TIEMPO PARA JUGAR

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“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir. Nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras.” Jean Jacques Rousseau

 

Inauguramos el mes de diciembre y con él, nos preparamos para recibir uno de los períodos más bellos del año: la Navidad. Tal vez parezca un poco temprano para escribir sobre ella, sobre todo, si no se hace con la finalidad de incentivar el consumo, pero la realidad es que dentro de pocos días, todo serán prisas, preparativos y compras y, entonces, quizás ya sea demasiado tarde para reflexionar sobre el verdadero espíritu de la Navidad. Además, los cristianos, comenzamos a celebrar el primer domingo de diciembre, el Adviento (Adventus Redemptoris), preparando nuestro espíritu para el nacimiento de Cristo. Así pues, es el momento es perfecto…

Hastiado en gran medida por la monótona actualidad que los medios de comunicación están obligados a transmitirnos fieles a una realidad que parece codificada en aburrido y reiterativo código morse, de repente, una cancioncilla despierta mi atención. El mundo se detiene por un instante y levanto los ojos posados en la pantalla del móvil, para direccionarlos hacia la del televisor. ¡Qué recuerdos! Tarareo mentalmente la melodía… “Las muñecas… se dirigen al Portal….” Pero en pocos segundos, exactamente los 33 que dura el anuncio de la campaña de esta Navidad de esa conocidísima firma de Juguetes española, he dejado de tararear para tratar de asimilar el mensaje que este año han lanzado a la sociedad. Precioso mensaje; pero duro… de esos que nos zarandean desde lo más profundo de las entrañas y que, primero nos hacen sentir tristeza y desasosiego, porque nos vemos plenamente identificados con aquellas situaciones que vistas desde fuera, y protagonizadas por otros personajes, entendemos con mayor facilidad. Y, después, nos hacen sentir cierta esperanza, pensando que aún estamos a tiempo de cambiar y, con ello, de revertir la situación.

El anuncio, que invito a todos los lectores a ver, muestra una serie de imágenes de adolescentes, en momentos tan cotidianos como determinantes de sus vidas, en las que se puede apreciar que han atravesado el umbral de la niñez a la juventud, en un camino que ya no tiene retorno, un camino que ya solo cabe recorrerlo avanzando hacia adelante.  “Antes de lo que crees, tus hijos dejarán de jugar” reza el spot. Y, a continuación, sobre la imagen de una pequeña que ofrece una muñeca a quien la está observando desde el otro lado de la pantalla, se lanza el mensaje: “Ahora que todavía puedes, juega con ellos”. Precioso. Qué reflexión tan acertada.

Según señalan algunos expertos, los niños que juegan con sus padres, son más imaginativos, tolerantes y más felices. Un informe elaborado por el Observatorio del Juego Infantil que promueve la Asociación Española de Fabricantes de Juguetes, explica los importantes beneficios que reporta a los pequeños, el hecho de que sus padres destinen aunque solo sea, entre 5 y 15 minutos diarios al juego, con ellos.  Sin embargo, a pesar de los innumerables beneficios y de que el juego es imprescindible para el propio desarrollo del menor, el 90 por ciento de los padres, y el 81 por ciento de las madres, dedican poco tiempo a jugar con sus hijos.

Y es que la vorágine del día a día nos devora… Nos hemos autoimpuesto una serie de obligaciones profesionales y sociales, que nos exigen un nivel de cumplimiento y de sacrificio cuyo coste, seremos incapaces de reconocer y de asumir mientras nos hallemos inmersos en la inercia de una vida que se nos escapa de las manos, con el inexorable avance del tiempo.

A mi cabeza regresa, de nuevo, la melodía de aquel anuncio de los años setenta que marcó a toda una generación de niños españoles, que tuvimos la gran fortuna de vivir disfrutando del contacto con nuestros padres y hermanos, con nuestros abuelos y con una familia que era verdaderamente extensa, y que lejos de circunscribirse al núcleo del hogar, se ampliaba a primos y tíos, verdaderos coprotagonistas de nuestras vivencias.

Navidades en blanco y negro, con recuerdos cargados de color. Entonces, se ponían en valor otras cosas y, entre ellas, el tiempo compartido en familia que era, en realidad, el tesoro más preciado. Inconcebible vaticinar una mesa cuajada de niños en la que cada uno se entretuviese de forma aislada manipulando una tableta, en lugar de fraguar secretos, risas y travesuras. Inimaginable un hogar en el que la familia no se reuniese la Noche Buena entorno al Portal de Belén, para festejar el nacimiento del Niño Jesús, cantando villancicos acompañados por los sonidos de panderetas, zambombas e incluso, el rasgar de una cuchara de metal contra los relieves de una botella vacía de anís. Todo un reto, encontrar algún niño que la víspera del 6 de enero, no se portase especialmente bien a pesar de los nervios por la proximidad de la llegada de SSMM los Reyes Magos de Oriente.

Sobre los recuerdos infantiles de aquellas largas Navidades compartidas en familia, se asienta la felicidad de toda una generación de niños que crecimos jugando, abrazando la complicidad y la compañía de nuestros padres. Ahora nos toca a nosotros.  Tenemos el derecho y la obligación de regalarnos tiempo para disfrutar jugando con nuestros hijos. Tenemos en nuestras manos la responsabilidad de regalar a nuestros hijos, esos bellos recuerdos de momentos de juego compartidos que cimentarán su felicidad y, posteriormente, la felicidad de sus hijos.

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