AY CARMENA

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Cada vez que suena una campana, es porque un ángel se ha ganado sus alas”. (Qué bello es vivir.)

El popular personaje de ‘El Grinch’ se ha convertido con el paso del tiempo en una metáfora de la excesiva preocupación por lo material y del intento de restar el verdadero significado espiritual de la Navidad. “¡Al diablo con esta música navideña! ¡Es alegre y triunfante!”, gritaba en la película que protagonizó Jim Carrey.

‘El Grinch’ no logró su objetivo de robar la Navidad. Pero en los últimos años han aparecido pequeñas réplicas desde la izquierda radical que han recogido su testigo y quieren ‘robarnos’ la Navidad mediante otro intrincado pero eficaz sistema: eliminando progresivamente su valor religioso. Es decir, tratando de imponer su propia visión histórica sobre estos días, anulando el indudable origen y la esencia de lo que celebramos en estas fechas: el nacimiento de Jesucristo.

En esto de eliminar las tradiciones y huir como de la peste de cualquier símbolo religioso cristiano, hay muchos alumnos aventajados. Y no sólo cuando llega la Navidad, porque durante todo el año son igual de contumaces. En Barcelona, el gobierno de Ada Colau suprimió la tradicional misa en la basílica y la procesión de las fiestas de la Merced, mientras sí que apoyó un singular “poema sexual sobre la oración católica”. O lo que es lo mismo, un padrenuestro blasfemo que, gracias a sus provocaciones, ofensas y frases de mal gusto, logró algo insólito hasta la fecha: unir a la comunidad católica, musulmana, evangélica y judía en un comunicado conjunto para pedir respeto a los sentimientos religiosos. Aunque ya sabemos que en la Ciudad Condal el primer premio al disparate siempre lo ganan los de las CUP, con iniciativas como que la Sagrada Familia pague por “ocupar el espacio público y las aceras”.

En Zaragoza, este año la ofrenda floral a la ‘Pilarica’ se marchitó después de que el gobierno de Podemos decidiera cobrar 500 euros a las empresas que colocaran su logotipo en los ramos que se depositan en la ofrenda. En otras fiestas del Pilar, las de Madrid, el presidente de su Junta de Distrito, Guillermo Zapata, el de los tuits de ‘humor negro’ que denigraban el sufrimiento de las víctimas del terrorismo, regaló a los madrileños un pregón de fiestas reconvertido en un mitin político sectario, mientras en el programa de actos del año anterior se hizo hueco para una divertida gymkhana infantil titulada “Atrapa al banquero”. Porque aquí de lo que se trata es de ir educando a los niños desde pequeños para que se conviertan en los fervientes batasunos del mañana.

Madrid, la ciudad de los ‘abrazos’, lo es también del cierre por Navidad de la Gran Vía, convirtiendo el centro de Madrid en una gran ratonera cuyos principales perjudicados son restaurantes, hoteles, aparcamientos y comercios. Un corte a base de unas vallas cutres y una gran movilización de agentes policiales, de día y de noche, que dejan de atender otras responsabilidades de seguridad ciudadana.

Y es también la ciudad del anticlericalismo navideño más rancio. Esta semana, su alcaldesa, Manuela Carmena, volvía a dar muestras de ello calificando a estas fiestas como las de la “empatía”. Según nos recuerda en su felicitación navideña, antes sí “tenía” un origen religioso, pero con el paso del tiempo la Navidad se ha vuelto un acontecimiento de “carácter solidario”. Quizá por eso el año pasado el Belén instalado en el Ayuntamiento se encontraba en un rincón oculto. Y han sido ahora los propios madrileños los que se han movilizado colocando belenes en la Puerta de Alcalá para pedir que se recupere la colocación del tradicional Nacimiento en este monumento tan simbólico.

