LA BANALIDAD DEL MAL

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“Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.”
Edmund Burke

 

De entre todas las imágenes que los criminales atentados de Barcelona y Cambrils nos han dejado, el rostro del terrorista autor de la matanza en Las Ramblas me persigue. Es su cara sonriente, como la de cualquier otro chaval más, cuando nadie sospechaba que detrás de él se escondía un peligroso asesino. Y es su imagen captada por las cámaras de seguridad minutos después de matar a varias personas y dejar heridas a otro centenar. En ese rostro no existe la más mínima compasión por lo sucedido, no hay muestra de dolor. Mas al contrario: es una cara hierática, enfurecida, llena de ira. Como lo es su rostro tras ser abatido: sus ojos abiertos, mirando al infinito, creyéndose un héroe. Un mártir.

¿Qué es lo que lleva a un chaval de 22 años, perfectamente integrado en la sociedad, según narran quienes le conocieron, a no sentir ni atisbo de piedad por esas personas a las que acaba de segar la vida? La respuesta necesariamente debe provenir desde la propia comunidad islámica española, sin ningún tipo de organización interna para controlar a imanes que puedan liderar cédulas yihadistas como la de Ripoll. Sin filtros internos que permitan detectar a personas dispuestas a inmolarse.

Una comunidad islámica que debe entender que la integración en una sociedad occidental pasa por difundir entre sus miembros los mismos valores democráticos y las libertades que nos hemos dado, frente a quienes atentan para intentar arrebatárnoslas. No basta con sentirse integrados, con participar de la sociedad, es imprescindible que hagan entender a su gente que los derechos y libertades que nos hemos marcado en países como España son los que han hecho avanzar a Occidente. Porque sólo así se podrá evitar que un criminal como el imán de Ripoll pueda lavar el cerebro y convertir en asesino a un chaval como el autor material del atentado en Las Ramblas. Algo falla en nuestra sociedad occidental cuando un grupo de jóvenes de un pueblo se convierte en muy poco tiempo en terroristas despiadados.

También algo está fallando en Cataluña, cuando un Gobierno autonómico -por muy arrogante que sea en su independentismo- le obstaculiza a los Tedax de la Guardia Civil prestar su colaboración en los hechos de la casa de Alcanar, cuando todo un consejero del gobierno de Puigdemont comete la torpeza -más o menos involuntaria- de diferenciar entre víctimas españolas y catalanas, cuando el gobierno autonómico entiende que se encuentra ante una oportunidad de visibilizar su capacidad para crear un Estado independiente, y cuando la izquierda radical es incapaz de dejar de hacer política con una tragedia como la de Barcelona. Y ahí tenemos a los de las CUPtasuna como ejemplo de esto último. Primero echando la culpa del atentado al “terrorismo fascista fruto del capitalismo”, después acusando al Rey y a Rajoy de ser “culpables” y, aunque luego hayan rectificado al darse cuenta del dislate, negándose inicialmente a asistir a una manifestación de condena al atentado si asistía el Jefe del Estado, quien ostenta la representación de todos los españoles, de todas las ideologías y credos.

Las tonterías que nos regalan habitualmente los de las CUPtasuna no dejarían de ser irrelevantes si no fuera porque el propio PSC ha apoyado a esta patulea delirante de antisistemas para gobernar en varios Ayuntamientos catalanes y viceversa; y porque son ellos quienes sostienen al gobierno que quiere romper España, provocando que sus votos en el Parlament sean decisivos hasta para imponer a la persona que debe presidir el Govern. Los antisistema son los que realmente mandan frente a esa extinta burguesía catalana de la antigua Convergencia, que se ha echado en brazos de los anticapitalistas, de los que quieren romper con todo para crear un nuevo relato desde la nada. Al más puro estilo marxista de lucha de clases.

Pero también algo falla en la izquierda radical de España. O del Estado, como ellos denominarían en ese lenguaje tan independentista del que suelen hacer gala. Algo falla cuando después de lo sucedido en Barcelona o Cambrils, los de Podemos siguen negándose a firmar el Pacto Antiterrorista en pos de un supuesto “pluralismo político”. ¿Pero qué pluralismo mayor que el de participar activamente en un acuerdo del que forman parte distintas formaciones políticas? ¿Pero qué pluralismo político cabe cuando de lo que se trata es de estar unidos frente a la mayor de las amenazas para nuestras libertades que existe? Hombre, que no entren al pacto los Bildutarras va en su condición de cómplices políticos de agresiones a guardias civiles como los de Alsasua, pero que Podemos, PNV, Compromís o el partido de Puigdemont sigan sin firmarlo, sólo significa que para ellos lo importante son las palabras y no los hechos tangibles a la hora de buscar soluciones eficaces conjuntas al terrorismo.

La cirugía imprescindible a la que debe someterse nuestro país para evitar atentados como los de Barcelona o Cambrils es tan altamente invasiva, que requiere del mayor de los compromisos de todos: políticos y españoles. Porque no hace falta sólo indignarse en las calles o cuestionarse cómo hemos podido llegar hasta aquí, hace falta un verdadero compromiso conjunto para erradicar el mal de nuestra sociedad y que nada ni nadie ponga en peligro los derechos y libertades de España y de Europa. O todos entendemos esto con humildad y actuamos con firmeza en la misma dirección, o habremos fracasado en la lucha contra el terrorismo y la banalidad del mal impregnará todas y cada una de nuestras acciones.

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