Liberalismo en el siglo XXI (III Parte)

No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”.

John F. Kennedy

ImageLlegamos a la Constitución de 1978, la cual no sólo sirvió para instaurar una democracia moderna e indispensable en nuestro país, no sólo representó el reconocimiento explícito de que todas las Españas cabían en una, si no que convirtió al ciudadano en el epicentro de la nación. Atrás quedaban los tiempos de confrontación, los espadones, las conspiraciones, las imposiciones y los alzamientos.

Por eso, sigo sin entender que unos pocos traten de desafiar permanentemente la mayor época de paz, estabilidad, progreso y libertad que ha vivido nuestro país en los últimos dos siglos. Estamos condenados a aprender de nuestros errores, y aún así parece que hay quienes hoy en día no temen tropezar dos veces en la misma piedra, en alzar viejas banderas y agitar unos sentimientos en pro de un pueblo que sirva de excusa para sus propios intereses.

No podemos engañarnos. Como todo sistema, nuestra democracia aún puede y debe evolucionar, aún puede y debe adaptarse a los nuevos desafíos de una época tan cambiante como ésta que nos ha tocado vivir.

Pero creo, honestamente, que no hay mayor progreso que la libertad individual, que una sociedad en la que el ciudadano es el protagonista. Y eso es exactamente lo que nos ha dado nuestra Constitución de 1978, el sistema que todos los españoles nos hemos otorgado en paz y prosperidad.

Si algo nos han demostrado estos años de Democracia, es que España es una nación sólida, más fuerte de lo que nosotros mismos creemos, capaz de lograr los mayores éxitos cuando avanza en un mismo sentido, de resistir todos los envites y encerronas que la historia nos coloca en el camino a modo de trampa.

El tiempo nos ha brindado la oportunidad de comprender que con el poder y la fuerza de todos los ciudadanos somos capaces de superar con éxito los mayores desafíos. Ya no somos el país del duelo a garrotazos, pero tampoco podemos permitirnos ni un segundo relajarnos y no afrontar los retos y hallar las soluciones que los nuevos tiempos nos exigen.

No podemos ni debemos ocultar que España se encuentra ante el peor de los escenarios económicos que se recuerda, ante una amenaza para la estabilidad de nuestra aún joven democracia, gracias a la demagogia de unos pocos, ante el que es, probablemente, nuestro mayo desafío como nación, como pueblo, en el último siglo.

Lejos de resignarnos, los españoles debemos echar mano de toda nuestra habilidad, inteligencia, intuición, imaginación y esfuerzo para contribuir a que nuestra nación recorra con éxito el camino de la recuperación económica y anímica.

Este impulso nos corresponde a todos: empresarios, políticos, trabajadores, jóvenes y mayores, compatriotas todos y de todas las edades, unidos bajo un único objetivo. Ha llegado el momento de que como nación olvidemos esas Españas que nos dividieron, de que olvidemos los desastres de nuestra historia reciente, de que recuperemos los éxitos que nos han hecho una gran nación, fuerte y envidiable, ante los ojos del mundo.

Ha llegado la hora de que todos los españoles pensemos en aquella célebre cita que el presidente John Fitzgerald Kennedy lanzó a sus compatriotas norteamericanos: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”.

En la última parte de esta reflexión explicaré qué puede hacer el liberalismo por la España actual y cómo desde la administración municipal podemos contribuir a ello.

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Liberalismo en el siglo XXI (II Parte)

La voluntad del hombre apunta, y otra voluntad más grande dispara; pero rara vez va el tiro a donde uno pone la puntería”.

Benito Pérez Galdós

juramentocortesdcadizTerminaba mi anterior entrada del blog haciendo mención a la reciente conmemoración del bicentenario de la promulgación de la Constitución de 1812, la llamada “Pepa”.

Mucho se ha escrito sobre la Pepa aprovechando esta efeméride. Pero aludiré a la Constitución de 1812 para ejemplificar el devenir de la historia de España a lo largo de estos dos últimos siglos, nuestra intrahistoria como nación desde aquella tierra aún invadida por el ejército napoleónico hasta el día de hoy.