También esta semana la portavoz del Ayuntamiento, la pizpireta Rita Maestre ‘arderéis como en el 36’, se esforzaba en darnos lecciones de Historia y tratar de convencernos de que las tradiciones están para incumplirlas porque hace dos mil años “no existía Papá Noel” ni había “abetos o renos en Palestina”. Peculiar sentido de la actualización de las tradiciones tienen los de Podemos en Madrid, porque, mientras se afanan en destruirlas si en su origen subyacen connotaciones religiosas, nos regalan una fiesta del solsticio de invierno, celebrada a uso y maneras que en Pernambuco, o nos deleitan en la programación navideña con talleres de bailes griegos, de Bollywood o de egiptología. Porque el Madrid de Carmena es el de los prodigios, el de las ocurrencias para tratar de contrarrestar el verdadero espíritu religioso de la Navidad.

Normal que en su reciente visita al Vaticano, el Papa Francisco no se hiciera un ‘selfie’ con Colau y Carmena, como deseaban estas dos alcaldesas del buenrollismo ‘progre’. Tras los padrenuestros blasfemos, eliminación de procesiones y belenes, fiestas del solsticio del invierno y talleres navideños de Bollywood, alguien debió advertirle al Papa de que no era buena idea. A las dos alcaldesas siempre les quedará lo que el Papa Francisco le ha recomendado por carta a Ada Colau, no sin cierta retranca de la Pampa argentina: “No se olvide de rezar por mí y si usted no reza, por favor piénseme bien y envíeme buena onda”.

Cada vez que suenan las campanas, un ángel se gana las alas, decía la pequeña Zuzu en la película “¡Qué bello es vivir!”. En el Madrid de Carmena y en la Barcelona de Colau, cada vez que se toca la campana de la ocurrencia y la improvisación, alguien sufre un nuevo corte de tráfico, le plantan una gymkhana antisistema en la puerta de su barrio, tiene miedo a llegar a su propia vivienda por si los okupas han decidido entrar en ella, o se queda sin que le bajen el IBI de su vivienda por no vivir en un barrio de Madrid donde Podemos gana las elecciones. ¡Esto sí que es ver… para creer! ¡Ay Carmena!

 

A TODA MÁQUINA

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“El progreso no consiste en aniquilar hoy el ayer, sino, al revés, en conservar aquella esencia del ayer que tuvo la virtud de crear ese hoy mejor.” Ortega y Gasset

Los profetas de la izquierda y el nacionalismo ultramontano se afanan en recordarnos las bondades y excelencias de la II República, aferrados a una efervescente nostalgia que les lleva a revestir el muñeco de la Historia como mejor se les antoja. Pero no sienten tanto entusiasmo a la hora de recordar a la gente, que también hubo una I República, cuya duración fue brevísima porque resultó un estrepitoso fracaso que, en sus 23 meses de corta duración, a punto estuvo de provocar el desmembramiento total de España.

Hagamos, pues, memoria. Corría el año 1873. Tras tres meses en el cargo, harto de situaciones kafkianas en el Parlamento, el primer presidente de aquella República fallida, el catalán Estanislao Figueras, gritaba en un Consejo de Ministros su célebre frase: “Señores, no aguanto más. Seré franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!”. Poco después y sin previo aviso, tomó el primer tren que salió desde Atocha rumbo a Francia.

Le sucedió en la presidencia otro catalán, Pi i Margall, que no tuvo más brillante idea que perseguir el proyecto de una Constitución Federal. Había que reconocer la singularidad del más recóndito valle de España y conceder lo que ahora algunos catedráticos de la engañifa semántica denominan el “derecho a decidir”. Y claro, se armó la marimorena.

Cataluña, Jaén, Granada, Cádiz o Málaga se proclamaron independientes. Igualmente Alcoy, Andújar, Torrevieja o la pequeña localidad toledana de Camuñas, cuyos mil y pico vecinos de entonces seguro que soñaron siempre con ser nación. En el colmo de lo grotesco, Granada declaró la guerra a Jaén, mientras el pueblo de Jumilla amenazaba a otras “naciones” murcianas.

