ALGUNOS CHICOS BUENOS

Algunos chicos buenos

“Pocas personas son capaces de demostrar un principio de ética común cuando su deliberación está envenenada de emociones.”  Truman Capote

Cuenta José María Goñi Tirapu en su libro “Mi hijo era de ETA” que cuando le comunican que la Guardia Civil anda buscando a su chaval por pertenencia a la banda terrorista, vivió el momento más duro de su vida y a la vez el más contradictorio “entre el amor al hijo y la repulsa máxima hacia lo que representaba”. Y tras 20 años sin verle y deseando que abandonara la mafia terrorista, explicaba en una entrevista que si un día se reencontrasen “le reprenderé durísimamente y luego le abrazaré con todo mi amor”. Es quizá la misma contradicción que reside aún en el interior de la propia sociedad vasca en estas décadas de terror de ETA.

Que las personas somos en sí mismas contradictorias no es ninguna novedad, y por eso la dicotomía de reprender las malas acciones de un hijo y seguir amándole después, es una de las más profundas en las que puede caer cualquier persona. Lo que no deja de sorprender es que haya quien decida ponerse una venda en los ojos para dejarse llevar por el amor ciego a un hijo y justificar así cualquier acción que realice.

Lo hemos comprobado esta semana cuando un hincha radical del Betis era detenido por ser el autor de una brutal agresión en Bilbao, en el día en el que el equipo hispalense se enfrentaba al Athletic. La agresión fue grabada en vídeo y se ve como este joven se acerca a un hombre sentado en una terraza de Bilbao. Le insulta, le arroja una bebida y le agrede. Primero un puñetazo, seguido de una patada. La víctima corre a refugiarse mientras es perseguida y se escuchan de fondo las risas de sus amigos.

La madre de este joven, que acumula un largo historial policial de peleas y agresiones, salió poco después a explicarnos que el chaval “es un buen niño” y que ella no condenaba lo sucedido porque minutos antes de los hechos habían amenazado a su hijo y a sus amigos. Más allá de que todo esto deberá ser esclarecido en un tribunal, lo verdaderamente preocupante es justificar cualquier acción violenta basándose en el íntimo y simple conocimiento de que el muchacho es “una buena persona”.

Es la misma cerrazón, obviamente salvando las lógicas distancias, que algunos padres practican con los maestros de sus hijos: “Mis chiquillos nunca hacen nada malo y estudian mucho, es el profesor el que se equivoca con ellos y les tiene manía”. Y a veces se llega incluso el extremo de que se agreda a una maestra simplemente por recriminar a tu hijo, como sucedió por ejemplo en Navarra hace unos meses. ¿Qué clase de respeto va a tener ese muchacho cuando crezca si su propio padre es el que agrede a quien ha reprendido una mala acción que ha cometido?

Quienes hemos vivido esa experiencia, comprendemos que uno de los momentos más bellos del ser humano es aquel en el que nace un hijo. Es la celebración más pura de la vida y del amor. Pero también quienes somos padres sabemos que desde ese momento comienza un largo y difícil camino llamado educación y formación, en el que son más las veces que debemos decir “no” a nuestros hijos que las otras en las que respondemos con un “sí”. Porque el padre más prudente es aquel que conoce bien a su hijo, le vigila con rectitud y está siempre atento a su formación como persona para que camine por la senda de los valores y el crecimiento personal.

Decía Napoleón que “el porvenir de un hijo es siempre obra de su madre”. Cabría apostillar que también de su padre. Pero sea como fuere, el porvenir de un hijo es una de las obras más complejas y difíciles a las que debe enfrentarse una familia, y seguramente nunca se está lo suficientemente preparado para afrontar la misión con éxito. Por ello la sociedad también ha ido perfeccionando el sistema para que el niño no sea educado por la tribu, como recomendaba la “cuptasuna” Anna Gabriel, sino por la propia sociedad en torno a unos valores éticos y unas normas sociales, comúnmente aceptadas como positivas, que debemos seguir todos para una mejor convivencia, y a las que se deben ajustar las conductas y actividades de las personas.

Que las malas acciones de algunos chicos buenos sean defendidas, cuando no justificadas, por sus propios padres, es desde luego el camino indicado para que la escala de valores de nuestra sociedad se vaya carcomiendo lentamente. Porque una persona sin ética, sin valores, es una bestia salvaje arrojada al mundo, como dijo Albert Camus.