Efectivamente, la Constitución de 1812 fue un gran éxito para nuestra nación. Suponía que una sociedad como la española, que aún luchaba contra el invasor francés, se diera la oportunidad de iniciar un nuevo camino, el de un nuevo régimen social y político.

Una nueva nación basada en los principios de igualdad, justicia y solidaridad. Muchos historiadores e intelectuales de la época, como el sevillano José María Blanco White, apuntaron que la raíz de su eventualidad no fue -ni mucho menos- debida a los valores y principios que defendía. Sino, como declaró Blanco White, que al constitucionalismo le faltaba sinergia completa con la situación de aquel momento.

Como sucedió en el siglo XVIII con los ilustrados franceses que colaboraron con José de Bonaparte, los padres de aquella Constitución adoptaron parte de los ideales de la Revolución Francesa y pretendieron abrir camino desde la cima, sin la participación completa -quizás- de todos, teniendo presente que muchos carecían de la formación completa que el momento requería. No quedaron expuestos suficientemente los males que aquejaron a ese Marqués de Esquilache al que el rey Carlos III se vio obligado a embarcar de regreso a Italia por gobernar para el pueblo pero sin contar con el pueblo.

Ese pueblo, enfurecido en las calles de Madrid, que el 2 de mayo de 1808 gritaba a veces “Viva España” o “Viva la Libertad”, y a veces “Viva Fernando y mueran los franceses”, tal y como reveló en su día el propio Blanco White; o como escribió Gaspar Melchor de Jovellanos en una carta fechada en el año 1810: El individuo se sentía ante la guerra exiguo de espíritu patrio pero explícito en emociones.

Lamentablemente, el recorrido de la Constitución de 1812 se ha repetido en demasiadas ocasiones desde aquel entonces. A lo largo del siglo XIX y el siglo XX de nuestra historia, hemos asistido a numerosos episodios de siesta y navajazos, de alzamientos y espadones, de sentimiento trágico y falsas esperanzas al albur y excusa del futuro de la nación… episodios que siempre dejaban al individuo en segundo plano. Volviendo a la obra cervantina, más pareciera que España decidió enfrentarse a molinos de viento creyendo que eran gigantes y no molinos.

Así lo apuntaba también, en uno de los Episodios Nacionales, el novelista Benito Pérez Galdós, quien explicaba que: “La voluntad del hombre apunta, y otra voluntad más grande dispara; pero rara vez va el tiro a donde uno pone la puntería”.

Por eso, entre tiro y tiro y escasez de puntería; entre alzamientos, advenimientos de nuevos regímenes, efímeros reyes que llegaban desde el extranjero, revueltas sociales, restauraciones de difícil diseño y demás episodios, España se convirtió en Saturno devorando a sus hijos, como en ese desgarrador lienzo del genial pintor Francisco de Goya.

Y fuimos poco a poco asistiendo al nacimiento de esas dos Españas atávicas, antagónicas y confrontadas, que también el genial Goya retrató, con preclara y dolorosa anticipación a su tiempo, en ese otro lienzo titulado “Duelo a garrotazos”. Un cuadro que aún a día de hoy me estremece y me provoca un dolor infinito en el alma cuando lo contemplo en el Museo del Prado.

España destrozada a garrotazos por España. Devorada por sí misma. Trágica visión la de Goya, triste realidad de locura, pérdida de rumbo, violencia y odio la que afrontó esta nación durante siglo y medio y tuvo su más trágico desenlace en nuestra guerra fratricida, consecuencia última de una brutal falta de entendimiento entre esas dos visiones de un mismo país que hicieron brotar lo más sombrío del ser humano, pero que dejaron a lo más importante, al individuo, nuevamente espectador sin butaca.

Como muchos historiadores hoy reconocen, el mito de esas dos Españas escondía una realidad aún más cruda, la de una tercera España que asistía atónita e impotente al devenir de los acontecimientos.