También Cartagena se acantonó. Y un agricultor, el célebre “Antoñete”, decidió que lo suyo ya no era la huerta y ordenó el asalto de las fragatas leales al gobierno ancladas en el puerto. El abordaje fue al grito de “¡a toa máquina!” y debía culminar enarbolándose una bandera roja en el castillo local para indicar que la ciudad era libre al fin. En un desconcertante giro de los acontecimientos, los independentistas izaron la bandera de Turquía porque no tenían a mano otra totalmente roja. El presidente Pi y Margall abandonó el cargo a los 37 días ante tal galimatías.

Casi siglo y medio después, la borrachera independentista reverdece, bien es cierto que con otros matices, con una sociedad más madura y un Estado más sólido. Lo que no cambia son las ganas del nacionalismo y la nueva izquierda radical `tercerepublicana´ por hacer el ridículo.

Vivimos tiempos en los que los batasunos de Bildu, los que aún no han condenado a ETA, remiten cartas a la Embajada de Estados Unidos en España felicitando a Trump por su victoria y, eso sí, olvidando a los vascos que se exiliaron allí por el terror de ETA, mientras su líder Otegi no pudo viajar a Cuba a despedir al dictador Castro, su referente “ético y político”, porque Estados Unidos mantiene la prohibición de que sobrevuele su espacio aéreo por pertenecer a Batasuna.

Por el sur, los líderes del Sindicato Andaluz de Trabajadores, el del alcalde de Marinaleda y el diputado de Podemos Diego Cañamero, siguen apostando por la independencia de Andalucía, jaleados por sus correlegionarios ‘podemitas’, los del ‘Bódalo Free’. Por el este, los socios del PSOE de Baleares, los independentistas de Més, gritan ‘Mallorca libre’ vía referéndum, mientras miembros de Compromís en Valencia, socios de Podemos, se manifiestan a favor del independentismo y colocan la bandera nacionalista, la catalana, hasta en el Parlamento Europeo.

Eso sí, nada comparable a lo de Cataluña, donde lo que queda de Convergencia, es decir la antigua derecha burguesa, se ha aliado con los antisistema ‘cuperos’ de la izquierda más radical para deleitarnos con la batasunización de la sociedad. Decía esta semana Francesc Homs, portavoz en el Congreso, que en 2017 volverán a poner las mismas urnas que colocaron en 2014, y que no sirvieron para nada. Urnas que el Tribunal Constitucional acaba de de declarar ilegales. Dice Homs que las pondrán aunque haya quien les envíe “matones” para retirarlas.

La miopía de Homs es evidente a la hora de lanzar hipérboles: a los matones ya los tiene a su lado. Son los de las CUP, los que sujetan al Gobierno de Puigdemont. Los matones son los que queman o guillotinan las fotos del Jefe del Estado. Son los que por las noches se ponían en las barricadas para atacar a la Policía en el barrio de Gràcia y por la mañana se volvían concejales de Barcelona. Son los radicales separatistas que esta misma semana agredieron a jóvenes de Societat Civil Catalana al grito de “terra lliure”, el mismo nombre que recibió la banda terrorista catalana que intentó emular a ETA. Porque en la Cataluña libre y nacionalista todo es buen rollito hasta que alguien expresa sus ideas en público y éstas no coinciden con el independentismo. Ésa es la batasunización de la sociedad.

En las Repúblicas que hubo en España, la tensión nacionalista siempre fue un gravísimo foco de conflictos y algaradas. Pero la España actual no cometerá el mismo error. Hoy nadie duda de que los últimos 40 años de nuestra Historia, gracias a esa Constitución que los de Podemos tanto denostan, han sido los más prósperos y con mayor Libertad de España. Tenemos un Estado fuerte, con españoles deseando vivir en armonía y unidad. Y un Gobierno sólido que nunca aceptará nada que vaya contra la Ley o la soberanía nacional.  Diálogo con todos sí, pero no para que haya quienes quieran impedir la igualdad de todos los españoles. Porque los “Antoñete” del siglo XXI no deben conducirnos a otro desastre. Su tiempo ya pasó. Aunque ellos aún no lo sepan.

