad de todos los españoles, sin importar su credo o ideología política. Pero la izquierda radical se empeña en que debamos hacerlo cada año, especialmente cuando llega el 14 de abril, fecha que estos nostálgicos de la Historia, siempre contada a medias y a su beneficio propio, se arrogan para asaetearnos con su discurso caduco amparado en la bandera tricolor, que para ellos representa todo lo contrario de lo que debe representar la rojigualda, la bandera que desde los tiempos de Carlos III ha unido a todos los españoles.

El relato republicano indica que fue durante el Sexenio Revolucionario, entre 1868 y 1874, cuando nació la tricolor, pero no es así. Y es más, durante la I República nunca se reconoció esta bandera como el estandarte nacional, hasta el punto de que los independentistas cantonales de Cartagena enarbolaron una bandera roja en el castillo local para indicar que la ciudad era libre al fin. La tricolor ni la conocían. El republicanismo durante la Restauración no cambió la rojigualda y sólo comenzó a convertirse en un símbolo alternativo en la década de los 20. Su imposición como bandera nacional, 13 días después de proclamarse la II República en 1931, se hizo por decreto, sin consenso alguno, sin ser sometido a consulta nacional o a debate en las Cortes. Como dicen por ahí, se hizo “por el artículo 33”.

Conviene recordar la breve historia de la tricolor, que la izquierda radical ha convertido en su enseña nacional, justo ahora que también se cumplen 40 años de la legalización del Partido Comunista de España. La Transición española fue un ejemplo para el mundo por varios motivos. El principal de ellos, porque todos los españoles decidieron que la reconciliación nacional era un bien superior a las veleidades particulares de cada formación política.

Y por ello, precisamente otro 14 de abril, pero de 1977, el PCE, recién legalizado unos días antes, se reúne por primera vez y accedió a la petición que Adolfo Suárez le había realizado a Carrillo, en unos momentos muy tensos a nivel social: reconocer la Monarquía constitucional y la bandera rojigualda como elementos de unión de todos los españoles. “En lo sucesivo, en los actos del partido, al lado de la bandera de éste figurará la bandera con los colores oficiales del Estado. Consideramos la Monarquía como un régimen constitucional y democrático. Estamos convencidos de ser a la vez enérgicos y clarividentes defensores de la unidad de lo que es nuestra patria común”, declaró Carrillo. Y en aquel momento quedó claro que la Transición comenzaba a ser una realidad.

40 años después, los herederos directos del PCE, algunos de ellos hoy bien posicionados y con sueldo público en las filas de Podemos, reniegan de todo este proceso y nos dan su caduca chapa cada 14 de abril colgando la tricolor en cuanto espacio público pueden. Lo hemos visto en San Sebastián de los Reyes, Rivas Vaciamadrid, Sagunto, Silla, Navarra… Y en Cádiz, cuyo alcalde ha hecho la “Kichillada” de izarla nada menos que en la Plaza de la Constitución, un texto que fue votado masivamente por los españoles en las urnas, y en el que se recoge la bandera rojigualda como enseña nacional. Más le valdría a alcaldes como Kichi preocuparse más de los verdaderos problemas de sus ciudadanos que de andar provocando, porque mientras Kichi iza la tricolor en un mástil cutre que se vuela con el viento, Cádiz es la capital de provincia con más paro de España.

Pero el problema que vivimos actualmente va más allá de que la izquierda radical, tan experta en la algarada y el escrache, el efectismo político y la propaganda barata, nos diga que el régimen del 78 hay que abolirlo, considere que Carrillo fue un traidor, o se arrogue para sí la tricolor, que sólo fue oficial por decreto y sin consultárselo a los españoles, durante 8 de los más de 500 años en los que España es nuestra patria común.

El verdadero problema lo tiene el PSOE, que camina sin rumbo ideológico claro y en muchos de estos territorios compite con los del “partido del coleta morada” en ver quien es más radical. Y ahí tenemos ejemplos como el del PSOE de Navarra votando a favor de que la tricolor ondee en el Parlamento navarro. Los mismos que luego te pactan con Bildu, piden la libertad para los agresores de dos guardias civiles y sus mujeres, apaleados en un bar de Alsasua, o se hacen fotos en Euskadi con ese condenado terrorista y ahora autoproclamado “apóstol de la paz” llamado Otegi, que aún no ha pedido ni perdón a las víctimas del terrorismo.

