ESCRACHE A LA GLOBALIZACIÓN

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“(…) Claro que es una enfermedad; en la práctica, un rechazo del otro porque es la aspiración completamente utópica de ir hacia sociedades racial, religiosa o ideológicamente homogéneas. Y eso no es democrático y, además, no es realista, porque todas las sociedades han evolucionado y se han diversificado extraordinariamente, que es lo que la globalización significa, un fenómeno del que nadie puede apartarse.” 
Mario Vargas Llosa

 

La globalización es el acontecimiento histórico de nuestro tiempo, propiciado por unas comunicaciones, avances científicos e infraestructuras que han permitido conectarnos muy rápidamente con cualquier otro punto del planeta que hasta hace pocas décadas parecía muy lejano. Hoy nos parece normal caminar por una calle de Nueva York y comprar en una tienda de Zara. O viceversa, pasear por Madrid y entrar a una hamburguesería tradicional de Estados Unidos. Hablamos por videoconferencia a través de nuestro móvil con un amigo que reside en América; y en ese mismo país americano alguien compra un automóvil de una marca francesa fabricado en España.

Durante mucho tiempo, la izquierda mundial se dedicó a propagar toda clase de críticas al sistema liberal económico acusándole de todos los males de la sociedad. Eso sucedió hasta que el comunismo cayó, momento en el que incluso los marxistas tuvieron que admitir que el liberalismo era un sistema propicio para el progreso individual, en contraposición al socialismo real que era lo más parecido a la catástrofe.

Agotado ese discurso antiliberal, los grupos de la izquierda más radical -esos que ahora se autodenominan “anticapitalistas”- tuvieron que cambiar su rumbo para subsistir. Y han encontrado en el fenómeno de la globalización el paraguas perfecto para seguir echándonos su monserga antisistema. Para ellos, la globalización es la madre de todos los males de la sociedad, y la generadora de lo que ellos llaman “desigualdad mundial”, siempre amparados en unas cifras que lanzan a determinados medios para su posterior magnificación y propaganda, y cuya credibilidad real es, en muchas ocasiones, más que cuestionable. Y por supuesto, el sistema liberal económico es lo más cercano a la tiranía social.

En su opinión, es preferible otorgar el poder supremo al Estado, o lo que es lo mismo: a quienes lo gobiernan. El Estado, entendido por ellos como quien lo debe pagar todo, dicta lo que está bien y lo que está mal; quien ordena a sus obedientes ciudadanos lo que deben hacer; y prohíbe todo aquello que consideran inmoral, improductivo o simplemente una amenaza al sistema. Y por eso, allá donde gobiernan los del partido de “la gente”, a lo que se han dedicado es a censurar moralmente a una parte de la sociedad que no opina como ellos, y a ejercer un populismo de puño duro. Son más partidarios de los escraches, de la ofensa a los católicos y de dejar perder oportunidades de inversión privada que generarían miles de empleos. Ya se sabe: para ellos la “opinión pública” es la base de sustitución de la Ley. Todo por la gente, pero sin la gente.

Viene esta reflexión a colación de los vaivenes a los que nos ha sometido Pedro Sánchez en torno al Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y Canadá (CETA). Este tratado, cuyo objetivo es impulsar el intercambio de bienes y servicios y el flujo bilateral de inversiones, reduciendo trabas administrativas y aranceles para impulsar la economía y la creación de empleo, fue votado a favor por el PSOE de la era EntreSánchez.

Ahora, el renacido líder del PSOE quería impulsar un “no es no” al CETA, y por tanto enfrentarse a la política económica europea en su conjunto. Al fin y al cabo, no lo olvidemos, en el programa con el que Sánchez se presentó a las primarias, en su apartado 2.2, nos regalaba su filosofía económica en una sola línea: “El adversario es el capitalismo neoliberal”. O sea, lo que en el fondo le mola es ser anticapitalista. Sólo le faltó a Sánchez añadir como punto número 1: “Echar al PP. Como sea, y acompañados de quien haga falta”. De hecho, con haber puesto sólo esta última idea como programa político, no tendría que haber añadido nada más. Y hubiera ahorrado mucho papel.

Ha tenido que visitar España el comisario europeo de Economía, Pierre Moscovici -también socialdemócrata él-, para decirle a Sánchez que “ser de izquierdas no es estar contra la globalización”. O sea, que ser de izquierdas no es ser anticapitalista, no es ser de la izquierda radical que en España representa Podemos, ese partido al que Sánchez tanto quiere parecerse. Y tras la reunión con Moscovici, Sánchez ha virado a la abstención, como hizo su partido aquel fatídico 1 de octubre del año pasado. Una abstención con la que España evitará el ridículo mundial de vetar un tratado que sí votaran a favor otros partidos socialistas europeos. Por cierto, entre los socialistas que siguen empeñados en el “no es no” al CETA, está el partido socialista francés, que también decidió “podemizarse” y ha cosechado sus peores resultados históricos en las urnas.

Del ejemplo francés debería tomar nota Sánchez, muy interesado en volatilizar la historia reciente del PSOE y convertirle en una mímesis de la izquierda radical para ver si araña algunos votos. Craso error: allá donde el socialismo europeo ha jugado a ser izquierda radical, ha cosechado sus peores resultados. Entre el original y la fotocopia, uno siempre prefiere el original. Que tome nota Sánchez de eso, antes de que sea demasiado tarde. Porque lo que España necesita es moderación, acuerdos, diálogo y trabajo en común entre las grandes fuerzas constitucionalistas. No dos Podemos, a cada cual más radical.