PLATA O PLOMO

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“El terrorismo nace del odio, se basa en el desprecio de la vida del hombre y es un auténtico crimen contra la humanidad.”  Juan Pablo II

El escritor Oscar Wilde fue uno de los primeros publicistas del mundo. Su famosa frase “que hablen de ti aunque sea para mal”, se convirtió en un estilo de vida gracias al que logró erigirse en una figura indiscutible de la cultura popular contemporánea. Esto también lo tienen claro los gurús del marketing y por eso una de sus máximas es aparecer en el mayor número de conversaciones posibles: ser visible. Que hablen de ti, aunque sea para mal.

Arden las redes sociales en los últimos días en torno a la provocativa campaña publicitaria de la serie Narcos instalada en la Puerta del Sol, mediante la que vemos al sanguinario narcotraficante Pablo Escobar rememorando el tradicional villancico “Oh, blanca Navidad”. Partidarios y detractores (me declaro abiertamente detractor) defienden o denostan una campaña publicitaria que ya ha conseguido más impacto que muchas otras recientes. Porque su mayor éxito es que se hable de ella.

Una de las frases que definió el régimen del terror de Pablo Escobar fue “plata o plomo”. O pagas o mueres. Esta semana otra ficción televisiva se encargaba de recordarnos los años de máximo terror de ETA en España, los años de plomo basados en la misma filosofía de Escobar: o extorsión o sangre. Una miniserie, El padre de Caín, que ha servido para hacernos recordar un tiempo en el que la banda terrorista llegó a cometer una media de un asesinato cada 3 días.

Seguramente la muy discutible calidad narrativa de El padre de Caín la hubiera convertido en un pobre producto de ficción, emitido casi de incógnito, en fechas festivas, sino hubiera sido porque también ha hecho arder las redes sociales y otorgarle visibilidad.

Los hooligans de la izquierda radical y los nacionalistas de la nueva casta no tardaron en echarse al monte en contra de la miniserie. Muchos de ellos aún mecían en la cuna mientras los terroristas de ETA abrían casi a diario los telediarios con un sanguinario atentado. Pero las redes sociales les permiten visitar el vertedero ideológico una y otra vez. La algarada, ya se sabe, funciona mejor bajo la capucha del anonimato. Eso sí, entre esos centenares de mensajes no tuvimos la fortuna de encontrar ninguno condenando a ETA.

Es preocupante la indiferencia que encontramos entre los ‘rufianes’ y los ‘espinares’, hijos de la Democracia, a la hora de condenar a ETA y de reconocer a las víctimas del terrorismo. Un ejemplo se vivió en el Congreso, durante la segunda votación de la investidura de Rajoy, cuando los mismos de siempre “los de la gente” y los nacionalistas, ovacionaron a Bildu y se quedaron sentados cuando se aplaudió el honor de las víctimas de ETA. Son los mismos que consideran a Otegi un “hombre de paz”, el mismo Otegi que disfrutaba de un paseo por la playa de Zarautz mientras Miguel Ángel Blanco era vilmente asesinado. Los mismos ‘espinares’ que se sientan junto a un senador de Bildu procesado por pertenencia a ETA y no exigen su dimisión.

O los mismos que en Navarra -en este caso con el cobarde apoyo de representantes del PSOE navarro- toman la calle para defender y pedir la libertad de los agresores de dos guardias civiles -y de sus novias- en Alsasua. Su argumento era que todo se había basado en una “pelea de taberna”. Hoy sabemos que sólo tres días antes, algunos de estos agresores detenidos, ya habían intentado enfrentarse a uno de los guardias civiles agredidos y a otros números del Cuartel a la puerta de la iglesia del pueblo. Ocurrió el 12 de octubre. El mismo día en el que muchos políticos de la izquierda radical y nacionalista llamaban a la rebelión contra España y rompían con soberbia la orden judicial que impedía la apertura del Ayuntamiento de Badalona.

