TURISMO BORROKA

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“Caminante no hay camino, se hace camino al andar.” Antonio Machado

Uno de los motores del desarrollo económico y de la apertura exterior de España durante la década de los sesenta fue el crecimiento sostenido del turismo extranjero que visitaba nuestro país. Un fenómeno que, más allá del retrato caricaturesco de películas que presentaban al José Luis López Vázquez de turno fascinado por la presencia de las suecas en la playa, lo cierto es que produjo una gran entrada de divisas que supusieron un refuerzo para consolidar nuestra economía, propició un fuerte impulso a la modernización de las infraestructuras y conllevó un aperturismo evidente en la propia sociedad española, que volvía a mirar a Europa con fraternidad y hermandad. Un fenómeno que también sedujo a los propios españoles, que se montaban en el Seat 600 para descubrir unas playas que muchos de ellos desconocían.

Allá por el año 1990, visitaron nuestro país más de 52 millones de turistas extranjeros. En aquellos años hubo un progresivo descenso que sólo se revirtió en el año 1992, cuando España realizó su mayor campaña de turismo mundial gracias a los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla y la Capitalidad Cultural de Madrid. Para este año, las previsiones nos hablan de que nos visitarán más de 83 millones de turistas extranjeros. Somos el país europeo que más interés despierta a nivel turístico. Oiga, los líderes. Y en todo el planeta, el segundo país que más turismo recibe. Y no sólo por el sol y la playa, sino por nuestra cultura, patrimonio monumental, historia y raíces multiculturales.

Pero en el nuevo relato de la postverdad que con fruición presenta la izquierda radical de nuestro país, todo lo que es bueno para España es malo para ellos. Porque la izquierda radical española, la sucursal chavista en Europa, los hijos pródigos de Maduro, estos antisistema de libro, tienen muy claro que para que su relato triunfe, primero tienen que arrasar con todo lo que genera crecimiento, empleo y riqueza, con todo lo que suene a éxito español. O como dirían en su lenguaje, a todo lo que suene éxito del “Estado”, porque ya sabemos que a ellos la palabra “España” no les gusta. Porque “España” es sinónimo del éxito y progreso de una nación durante muchos siglos. Y eso les suena mal.

En medio de las celebraciones de los 25 años de aquel año 1992, en el que todos los españoles -por cierto, trabajando unidos, sin divisiones territoriales ni diferencias políticas- presentaron al mundo lo mejor de nuestro país, la izquierda más radical ha emprendido una nueva cruzada en busca del fracaso de España. Y esta vez la víctima es el turismo, la principal industria de nuestro país, la que tantos años ha costado impulsar, modernizar y convertirla en un motor de creación de empleo. ¿Qué mejor forma de destruir España que atacando a quienes más empleo crean, asaltando autobuses turísticos o haciendo escraches a la puerta de los hoteles en Barcelona o atacando a la hostelería y la hotelería en Palma de Mallorca?

Los autores de tales ataques no podían ser otros que Arrán, el brazo más joven y kale borroka de los muy batasunos de las CUP, estos que quieren borrar cualquier rastro de españolidad de las calles de Barcelona, incluida la estatua de Colón, y poner un economato en la catedral gótica. Los mismos lumbreras que en su profundo odio a España, te sueltan que el condenado por pertenencia a ETA, señor Otegi, era un “preso político”, cuando aún no han tenido el valor de condenar a dictaduras como la de Venezuela que secuestra a líderes opositores como Leopoldo López, sacándole a rastras de noche de su casa, y tiene a más de 500 presos políticos en las cárceles. Y como los grupos antisistema de la izquierda radical tienen vasos comunicantes con el mundo filoetarra, ya han comenzado a sumarse al fenómeno los jóvenes herederos de Batasuna en el País Vasco.

Una intensa campaña contra el turismo que no es casual que se produzca en el año en el que España espera a su mayor número de turistas extranjeros, alcanzando los 83 millones de personas, y en el momento en el que gasto medio que realiza el turista en nuestro país volverá a crecer por encima de los dos dígitos: este año un 13,2%. Y el problema no es que estos niñatos radicales de las CUPtasuna campen a sus anchas, sino que desde gobiernos como el de Cataluña o Baleares haya reacciones tibias y falte la mayor de las contundencias a la hora de condenar estos hechos. Porque oiga, la violencia es violencia. La ejerza quien la ejerza. Y contra quien se ejerza. Pero claro, qué reacción cabe esperar contra las juventudes de las CUP desde un gobierno cuyo presidente quiere saltarse la Ley para romper España y ya ha anunciado que desobedecerá cualquier decisión del Tribunal Constitucional.

Y ya no digamos nada de la ínclita alcaldesa de Barcelona, en cuyo caso no puede realizar una condena firme de ataques como el producido a un autobús turístico o al servicio municipal de bicicletas, cuando ella misma también emprendió una lucha contra el turismo y los hoteles de 5 estrellas, a los que les paralizó cualquier licencia nueva de apertura. A la alcaldesa cabría recordarle que el turismo deja en Barcelona un impacto de más 2.000 millones de euros al año. Cerca de 1.200 negocios y más de 26.000 empleos dependen del turismo que llega a Barcelona.

Sobre algunos de los problemas que inevitablemente ha traído el elevado número de turistas que nos visitan, se puede y se debe hablar. Porque es cierto que los centros urbanos no pueden ser víctima de la gentrificación, ni convertirse en espacios orientados en exceso al turismo; y también es cierto que hay que actuar ante la aparición de apartamentos turísticos no regulados, que generan problemas de convivencia vecinal y son competencia desleal para quienes sí pagan sus impuestos.

Pero a esta pandilla de radicales del turismo borroka de Arrán y las CUP cabría recordarles una cosa: ahora ellos también son casta. Los antisistema están en las instituciones, por muy antitodo que se ufanen de ser. Y es desde las instituciones, llegando a pactos con otras fuerzas políticas, como se pueden establecer medidas consensuadas que supongan una modernización y progreso del sector turístico. Porque el turismo ya representa el 11,2% del PIB de España, y no podemos renunciar a un sector económico en el que somos líderes, y que incluso en los peores años de la crisis económica, ayudó a España a no caer aun más hondo en el precipicio. Pero claro, en el vocabulario de la izquierda radical no aparece el verbo “pactar”. Ellos son más de imponer y de parapetarse detrás de las barricadas. Es mejor agredir lo que no te gusta, que tratar de dialogar. Y así nos irá con estos extremistas. Porque lo peor no es que existan las CUP, sino que hayan llegado incluso a condicionar el nombre del presidente de la Generalitat