RÓMULO Y REMO

“Los hombres tienen menos cuidado a la hora de ofender a un príncipe que se haga amar que a uno que se haga temer, el temor es un miedo al castigo, y ese miedo nunca desaparece”. MAQUIAVELO
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Este año se cumplen 100 años de la Revolución Rusa de octubre de 1917, que supuso el auge dictatorial del comunismo que durante más de 70 años subyugó a la sociedad rusa y provocó millones de muertos a lo largo de su historia, aunque ahora Carlos Sánchez Mato, a la sazón concejal de Economía de Ahora Podemos en el Ayuntamiento de Madrid, intente convencernos de que “en la hermosa Revolución Rusa sólo murieron 5 personas”. El derrocamiento del régimen zarista enfrentó a dos modelos políticos irreconciliables: el tradicional socialismo con tintes liberales, que encarnaba Alexander Kerenski; y el nuevo comunismo bolchevique al que ponían rostro Lenin y Trostky.
Para los bolcheviques, Kerenski simbolizaba el antiguo régimen al representar la ideología pequeño burguesa que llegó al poder disimulando su conformismo con la clase burguesa. Mientras, los líderes del socialismo más moderado se enfrentaban a los soviets bolcheviques para salvar a Rusia del Comunismo. Dos modelos políticos se enfrentaron, todos ellos encarnados por líderes que no se tragaban el uno al otro. El resultado es de todos conocidos: Kerenski fue laminado. Perdió la batalla con un adversario mucho más astuto y sin piedad.
Su relato bien podría asemejarse a lo que está sucediendo estos días en el seno del partido del “amor” y del “buen rollismo”. Tres años después de su lanzamiento oficial en Vistalegre, los de la nueva política han evidenciado las peores formas de la vieja casta que tanto denostaban. A los de Podemos se les ha atragantado el asalto a los cielos, les ha podido las ansias de gobernar, han evidenciado que su programa político gira en torno al protagonismo de sus líderes, con sus consiguientes acérrimos bien remunerados, y anticipan que las viejas purgas comunistas, que con denuedo ya han aplicado en territorios como Madrid, se acrecentarán al final del Vistalegre II, al que el “partido de la gente” llega roto por los cuatro costados.
Y todo ello bajo la atenta mirada de los antiguos líderes de lo que queda de IU tras la OPA hostil de Podemos, y que ponen buenas palabras a la situación mientras miran atónitos la jugada sin saber muy bien en qué bando deben situarse: ahora toca nadar y guardar la ropa. La próxima vez que se encuentren con Iglesias o Errejón en los pasillos del Congreso, a Garzón y compañía les puede pasar como a los periodistas de la televisión cubana cuando, recién fallecido Fidel Castro, se encontraron caminando por la Plaza de la Revolución con el cantante Silvio Rodríguez. “Silvio, buenas, buenos días, para la televisión cubana en vivo…”, le dijo educadamente la presentadora. Casi interrumpiéndola, Rodríguez le respondió: “No son buenos los días”, y siguió caminando sin dirigir más la palabra a los periodistas.
La bronca definitiva escenificada esta semana por los dos viejos amigos de la Universidad y ahora enemigos irreconciliables como diputados, es muy esclarecedora y, como sucedió en 1917 en Rusia, vuelve a situarnos en la confrontación de dos modelos políticos antagónicos: el de rodear al Congreso al grito de “no nos representan” proferido por los mismos que ya están dentro de él; o el de “institucionalizar” la “revolución” y cenar con los bohemios burgueses que hablan de las bondades de la izquierda radical usando cubertería de plata y bebiendo en copas de cristal de Murano. Sea como sea, la afrenta ha traspasado twitter para convertirse en un síntoma de que los flautistas de Hamelin que nos querían conducir al paraíso, finalmente se han enfangado en el infierno del rencor.
En el Vistalegre II, que va camino de convertirse en un sálvese quien pueda, a sus fans les sucederá como a las bandas de rock cuando se separan: unos defenderán que el mejor integrante era el cantante y otros dirán que el alma del grupo era el guitarrista. Iglesias y Errejón nos hicieron creer que eran los nuevos The Beatles de la política y acabarán sin dirigirse la palabra y lanzándose dardos envenenados como les sucedió a Lennon y McCartney. Ya lo ha dicho Carolina Bescansa, la del ‘postureo con bebé’: “Van a chocar dos trenes”. Y lo dice quien ha decidido apearse por sorpresa de los dos.
Desterrado en la isla de Santa Elena, Napoléon Bonaparte repasó su trayectoria en una serie de conversaciones más o menos informales con Barry O’Meara, quien durante varios años fue su médico personal en el exilio en la isla. El médico recopiló algunos de aquellos materiales en su célebre libro “A voice from St. Elena”. Intrigas en sus ministros, traiciones entre sus generales y negociaciones fallidas para el reparto del poder en aquella Europa previa al Congreso de Viena se condensan en un relato en el que aparece un Napoleón mohíno, quebradizo de salud y abatido por las luchas intestinas de poder en torno a su figura.
De momento ningún confesor ‘podemita’ se ha atrevido a arrojar luz sobre el verdadero motor de tal enconamiento entre los dos líderes del partido del “amor y la gente”. Es mejor correr un tupido velo… por ahora. De los tiempos de los besos y los abrazos, hemos pasado a los del “y tu más”. Y en esas andarán hasta que Vistalegre, el Waterloo particular para alguno de los dos napoleones de la izquierda radical, se encargue de desterrar al perdedor a la isla de Santa Elena….para que el vencedor -cual Rómulo- gobierne sobre las cenizas de lo que fue y nunca más volverá a ser.