El número de Avogadro

avogadroEn numerosas ocasiones, la base físico-química de la naturaleza nos proporciona las respuestas adecuadas a los jeroglíficos trazados por la política moderna. Ya hace más de doscientos años y, a partir de las hipótesis de Avogadro, sin quererlo, se dieron las génesis de los pactos modernos, el “quid pro quo” de la política del desconcierto, la “Piedra Rosetta” de la base ideológica de unos cuantos.

Y es que Avogadro trabajó con los gases, estudiando su volatilidad y preguntándose de manera empírica, cómo era posible que a igual temperatura y presión, volúmenes iguales de gases, contuvieran el mismo número de moléculas o, lo que es lo mismo, por ejemplo, juntando dos volúmenes de Hidrógeno con uno de Oxígeno, obtuviéramos dos volúmenes de agua.

Lo que no sabía el científico italiano es que había descubierto mediante esta analogía, alguno de los más escondidos engranajes de la política… y, así, lo hemos comprobado en los últimos comicios vividos en España, de cuyos resultados se desprenden muchas variables, diversas incógnitas, pero solo una conclusión en forma de resultado.

El caso es que juntando los volúmenes que ocupan en el espectro político partidos -aparentemente- con bases ideológicas con algún disenso, aunque sí con el mismo propósito (la cantonización de España), como son el ya casi finado PSOE (fundamentalmente en cuanto a credibilidad de su cúpula se refiere), y el bisoño Podemos (con todas sus acepciones), hoy, gracias al conocimiento aportado por el gran Avogadro, sabemos que generan una sola molécula, fruto de su unión, producto sin duda del deseo de desplazar –cueste lo que cueste- al Partido Popular de las instituciones, y no de gobernar con ideas, como cabría esperar en una sociedad moderna, que es lo que España representa ante los ojos ajenos.

Y el resultado es, un sueño de poder, que solo se puede hacer realidad así, mediante la aplicación artificial del conocimiento humano, sin valorar que hay algo mucho más importante, que está por encima de todos nosotros y es la conciencia de que se debe hacer el bien, para que el mal no triunfe. Y es que cuando alguien osa amenazar la frágil estabilidad de esa unión artificial, lo fagocitan, como acaba de suceder con Carmona, portavoz socialista, en el Ayuntamiento de Madrid.

Lo social, lo económico, el futuro en sí corre un grave riesgo, sin guión, sin programa, sólo el sesgo ideológico ampara la gestión, y derrocharán -seguro- sin reparo para atender voluntades, que no lo son tanto…

Esto nos lleva a pensar que hay algunos que aparándose en su ideología, se empeñan en seguir siendo keynesianos, en insistir en que hay que gastar mucho (tiempo, esfuerzo, dinero y desgaste de su propio credo), con tal de intentar sofocar al Estado (con sus pactos) y a la economía. Lo que no quieren ver es que ambos se asfixian cuando se convive con un incremento de impuestos, menos libertad, más despotismo, más inseguridad jurídica, y con leyes laborales que hacen imposible la contratación, hundiendo a las pequeñas y medianas empresas que son las que principalmente generan el empleo y sobre todo, tratando de imponer pensamientos únicos por encima de las sociedades libres.

Guste o no, no hay más alternativa económica al capitalismo, y éste solo puede funcionar, cuando coexiste con principios liberales, tales como justicia independiente, seguridad jurídica y libertad individual, tratadas con la visión que el humanismo generosamente aporta a la sociedad. Desgraciadamente, la realidad política se computa en átomos individuales… pero en realidad no existen, ni quieren existir, salvo que el contrario asegure su descomposición y se volatilice.

A pesar de todo este popurrí singular de partidos que buscan el “Contra”, una sociedad abierta conoce a sus antagonistas y sabrá reaccionar, porque Avogadro, amigos, sólo quiso ser químico.

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