Lo que necesita España es exactamente lo contrario: la moderación, recuperar el espíritu de esa Transición que ahora quieren demoler como si no hubiera concedido a España su mayor época de libertades y progreso. Este país no está para provocaciones gratuitas, ya sean enfundadas en tricolor o en fotos con terroristas. Este país lo que merece y necesita es acuerdos, es consolidar sus libertades, es respetar su historia y tradiciones, es trabajar juntos para afrontar los desafíos que tenemos por delante. Pero hay mucho tonto a las 3 que eso aún no quiere entenderlo, porque es más fácil provocar para conquistar a la masa, escrachar a quien no opina igual y luego echarse unas risas por el twitter. Incluso haciendo chistes miserables sobre personas fallecidas o víctimas del terrorismo. Todo les vale. Y no, no todo vale.

LA FOTO DE LA VERGÜENZA

La foto de la verguenza
Toda el agua de los ríos no sería suficiente para lavar la mano ensangrentada de un asesino” Esquilo, dramaturgo griego.
Quien no recuerda bien su pasado, debería abstenerse de mentir. O al menos, debería tener memoria para no cometer los mismos errores pretéritos. Así que, comencemos estas líneas refrescando algunos recuerdos. Corría el mes de agosto de 1998 cuando el PNV, Eusko Alkartasuna y ETA firmaron un acuerdo que demagógicamente denominaron como “una nueva era en el conflicto con España”.
Y digo bien demagógicamente, porque el único conflicto con España que existía en ese momento era el que protagonizaban unos matones mafiosos terroristas que asesinaban a sangre fría a periodistas, jueces, empresarios, miembros de los Cuerpos de Seguridad o Fuerzas Armadas, o políticos. Los señores del PNV, EA y ETA tuvieron las santas narices de firmar ese acuerdo un año después de que Miguel Ángel Blanco fuera vilmente secuestrado y asesinado, en una tarde de julio en la que millones de personas en todo el mundo clamaban por la libertad de Miguel Ángel mientras el señor Otegi se tostaba al sol de la playa de Zarautz.
Entre otras barbaridades, en aquel acuerdo a tres bandas se decía textualmente: “EA y EAJ-PNV asumen el compromiso de romper con los partidos (PP y PSOE) que tienen como objetivo la construcción de España y la destrucción de Euskal Herria”. Y ETA se comprometía a declarar una “tregua indefinida”. Aquel acuerdo dio paso pocos días después al Pacto de Estella, en el que todos los anteriores actores, sumados a la izquierda más radical, el condumio de asociaciones proamnistía, el mamandurrio de sindicatos abertzales y la kale borroka política se unían para aislar al PSOE y al PP y crear una “Udabiltza”, una nueva institución que aspiraba a integrar a todos los partidos y que daba alas a la ilegalizada Herri Batasuna para volver a las instituciones. El brazo político de ETA necesitaba tener voz en el parlamento vasco. Y financiación.
Aquel sainete duró lo que tardó el brazo político de ETA en ir aumentando sus exigencias. ETA anunció el final de su tregua un año después y el 21 de enero de 2000 volvió a asesinar. Lo que quedó claro es que aquella tregua fue una trampa, como siempre advirtió el gobierno de Aznar, y sirvió para que ETA siguiera recabando financiación a través de la extorsión a los empresarios vascos y lograr su rearme. Todo fue una gran mentira.
Cinco años y medio después de su anuncio del cese definitivo de la “actividad armada”, y una vez que las fuerzas de Seguridad del Estado les asestaron consecutivos golpes para su supervivencia, ahora ETA nos ha propiciado un nuevo sainete: el de su supuesto desarme. Un epílogo a décadas de asesinatos reconvertido en un acto propagandístico y de blanqueamiento de su historia, para ver si así algunos olvidan sus crímenes.
Este sábado dicen que van a entregar 45 bidones llenos de armas y explosivos, escondidos en zulos cercanos a la frontera de Francia con España. Un gesto al que seguirá un espectáculo circense de conferencias, manifestaciones y muchas fotos protagonizadas por unos supuestos verificadores internacionales y por grupos abertzales, autodenominados de forma muy cursi como “artesanos de la paz”, que serán quienes nos informen de que todo está correcto. ETA podía habernos ahorrado este circo: bastaba con que enviaran por GPS las coordenadas de sus zulos a la Guardia Civil. Y asunto zanjado. Y ya que estamos, que entreguen TODAS las armas, algo que las fuerzas policiales saben que no va a suceder.
Pero la ignominia es aún mayor. A todo este sainete se ha sumado otra romería abertzale. Otegi, ese “hombre de paz” que secuestró a un empresario vasco y fue condenado por pertenencia a ETA, reunió a representantes de todas las fuerzas políticas vascas, a excepción del PP, en una reedición euskaldun del “Pacto del Tinell”. A la foto de la vergüenza le siguió una declaración muy pomposa en el Parlamento vasco. Y a todos estos actos asistió de forma sonrojante el Partido Socialista de Euskadi, el mismo que perdió a tantos compañeros de filas a manos del terrorismo de ETA. Lo que logró esa imagen es expulsar a algunos de los que más han sufrido y a quienes fueron artífices de quienes han conseguido que ETA no consiga absolutamente nada después de 40 años de asesinatos y de extorsión al conjunto de la sociedad vasca. Menos mal que en el PP no olvidamos a nuestras propias víctimas y a todas las víctimas de ETA. No vamos a permitir que sean los terroristas quienes reescriban el relato de tantas décadas de asesinatos.
ETA ha durado tanto tiempo porque siempre contó con apoyo político y social, y sólo empezó a morir de inanición cuando se ilegalizó a su brazo político (aunque sigue manteniendo marcas blancas) y se le restó el apoyo de, entre otras fuerzas políticas, el PSE. Que se aplauda y que se diga que ETA es un “actor de la paz”, es tan vergonzoso como ver a los socialistas vascos, con los que tantos muertos hemos compartido, rebajar su nivel de exigencia a ETA y hacerle el juego a Otegi. Pero nada nuevo hay en la arena: también desde el Partido Socialista de Navarro se apoyó a quienes molieron a golpes a dos guardias civiles y sus mujeres en Alsasua, en un claro ejemplo de equiparación de víctimas y agresores.
Frente a esa foto de la vergüenza, lo que cabe es realizar otra foto: La de la Verdad, Memoria, Dignidad y Justicia de las víctimas del terrorismo. Porque mientras ETA se va de romería pacifista, quedan más de 300 crímenes sin resolver. No basta con entregar algunas armas: sus miembros con crímenes de sangre deben responder ante la Justicia. No basta con buscarse a unos observadores internacionales, como si Francia o España no fueran países democráticos, lo que tiene que hacer ETA es disolverse de una vez, someterse a la Justicia y pedir perdón a las víctimas del terrorismo. Porque ni los verdugos son víctimas, ni el relato de décadas de asesinatos puede reinterpretarse desde la única visión de los asesinos. Se lo debemos a las más de mil personas que dieron su vida y a miles de heridos y familiares. Sólo habrá paz cuando los malvados sean los auténticos perdedores. Se lo debemos a España.

