EL ARTE DE LA PROVOCACIÓN

El arte de la provocacion

“El poder arbitrario es más fácil de establecer sobre las ruinas de la libertad maltratada por el libertinaje.” George Washington

El bote hace aguas. Y, mientras el capitán trata de mantener el rumbo porque ha de ser el último en abandonar la nave, las ratas y otros roedores, saltan por la borda para tratar de ponerse a salvo, sin ser conscientes por su cualidad animal, de que el océano que los recibe supondrá su fin. Con sus incisivos dientes han ido royendo los tablones de madera que formaban la coraza del barco y, ahora, lleno de oquedades podridas, el agua entra haciendo remolinos ya incontenibles. Mientras, la tripulación, más ocupada en rizar el rizo que en remar todos juntos en el mismo sentido, observa cómo el agua comienza a llegarle a los tobillos, aunque siguen empecinados en su particular batalla batiendo sus remos.

España es una gran nación asentada en largos siglos de historia, una nación con una democracia consolidada, con unas instituciones firmes que conforman el esqueleto de un estado de derecho que nos proporciona seguridad jurídica y libertad. Por ello, España se mantiene firme y estable, a pesar de que no pocos personajes que habitan en determinados sectores de la izquierda más rancia y radical (con o sin “lavado de cara”), se empecinen cada día,  en roer las bases de este Estado libre, moderno, democrático y garante de nuestros derechos y libertades, con el objetivo de desestabilizar la nave y, ya se sabe… a mar revuelto….

Me gustaría recordar un vocablo que ha caído en desuso últimamente, pero les aseguro que sigue estando vigente según la Real Academia de la Lengua. Porque en la sociedad, en general, y en la española, en particular, nos hemos aferrado a hablar permanentemente de la palabra libertad, lo cual lejos de ser reprochable, es naturalmente, un ejercicio más que sano de democracia, pero nos hemos olvidado de otras palabras como “libertinaje”.  Nos hemos acostumbrado de una forma asidua a exigir y a hablar de nuestros derechos, pero parecemos tener amnesia sobre nuestras obligaciones. Tal vez, también sea un ejercicio sano y necesario, recordar que como ciudadanos que convivimos en sociedad, también tenemos responsabilidades y obligaciones.

En infinidad de ocasiones he reflexionado sobre una premisa que hasta hace pocos años, se tenía habitualmente en consideración: “tu libertad termina donde empieza la del otro”. Una cuestión sobre la que deberíamos reflexionar más a menudo, en estos tiempos convulsos donde con demasiada frecuencia se hace un mal uso de la libertad de expresión y, prácticamente, de acción, porque parece que todo vale y todo está permitido. En este sentido, la era tecnológica en la que vivimos, en la que cualquier ciudadano tiene acceso a las redes sociales y plataformas multimedia, sin ningún tipo de control y por consiguiente, de responsabilidad, contribuye notablemente a su mal uso y a su abuso, a medrar, injuriar, calumniar, acosar y a generar odio y violencia. Desafortunadamente somos testigos cada día de esas malas prácticas, que determinados sectores de la izquierda radical saben ejercer con maestría.

Hace pocos días, el Tribunal Supremo confirmaba la sentencia que impuso la Audiencia Nacional al rapero Valtonyc, por enaltecimiento del terrorismo, injurias graves a la Corona y amenazas en las letras de dieciséis de sus canciones, que contenían mensajes más que terribles; frases como “quiero transmitir a los españoles un mensaje: ETA es una gran nación.”

Y es que estos personajes como Valtonyc, Cassandra, Zapata… y un largo étcetera, tienen naturalmente la potestad, como cualquier otro ciudadano, de ejercer su derecho a libertad de expresión, así lo recoge nuestro ordenamiento jurídico y nuestra Constitución, pero también recogen una serie de límites, que al parecer esta caterva de raperos, tuiteros y gentes radicales, no tienen el gusto de haber leído o simplemente, le resbala completamente, puesto que solo hacen uso de la parte del derecho que se acomoda a sus intereses, pero no a las correspondientes obligaciones y responsabilidades.

Dice el artículo 20 de la Constitución Española que “Se reconocen y protegen los derechos: A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”, pero concreta que estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en el Título I de nuestra Carta Magna, sobre los Derechos y Deberes fundamentales de los españoles.

Por cierto, que el artículo 20 también habla del derecho a comunicar o recibir libremente información “veraz” por cualquier medio de difusión, pero sobre esta cuestión tan interesante, ya reflexionaremos otro día.

