EL RESURGIR DE LAS DOS ESPAÑAS

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“La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de sus deseos”. Goya

A lo largo de nuestros dos últimos siglos de Historia, hay quienes se han empeñado en persistir en una visión dicotómica de nuestro país, en una España partida en dos y en permanente confrontación. El mito comenzó a nacer tras la caída de la Constitución de 1812. Durante mucho tiempo, por cierto, el sector más progresista de nuestro país ha reivindicado los principios de aquella Constitución, frente a quienes en su día agitaron su animadversión hacia las ideas procedentes de la Revolución Francesa, algunas de las cuales formaban parte de aquel texto y otras no. Por ejemplo, la izquierda siempre ha considerado que “la Pepa” era un ejemplo del intenso laicismo que ellos ahora promulgan dos siglos después, sin entrar a reparar en aspectos como que en aquella Constitución se fijaban artículos como el que reconocía que “la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana, única verdadera”.

Pero más allá de la utilización política contemporánea que la izquierda realiza de aquel texto, efectivamente la Constitución de 1812 fue un episodio clave para nuestra nación. Suponía que una sociedad como la española, que aún luchaba contra el invasor francés, se diera la oportunidad de iniciar un nuevo camino político y social. El problema es que aquellas dos Españas, la de quienes defendían su primera Carta Magna y la de quienes la atacaban por afrancesada, era muy minoritaria, porque entre medias había una inmensa mayoría del pueblo que no gritaba “Viva la Pepa”, sino “Viva Fernando y fuera los franceses”. Como dijo el historiador Blanco White, a la Constitución de 1812 se le olvidó lo más importante: el pueblo. Y de eso se aprovechó el funesto monarca Fernando VII para abolirla al poco tiempo de cruzar los Pirineos con los Cien mil Hijos de San Luis.

A partir de entonces, el mito de las dos Españas -una avanzada, otra retrógrada- comenzó a consolidarse en un siglo XIX repleto de episodios de siesta y navajazos, agitación de casino, alzamientos militares y espadones, de sentimiento trágico y falsas esperanzas, siempre al albur y excusa del futuro de la nación. Como bien retrató Francisco de Goya a modo de metáfora, era aquella España del duelo a garrotazos entre españoles. Garrotazos que nuevamente dejaban al pueblo en un segundo plano. Ese pueblo que no entendía el enconamiento de esas dos visiones enfrentadas que desembocó en episodios truculentos como la I República, que apenas duró un año ante su inmenso fracaso; que luego fue sometida a la etapa del turnismo, con Cánovas y Sagasta, con los conservadores y liberales, repartiéndose el poder político como gran solución a todos los conflictos; y que por último, desembocó en una II República tan llena de excesos que fue el caldo de cultivo para que las dos Españas se retaran a duelo y sangre en la Guerra Civil. La también llamada Guerra Civil de 1936, porque durante el siglo XIX hubo otras guerras civiles. Otros duelos a garrotazos.

Como muchos historiadores hoy reconocen, el mito de esas dos Españas escondía una realidad aún más cruda, la de una tercera España que asistía atónita e impotente al devenir de los acontecimientos. Esa tercera España estaba formada por muchísimas personas, se podría decir que la mayoría de la población, cuyo único interés era proveer de futuro a su familia y vivir en una nación en la que la Justicia y la Libertad rigieran sus destinos. Pues bien, esa tercera España asistió muda y defraudada al agrietamiento de una nación entera. ¿Cuántas veces alguien ha escuchado a alguna persona mayor decir aquello de que en la Guerra del 36 le “tocó” ser de un bando por el lugar donde residía?

La aceptación del pasado y un gran acuerdo por la reconciliación nacional, como fuente de una nueva legitimidad, fueron las claves que propiciaron el amplio consenso social en torno a la vigente Constitución de 1978. Una Carta Magna que cerraba casi dos siglos de Historia para construir un nuevo relato basado en la modernidad, el europeísmo, de Libertades y desarrollo social. Por eso no deja de ser desgarrador que ahora, en pleno siglo XXI, la izquierda española se empeñe en tratar de devolvernos al mito de las dos Españas. Es más que preocupante que ahora el PSOE de Sánchez -heredero de la memoria histérica de la era Zapatero-, y los de Podemos, esos que como dijo Garzón -el killer de IU- son los nietos de quienes “no pudisteis fusilar”, quieran reabrir la división entre los españoles mediante un lenguaje cargado de confrontación y rencor.

Si nos retrotraemos al discurso marxista en torno a la necesidad de una permanente lucha para construir un nuevo relato social, en cierto modo es comprensible que la izquierda se eche en brazos de volver a fracturar a los españoles. No saben salir del marxismo más arcaico. No hay nación europea cuya izquierda política pierda más tiempo en estas piruetas ideológicas. No han evolucionado. O mejor dicho, han retrocedido.

Los que sí que hemos evolucionado somos el resto de los españoles. Si algo nos han demostrado estos años de Democracia, es que España es una nación cada vez más sólida y fuerte, capaz de lograr los mayores éxitos cuando avanza en una misma dirección, de resistir todos los envites y encerronas que la historia coloca en el camino a modo de trampa.

El tiempo nos ha brindado la oportunidad de comprender que con el poder y la fuerza de todos los ciudadanos, somos capaces de superar con éxito los mayores desafíos. Ya no somos el país del duelo a garrotazos, no somos el país de las dos Españas irreconciliables, por mucho que desde la izquierda insistan en agitar fantasmas del pasado. Su sermón es tan caduco que cada vez son menos quienes se lo compran.

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