EL DEDO DE MADURO

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“Las mujeres deben usar menos secadora de cabello para ahorrar luz. Una mujer se ve más bonita cuando se peina con los dedos. De manera natural”. Nicolás Maduro

 

Ese ilustre personaje que a nuestra era le ha tocado padecer y que pasará a los anales de la Historia como el ser abyecto que asfixió a su propia tierra y aniquiló en masa a sus compatriotas, aparecía miércoles en un acto electoral en la localidad venezolana de Puerto Ayacucho, ataviado cual monarca mesiánico, con una corona de plumas rojas y azules, y un colgante a modo de toisón, en el que rezaban las palabras “Venezuela” y “Amazonas”, y que culminaba con la imagen de dos aves multicolores (creo que guacamayos) mirándose de frente. Pero lo más esperpéntico no es el atuendo que lucía Nicolás Maduro, sino la soberbia con la que señalaba con su dedo índice, mientras espetaba sus miserables mensajes a una población agotada, atemorizada y desesperanzada.

El Fondo Monetario Internacional ha previsto para este año una súper inflación del 13.000% en Venezuela; algo que hará aún más insostenible la vida de unos ciudadanos venezolanos, que hace ya mucho tiempo dejaron de luchar por vivir, para simplemente tratar de sobrevivir. A aquellas imágenes de las largas colas de espera en los supermercados provocada por el desabastecimiento generalizado, le siguieron los apagones de luz, completamente inimaginables en un país que es una potencia energética. Después llegó la precariedad en la sanidad hasta convertir la situación del pueblo venezolano en una emergencia internacional.  Y con el hambre, la enfermedad y la miseria, surgieron las voces desgarradas que clamaban contra un gobierno chavista que estaba acabando con su pueblo.

Tal como cabía esperar, siguiendo el negro historial de Hugo Chávez, su discípulo Maduro, no dudó en tratar de silenciar a cualquier precio,  las voces que clamaban comida y libertad, quebrando sus cuerpos y matando sus almas. Y, de este modo, ordenó a su ejército que se liara a tiros contra los manifestantes que salían a la calle a elevar sus protestas. El saldo, que sepamos, fue de 125 muertos y 2.000 heridos en solo tres meses, centenares de huidos, y otros tantos abarrotando las cárceles, que ya no tienen más capacidad para encerrar a tantos presos políticos.

La propia Fuerza Armada Nacional se está quedando sin tropas. La hambruna y la enfermedad también se están cebando con el personal de tropa, que se han visto obligado a correr la misma suerte que sus familias, saliendo a toda prisa del país, huyendo con lo puesto por la fronteras más accesibles hacia Colombia y Brasil, donde ya se han creado auténticos campamentos de refugiados. Nada menos que unas 10.000 bajas y deserciones se han producido desde el año 2015. Precisamente desde ese año, se detectó un aumento significativo de detenidos militares acusados de deserción, de traición o de otros crímenes. Pero, claro está, que pocas alternativas tiene el personal de tropa, salvo la huida, ya que quienes piden la baja, son retenidos y encarcelados para evitar su marcha.

El próximo 20 de mayo, Nicolás Maduro busca a toda costa revalidar su mandato por otros seis años, en unos comicios que tanto la oposición como la mayoría de la comunidad internacional rechaza por fraudulentos. Sin embargo, para asegurarse el éxito mediante una seguridad de dudosísima solvencia, el iluminado Maduro, está reclutando jubilados y milicianos, entrenándolos de forma improvisada para logar sus más repulsivos delirios materializados en su denominado Plan República.

No cejaré en mi empeño de denunciar la terrible situación que está padeciendo el pueblo venezolano. No renunciaré a insistir una y otra vez más, cuántas sean necesarias, en que la comunidad internacional tiene el deber moral y humanitario de intervenir para poner fin a esta situación. No podemos caer en la trampa del conformismo. No podemos acostumbrarnos a convivir con el hambre, el horror, la miseria, la falta de libertad y el asesinato como algo cotidiano.

Es obvio que Nicolás Maduro pasará a los anales de la Historia como el cacique que asfixió Venezuela, pero nosotros tenemos el deber y la responsabilidad de escribir unos renglones más allá y cambiar la crónica de la historia, contribuyendo a terminar con la “monarquía” de las plumas y los toisones de guacamayos; y bajar de una vez ese dedo índice que con soberbia y locura, pretende seguir señalando el camino del pueblo venezolano hacia la destrucción.

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