EL DÍA DE LA MARMOTA

El dia de la marmota

– ¿Alguna vez ha tenido un déjà vu, señora Lancaster? 
– Creo que no, pero puedo preguntar en la cocina.
Bill Murray- Ángela Paton (Atrapado en el tiempo)

 

Cada día puntualmente a las 6 de la mañana, sonaba el despertador en la habitación de hotel del pequeño pueblo de Punxsutawney (Pensilvania). Y el presentador de televisión interpretado por el actor Bill Murray amanecía siempre en el mismo día, en la película “Atrapado en el tiempo”. “Hoy es el día de la marmota… ¡otra vez!”, afirmaba hastiado ante las cámaras de televisión, mientras la marmota nos volvía a informar de las semanas de invierno que aún aguardaban.

Me preguntaba un vecino de Brunete esta semana: “Alcalde, ¿y sobre qué tema centrarás tu próximo artículo de opinión?”. A lo que respondí: “Hablaré de nuevo de Cataluña”. ¿Otra vez?”, me reprochó con cierto rostro de cansancio. “Otra vez, querido amigo”.

A Cataluña le está pasando lo mismo que al País Vasco en la etapa de Ibarretxe. Todos los días los exégetas del relato histórico catalán se asoman a la ventana de la actualidad con alguna falsedad secesionista nueva. El espejo de Ibarretxe, que es en quien deberían mirarse Puigdemont, Mas y la fallecida Convergencia, es el más ilustrativo: el PNV terminó por hartarse de tanto secesionismo que les arrojaba a un precipicio legal y financiero; los ciudadanos les apartaron de la Lehendakaritza por primera vez en la Democracia; y el ala más moderada de la burguesía nacionalista vasca tomó las riendas del PNV. En definitiva, hubo un profundo hartazgo de la antología racista, xenófoba y antiétnica de los discípulos de Sabino Arana. Para radicales ya estaban los de Batasuna y los del tiro en la nuca.

Es curioso que cuando algo de racionalidad se ha asentado en el País Vasco -a excepción de los Bildutarras y sus fieles imitadores podemitas-, Mas, Puigdemont y los de las Cuptasuna tomen el testigo de la radicalidad secesionista en Cataluña, rozando en numerosas ocasiones el más absoluto de los ridículos.