El ser humano es libre y como tal, debe ejercer su derecho a la libertad de expresión; pero, tal vez, aquellos que se empeñan en roer y medrar sobre las bases de nuestro estado de Derecho que es el que precisamente garantiza esas libertades, deberían reflexionar sobre el hecho de que si algún día la nave hiciese aguas, los primeros en abandonarla y lanzarse perdidamente al océano, serían ellos.

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MARTA SÁNCHEZ vs ANNA GABRIEL

Marta Sanchez vs Anna Gabriel

Pues esta España que decimos tal es como el Paraíso de Dios”. Alfonso X de Castilla

 

“Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón, y no pido perdón” así comienza una de las estrofas de la letra que la cantante Marta Sánchez ha compuesto para su personal himno de España, simplemente porque sí, porque ama a su tierra y porque estando en Miami por motivos de trabajo durante unos años, añoraba cada día su patria. Hace una semana, un video aficionado grababa con su móvil la interpretación que la cantante española hacía durante el espectáculo musical que está representando en el Teatro de La Zarzuela en Madrid. Una actuación cargada de emotividad y de sentimiento que ha alcanzado una viralidad en las redes sociales, absolutamente asombrosa en nuestro país.

A penas un par de días después, otra mujer trataba de disputarle el protagonismo a Marta Sánchez. Un protagonismo que Marta nunca buscó, sino que le vino regalado por el sentimiento compartido de millones de españoles que aman profundamente su tierra y, especialmente, por aquellos que sintieron que la cantante daba un paso adelante, manifestando públicamente, a través de la música, un sentimiento patriótico cuya expresión, desafortunadamente, está mal vista por algunos sectores de nuestro país. Resulta lamentable que un ciudadano español pueda ser criticado, insultado o amenazado por sus propios compatriotas, simplemente por manifestar sus sentimientos de amor y orgullo por su país. España debe ser el único o de los únicos países del mundo donde sucede tal cosa.

Y lógicamente, tal como cabía esperar, ya han comenzado a surgir las críticas a la cantante, sacando a relucir algún asunto que en su día tuvo cierta polémica, pero en cualquier caso nada ilícito. No seré yo quien escriba sobre tal cuestión, porque no deseo contribuir a alimentar a la “bestia” que busca la crítica fácil y el deshonor de todo aquel que honra a España.

Y, hablando de deshonor, vuelvo a fijar mi atención en la otra mujer que mencionaba hace unos instantes, le había disputado el protagonismo a Marta, pero justo en la antítesis de lo que el gesto musical de la cantante ha representado. Se trata de la otra cara de la moneda, de esa cara de la desfachatez, y del cinismo más puro que representa la dirigente de la CUP, Anna Gabriel.

La lideresa catalana decidía esta semana marcharse a Suiza, huyendo de la Justicia española que la investiga por rebelión en el proceso independentista de Cataluña. Porque no se ha fugado a Venezuela, ese paraíso social que tanto ensalza la izquierda radical por su buenismo con los ciudadanos y el respeto que profesan a los derechos humanos, no… se ha fugado a Suiza.  Y, desde allí, instalada en Ginebra, una de las ciudades más caras del mundo, exponente del capitalismo y la banca que ella ha criticado con una feroz radicalidad, ha afirmado que seguirá luchando por “la independencia de Cataluña y los derechos humanos en general.” La verdad es que situar la independencia de Cataluña en el mismísimo rango de los derechos humanos, y hacerlo huida desde uno de los países con mayor cultura capitalista, esa que ella y los suyos tanto detestan, es más que lamentable, es un ejemplo de puro cinismo y un insulto a todos los españoles, a los catalanes y, sobre todo, a los propios militantes de la CUP, a los que ha dejado completamente abandonados, mientras se ponía a resguardo de la justicia española, siguiendo la estela de Puigdemont y sus secuaces.

Me resulta incomprensible que los militantes de la CUP y otros ciudadanos catalanes que han compartido momentos de radicalidad y delirios de independencia con sus líderes, siguiendo ciegamente a  Anna Gabriel o Carles Puigdemont, no vean la realidad que les golpea delante de sus propias narices. La realidad del abandono, la realidad del “yo me largo, apañaos como podáis”, la realidad de un cinismo brutal que decía perseguir unas ideas  y que sin embargo, era pura demagogia y manipulación, en busca de intereses personales.

Decía Marta Sánchez al finalizar la estrofa que mencionaba al principio, “…y no pido perdón”; claro que no, no se debe pedir perdón por amar la patria. Quienes sí deben pedir perdón, son los fugados de la Justicia española, por incitar al odio contra nuestro país cual libertadores frente a un estado opresor, y abandonar a su rebaño de seguidores a su suerte, en cuanto han visto que la situación se les complicaba.