Esa tercera España estaba formada por muchísimas personas, se podría decir que la mayoría de la población, cuyo único interés vital no era otro que el de proveer de futuro a su familia y vivir en una nación en la que la Justicia y la Libertad rigieran sus destinos. Esa tercera España asistía muda y defraudada al agrietamiento de una nación entera.

Volviendo a la cita de El Quijote con la que inicié la anterior entrada del blog, esta tercera España creía que la libertad era el más precioso don, Sancho. Porque, ¿cuál era esa idea libertad que el Quijote expresaba a su fiel escudero? Pues exactamente la misma que los liberales defendían un siglo después: La libertad de que el individuo sea el auténtico motor de su vida, el eje de su propio progreso y el epicentro de la transformación de la sociedad. La misma libertad que a día de hoy debemos seguir defendiendo.

En la próxima parte de esta reflexión sobre el liberalismo en el siglo XXI y la gran oportunidad que para España constituye, reflexionaré sobre nuestra época actual, el difícil momento económico que atravesamos y los retos que debemos afrontar como pueblo, como nación.

Liberalismo en el siglo XXI: La gran oportunidad de España (I parte)

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos y con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar; por la libertad, así como por su honra, se puede y debe aventurar la vida”.

Miguel de Cervantes

No se me ocurre mejor forma de inaugurar este año que rememorando a nuestros clásicos. Esos que hoy parecen tan denostados, pero en los que sigue residiendo la mayor fuente de sabiduría incluso en esta época en la que las nuevas tecnologías parecen arrasar con todo lo anteriormente establecido.

Y he decidido regresar a El Quijote por un motivo. Sobre las aventuras y desventuras del manchego más universal de la Historia, se han escrito muchas y muy variadas interpretaciones a lo largo de los siglos. Doctores tiene la ciencia y no seré yo quien se aventure a interpretar lo que el genio de las letras trató de decirnos con las andanzas del enjuto hidalgo manchego y su fiel escudero Sancho.

Pero si haré referencia a la lectura que el poeta Luis Rosales realizaba de El Quijote: Para él, toda la obra giraba en torno a la libertad y de esa valoración alimento mi argumento.

En primer lugar, El Quijote nos habla de la libertad individual. Nadie mejor que Cervantes, que estuvo preso buena parte de su vida, podía conocer mejor lo que se siente cuando un ser humano es privado de la libertad.

En segundo lugar, El Quijote rezuma mensajes sobre la libertad del individuo para amar. Entiéndase esto como una metáfora no estrictamente romántica, sino como la necesidad del ser humano para involucrarse afectivamente con el mundo que le rodea. Al fin y al cabo, Dulcinea no es más que una metáfora de los más altos ideales que aspira a alcanzar todo ser humano en su vida.

En tercer lugar, la magna obra de Cervantes indaga en el ideal de Justicia, del noble proceder del ser humano ante la indefensión de los más débiles; remarca el ideal de una sociedad justa, en la que el ser humano es el epicentro de todo lo demás.

Por último, esa “ínsula Barataria” a la que el noble hidalgo ansía llegar es el vivo ejemplo de la isla Ítaca, a la que Ulises trataba de regresar en La Odisea de Homero. Es la nación que todo ser humano aspira a construir y que condensa el espíritu y los ideales que anteriormente he expuesto.

En definitiva, Cervantes parecía invitarnos a reflexionar sobre la moral individual y colectiva, sobre la capacidad del hombre para transformar la realidad, sobre el papel de la libertad y la justicia en la sociedad, sobre si es cordura o locura querer cambiar las cosas. Tengo el profundo convencimiento de que El Quijote quizá sea la primera gran obra del pensamiento liberal español.

Traigo a colación esta reflexión sobre El Quijote, sobre la libertad y el liberalismo, tras las celebraciones que el año pasado conmemoraron el bicentenario de la proclamación de la Constitución de Cádiz, la popularmente llamada Pepa por haber sido promulgada el día de San José, el 19 de marzo de 1812.

En la próxima entrada del blog ahondaré en el legado histórico de la Constitución de 1812 y en el devenir de la historia de España desde aquel entonces hasta el momento actual.