Si algo nos ha enseñado el episodio de Alsasua es para recordarnos que ETA no está desaparecida, que aún no ha entregado las armas ni ha pedido perdón a las víctimas. Y que sus hijos bastardos, los de la ‘kale borroka’, siguen campando a sus anchas e imponiendo su régimen de terror con el silencio cómplice de la izquierda radical y los abertzales. Si la violencia es una expresión definitiva del miedo al adversario, lo que ha quedado demostrado en Alsasua, es que existe otra violencia más refinada, otro ‘plomo’ que se aplica en forma de imposición ideológica. Y lo aplican quienes salen a las calles para pedir la libertad de los agresores de dos hombres y dos mujeres, quienes siguen sin honrar la memoria de las víctimas del terrorismo y todavía no han condenado a ETA con firmeza ni en las calles ni en las instituciones del Estado.

Llegará el momento en el que les suceda como a Pablo Escobar al final de sus días, mirando a su alrededor para percatarse de que, tras años de plomo, ya no quedaba nadie a su lado para justificar sus crímenes. Mientras eso llega, la inmensa mayoría de los españoles mantendremos viva la Verdad, Memoria, Dignidad y Justicia de las víctimas del terrorismo, porque los casi mil muertos de ETA merecen ser recordados cada día. Una sociedad no progresará sino reconoce la lucha de sus héroes. Y las víctimas de ETA fueron héroes. Todos.

 

UN PASEO CON EL GRANMA

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“…Una triste tormenta 
te está azotando sin descansar 
pero el sol de tus hijos 
pronto la calma te hará alcanzar. 
Cuando salí de Cuba, 
dejé mi vida dejé mi amor. 
Cuando salí de Cuba, 
dejé enterrado mi corazón.”
Luis Aguilé ( Canción “Cuando Salí de Cuba” )

Desde el fallecimiento el pasado viernes de Fidel Castro, algunos periódicos y diarios online han recogido auténticas hagiografías de uno de los últimos dictadores que quedaban sobre la faz de la tierra. Algunos columnistas nos han regalado su visión de un país convertido en lo más parecido al Jardín del Edén, una sociedad que nada en la abundancia y la felicidad, y a un Fidel transmutado en un visionario de la libertad. Qué paradoja, la misma que él arrebató durante décadas a los propios cubanos.

Y cómo no, a esta pléyade de plañideras se sumó con inusitado entusiasmo la izquierda radical de nuestro país, siempre contumaz en su sentimiento de superioridad moral frente al resto de la humanidad, y que no ha parado en estos días de agitar el mito del castrismo hasta límites indecorosos. Ya lo dijo el secretario general del partido comunista español (o de lo que queda de él tras la OPA hecha por Podemos): “Fidel es una guía para toda la izquierda mundial”.

La maquinaria propagandística del régimen cubano ha sido tan eficaz que aún hoy, casi 60 años después de la revolución cubana, la realidad paralela construida a golpe de Granma y mucha televisión, empaña la cruda realidad de un régimen autocrático que convirtió Cuba en un gigantesco Alcatraz comunista del que sólo se podía escapar en balsa de goma. Una sociedad empobrecida hasta límites tercermundistas en la que conseguir electricidad era cuestión de puro azar o de que Hugo Chávez siguiera regalando el petróleo de Venezuela. El régimen castrista ha dejado muchas víctimas arrojadas en el olvido de las cárceles, en las brutales torturas y en el fusilamiento de todo aquel sospechoso de ser contrarrevolucionario. Episodios que, quién sabe, si un día llegarán ser condenados.

El legado de Castro ha sido miseria para su pueblo y lujo para su oligarquía de escogidos y su propia familia. Que un dictador comunista acumule más de 20 mansiones, varios yates, una plantilla de servicio digna del mismísimo Ritz, y que hasta tuviera una fábrica de quesos y yogures para su uso y disfrute personal, poco tiene que ver con el perfil de una persona de ideología comunista.

