CRUCES AMARILLAS

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La pasión puede ser destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo. La peor de todas, la que ha causado más estragos en la historia es la pasión nacionalista.” Mario Vargas Llosa

“Toda guerra es un engaño”, ya lo decía el gran maestro Sun Tzu en El Arte de la Guerra. Un visionario, que supo acertar allá por el año 500 a. C.,  muchas de las claves estratégicas más inteligentes y valoradas por sus contemporáneos maestros en batallas, guerras y victorias políticas. Afirmaba también el filósofo y militar chino, que aunque no hay que atacar con cólera, ni con prisas, lo realmente importante es la victoria, no la persistencia.

Hoy los españoles nos vemos obligados a participar en una batalla no armada pero sí dialéctica, propagandística y judicial, que además de abusar de la persistencia, es un engaño flagrante a los ciudadanos, en toda regla. Los separatistas catalanes han embarcado a Cataluña en una lucha permanente contra España, contra nuestro orden constitucional y nuestras instituciones.

Un monumental engaño que han tejido durante décadas adoctrinando, falseando la realidad y la historia y, lo más triste, sembrando la semilla del odio y el rencor contra todo aquello que lleve implícita la esencia de España.

Complicado panorama tiene Cataluña. Mientras el presidente Quim Torra pretende formar un Gobierno que ocupe los sillones del Parlamento tapizados con enormes lazos amarillos, los huidos Puigdemont, Gabriel y sus secuaces, siguen anudando lazos con su alargada sombra. Falsos lazos trenzados con la soberbia, la cobardía y la mentira del disparate secesionista, y que transformados en sogas, siguen tensando día tras días, tratando de asfixiar a España.

Pero la batalla más triste, no es la que se libra en los juzgados o en los escaños del Parlamento catalán, es la que se vive cada día, de forma anónima en las calles, en las plazas y en las playas de pequeños pueblos o de barrios metropolitanos de Cataluña. Son la tensión, los insultos y los enfrentamientos entre los ciudadanos de a pie, convertidos en víctimas de la fractura social provocada por los gobernantes del procès.

El pasado domingo, la playa de Llanfranc lucía decenas de cruces amarillas clavadas en la arena. Un espacio público que los separatistas habían utilizado libremente, a su antojo, para manifestar de esta forma tan gráfica, su protesta sobre el encarcelamiento de los mal llamados “presos políticos” en España. Algunos las observaban con el entusiasmo propio de la exaltación independentista y, otros muchos, miraban de perfil y seguían tomando el sol como si nada pasara, quizás por indiferencia, por hastío cotidiano o, tal vez, por miedo a las represalias. Pero, en un instante, algo cambió. Un niño pequeño, atónito ante el espectáculo de las cruces que emulaban un camposanto, preguntó inocentemente quiénes habían muerto… Fue en ese momento cuando una vecina anónima, absolutamente indignada ante tal situación y ante el avasallamiento de un espacio público de ocio y descanso para el disfrute de todos, comenzó a arrancar las cruces amarillas de la arena, gritando “Ya está bien de agachar la cabeza, que pongan las cruces en su casa”.

Maribel Llorens se ha convertido, sin pretenderlo, en la cara visible de tantos miles de ciudadanos catalanes que están cansados del esperpéntico independentismo. “En España no hay presos políticos, hay políticos presos” clamaba, mientras continuaba arrancando cruces y se enfrentaba a las brigadillas separatistas que las habían colocado.

Tras este incidente y otros más registrados en diversas playas de Cataluña, el Delegado del Gobierno, Enric Millo, ha remitido una carta a los alcaldes de los pueblos costeros donde se han plantado cruces, para exigir neutralidad. Las repuestas que ha obtenido a su misiva es ciertamente vergonzosa, un suma y sigue a este panorama desolador. Entre ellas, la de Gerardo Pisarello, primer teniente de alcalde de Barcelona, quien ha defendido “hacer compatible la libertad de expresión y la convivencia pacífica de la ciudad.” Y, yo le pregunto al señor Pisarello, si a él, le parece pacífica convivencia que vecinos como Maribel Llorens, tengan que llegar prácticamente a las manos, para reclamar un espacio de paz y tranquilidad en la playa, en la calle… donde sea.

Desfachatez, desvergüenza y mentira. Puro engaño, como decía el gran Sun Tzu. La sociedad catalana está fracturada. La mayor batalla de los demócratas constitucionalistas que defendemos sin fisuras la unidad de España, no es la que se libra necesariamente en los tribunales ni en el Parlamento, es la que debemos librar cada día en las calles, protegiendo a miles de ciudadanos frente al hostigamiento secesionista y estableciendo todos los mecanismos legales necesarios para contrarrestar desde la raíz el adoctrinamiento y el engaño.

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