Esta semana, el hombre elegido a dedo por Mas y Junqueras, el presidente Puigdemont, se marchaba otra vez al extranjero para explicar no sé cuantas bondades sobre “el procés” a alumnos universitarios estadounidenses, seguro que muy versados todos ellos en la auténtica historia de España desde que los Reyes Católicos la convirtieron en una auténtica nación.

Debe ser francamente divertido ver a Puigdemont por las universidades de Estados Unidos explicándole a jóvenes oriundos de Kansas o Texas que allá en el año 2010, cuando fracasó el “Estatut” que Zapatero pensaba votar a ciegas, fuera cual fuera su texto aprobado en el “Parlament”, se produjo una “brutal regresión de derechos civiles y poder político” en Cataluña. También es descacharrante escucharle equiparar su “lucha independentista” con el movimiento social que la comunidad afroamericana llevó a cabo en el país de las barras y las estrellas durante los años 60 en favor del reconocimiento de sus derechos civiles. Ahora resulta que Puigdemont se ha transmutado en un nuevo Kennedy y que su lucha es “por los derechos civiles de los catalanes”. Claro, sólo de los catalanes independentistas. Los auténticos para él.

Y lo dice la misma semana en la que Homs ha abandonado su escaño en el Congreso tras ser condenado por no hacer caso al máximo órgano judicial de nuestro país, el Tribunal Constitucional, por aquello de esas urnas de cartón que algunos misteriosos “voluntarios” colocaron en ciertos edificios públicos de Cataluña, ¡oh, misterios nacionalistas!, para que se incumpliera flagrantemente la Ley, aquel 9 de noviembre de 2014.

Uno se imagina la estupefacta cara de esos universitarios escuchando cómo se critica la falta de Democracia en España comparándola con la de Erdogan en Turquía, y es inevitable partirse de la risa ante el ridículo en el que el presidente catalán es capaz de caer. Lo que no les habrá explicado es que Cataluña goza de una autonomía mucho mayor que otras regiones de Europa, como por ejemplo los lander alemanes. Aquí las comparaciones se realizan con quien nos interesa. Puestos a comparar con otras naciones, Puigdemont también podría hablar de la buena salud de nuestra Democracia en contraposición al régimen chavista de Venezuela y su “Madurazo”. Pero entonces se enfadarían con él los de las Cuptasuna, esos redentores de la patria catalana, los mismos que desearían ser criados en tribus, y que asaltaron la sede del PP de Barcelona, demostrando así su profundo espíritu democrático una vez más.

Tampoco explicará a los universitarios estadounidenses que encuesta tras encuesta del CIS catalán -que hasta de eso tienen allende El Segre-, el independentismo pierde fuelle frente a quienes se sienten catalanes y españoles.

Es una pena que Puigdemont tampoco explique a los alumnos de Harvard lo del 3%, el Clan Pujol… No informará asimismo del desorbitado gasto público que realiza el “Govern” en TV3, televisión en permanente servicio a la causa, como demostraron una vez más al no informar de la manifestación masiva en contra del independentismo, que convocó Societat Civil Catalana hace unas semanas. Unos señores que se sienten catalanes y españoles pero que sólo salen en la televisión y radio públicas cuando se les llama “fascistas”.

A Puigdemont le interesa mucho expandir “el procés” por el Universo entero, mientras Cataluña adeuda millones de euros a los farmacéuticos. Y, por seguir con ejemplos de un servicio básico como la sanidad, el “procés” avanza mientras su gobierno cierra quirófanos en los hospitales o se cerraron el pasado verano casi 1.800 camas hospitalarias durante el mes de agosto, cuando más turismo reciben.

Enfrascándose su barretina en la cabeza en el avión de regreso a la Cataluña libre, Puigdemont le comentará a su acompañante en tan flamante tour internacional, el señor Romeva: “Que no paguemos a los farmacéuticos o se cierren camas hospitalarias son cosas veredes, amigo Sancho. Lo importante es que en Harvard conozcan el “procés y hacernos una foto”. A lo que Romeva, el autoproclamado “ministro de exteriores catalán”, pondrá gesto serio mientras le vienen a la mente recuerdos de cuando se presentaba ante la audiencia como un español convencido durante su etapa como eurodiputado en Bruselas, tal y como esta semana recordaba un periódico, no sin cierto sonrojo.

“Hoy es el día de la marmota en Cataluña… ¡otra vez!”. A ver cuando llega el día de trabajar TODOS juntos por los catalanes y por el conjunto de los españoles, como ya está haciendo el presidente Rajoy… mientras tanto toca ver cómo Puigdemont se ancla en la Universidad de Harvard, impartiendo clases magistrales sobre la secesión de Texas… quizás se ha equivocado y debería haber acudido a la Universidad de Hogwarts donde la imaginación no es una asignatura pendiente (Harry Potter dixit).