LA LEY DEL MÁS FUERTE

 

 

“La justicia social no puede ser conseguida por la violencia. La violencia mata lo que intenta crear”.
Papa Juan Pablo II

Según afirman algunos estudios científicos de prestigio, tras el análisis de restos humanos encontrados en el Chad, hace siete millones de años que los primeros homínidos bípedos  habitaron el planeta Tierra. No obstante, el ser humano, como tal vinculado a la cualidad del desarrollo de la inteligencia, no aparece hasta hace unos 200.000 años, cuando existió el homo sapiens sapiens, al final de la cadena evolutiva. En comparación con 7 millones de años, parece que 200.000 resultan muy pocos, pero la realidad es bien distinta; sobre todo, si tenemos en cuenta que, en la actualidad, el desarrollo viaja a una velocidad de vértigo, gracias a los avances constantes de la tecnología.

Miles de años de evolución y de aprendizaje y, sin embargo, el ser humano no ha sido capaz de comprender la verdadera esencia de la vida: el valor de la vida, en sí misma. Por ello, en plena era de internet, de satélites, de redes sociales y de viajes ultrasónicos, seguimos sin respetar la libertad de los otros, sin asumir que cada ser humano es diferente al resto, y que en la diversidad, la tolerancia, la paz y el respeto, se hallan los verdaderos valores por lo que debemos regirnos, sin ningún género de dudas.

A estas alturas de la película,  hombres y  mujeres, siguen utilizando la ley del más fuerte para imponer su forma de pensar y para amedrentar e incluso  exterminar a aquellos que piensan o son diferentes. Cada guerra, cada hambruna, cada asesinato o cada signo de violencia son el resultado de un intento de imposición de los unos sobre los otros, es decir… de los más fuertes sobre los más débiles, o de quienes disponen de más medios para lograr sus intereses, sobre quienes carecen de tales medios o, simplemente, desearían vivir en pacífica convivencia.

La violencia genera cada año millones de víctimas en el mundo; solo el terrorismo yihadista causó más de 6.000 víctimas mortales en los casi 500 atentados perpetrados por grupos islámicos radicales, el pasado año.

La violencia es una lacra repugnante que trata de imponerse con la fuerza de los puños y el abuso, entre los grupos de población más vulnerables, como niños, ancianos y mujeres. Los datos sobre violencia y maltrato infantil que arrojan algunos de los últimos informes de Unicef son absolutamente devastadores: 120 millones de niñas, en el mundo, han sufrido abusos sexuales; 1 de cada 3 estudiantes sufre acoso escolar; 6 de cada 10 niños en el mundo, entre los 2 y los 14 años, sufren maltrato físico cada año; y cada cinco minutos muere un niño a causa de la violencia… Estas son, entre otras muchas,  las cifras de la vergüenza… los datos del martirio endémico que miles de pequeños padecen en el mundo.

Igualmente, la violencia contra las mujeres, es un problema terrible que afecta a muchas más mujeres de las que podemos llegar a imaginar. Durante la mañana del viernes previo a la celebración del Día Internacional contra la Violencia de Género y, mientras cientos de instituciones, entidades y ciudadanos realizábamos los preparativos para la organización de los actos de sensibilización y de apoyo a las víctimas, una nueva joven ha sido asesinada, presuntamente por su pareja. En lo que va de año, 46 mujeres en España han perdido la vida, asesinadas por sus parejas o ex parejas. Mujeres madres, mujeres esposas, mujeres trabajadoras, mujeres… Es el colmo del dislate, del dolor y la impotencia.

La intolerancia es el germen que hace brotar la violencia en las personas. No importa si es en forma de terrorismo, de radicalismo religioso, de abusos a menores, de violencia de género… No importa si es en forma de escraches, de amenazas, si es verbal o de facto, si es a través de las redes sociales… No importa el medio, la violencia es simple y desgraciadamente, violencia. Y la única vía que existe para erradicarla, es la educación.

Cuando nace una nueva vida, se abre una puerta a la esperanza. Cada criatura nace libre, única y diferente; es un libro abierto y quienes le rodean tratarán de proporcionarle unos conocimientos e inculcarle unas ideas. Ningún niño nace siendo radical, xenófobo, opresor o violento, ninguno. En nuestras propias manos, tenemos el deber y la responsabilidad de educarles en los valores de libertad, justicia, tolerancia, respeto, paz y, sobre todo, tolerancia. Espero que no tengan que transcurrir 7 millones de años, ni tan siquiera, 200.000 para que lleguemos a nuevas generaciones donde la violencia no sea ni tan siquiera un mal recuerdo para el homo sapiens tolerante.

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