Hace pocos días, la revista Forbes publicaba que la fortuna de Castro se estimaba que superase los 800 millones de dólares. Uno de los guardaespaldas que había trabajado bajo sus órdenes, describía la vida de dispendio y de disfrute toda clase de lujos excéntricos del dictador; tanto que podría haber sido perfectamente, la de un personaje de Hollywood. Resulta moralmente una aberración que el general y su “clan” de gerifaltes hayan podido vivir de forma obscenamente lujosa, mientras miles de cubanos pasaban necesidades vitales, llegando a situaciones límites que, en algunos casos les obligaban incluso a prostituirse para poder sobrevivir o a lanzarse al mar, tratando de llegar a la otra orilla, la de Miami, buscando igualmente, su supervivencia y la de su familia.

Aunque en esto de vivir a todo lujo a costa del comunismo, Fidel no ha sido una excepción. En Rumanía, otro dictador, Nicolae Ceacescu, mandó construir un fortín inexpugnable y a prueba de bombas, por si sus socios comunistas se cansaban de sus estridencias y ordenaban una invasión. Una modesta residencia privada, apodada la “Casa del Pueblo”, construida en una colina de Bucarest que supuso el derribo de más de 7.000 viviendas cercanas que entorpecían las vistas. La construcción de este edificio de 340.000 metros cuadrados y 5 toneladas de peso, llegó a agotar todo el mármol de Rumanía. De los detalles interiores mejor no hablar.

Aún hoy, cuando ya se cumple una semana de la muerte de Fidel Castro, seguimos leyendo y escuchando loas sobre sus bondades y su defensa de la libertad. Si no fuera porque con el dolor y la privación de libertades de un pueblo no se juega, sería para reír a carcajadas de semejante esperpento. ¿Libertad? ¿Esa libertad de la cual no disfrutan el casi medio centenar de presos políticos encerrados en las cárceles de la isla? Claro, que según siempre ha afirmado el hermano del general y seguidor más ferviente de su estirpe, Raúl Castro: no hay ningún preso político en Cuba; es más, seguramente recordarán mis queridos lectores, cómo el marzo de 2016, durante la visita de Barack Obama a la isla, Raúl Castro se atrevió a desafiar a un periodista durante una rueda de prensa conjunta celebrada en La Habana, retándole a que presentara una lista con los presos políticos que decía se hallaban encarcelados. Adolfo Fernández Sainz instó a Castro a liberar esta misma noche a los presos de la lista que le suministró, la cual detalla sus nombres, sentencia y la fecha y lugar de encarcelamiento. Finalmente, todo quedó diluido.

Resulta lamentable que el aparato castrista, aún logre seguir maquillando la realidad. Podrían preguntarle hoy mismo al periodista español Vicenç Sanclemente, enviado especial de Televisión Española a Cuba para informar sobre los acontecimientos acaecidos tras la muerte de Fidel Castro, qué opina sobre la libertad en Cuba, tras haber permanecido varias horas detenido en una comisaría de La Habana por entrevistar al disidente cubano Reinaldo Escobar, que también fue arrestado. Por lo visto, fue detenido y conducido a una comisaría por “posible alteración del orden público”. Lo dicho… ¡viva la libertad!

Dijo el historiador Alexis de Tocqueville que en una revolución, como en una novela, la parte más difícil de inventar es el final. La muerte de Fidel Castro no permite vislumbrar aún el final del castrismo, porque el poder autocrático sigue resistiéndose a cambiar de manos por mor de su hermano Raúl. Pero el final de esta era llegará y cuando eso suceda muchos de los que estos días lloraban al dictador y le convertían en el libertador del pueblo cubano, deberán llorar de nuevo pero, esta vez, de alegría por haber terminado las más largas y amargas décadas liberticidas de la historia cubana…de la revolución solo quedará…un paseo con el Granma…